• Por Licenciada Selva Riquelme

Cada 4 de enero celebramos el Día Mundial del Braille, una fecha que trasciende el reco­nocimiento simbólico para convertirse en una opor­tunidad real de visibilizar esta herramienta transfor­madora. El Braille es liber­tad, autonomía, inclusión y cultura. En un mundo que camina hacia la accesibi­lidad, el Braille debe estar presente en la cartelería de museos, etiquetas de medica­mentos, cosméticos y alimen­tos, en el turismo accesible, la educación, la administración pública y los servicios esen­ciales. Su presencia no solo facilita la vida de las perso­nas con discapacidad visual, sino que fomenta una socie­dad más justa y empática.

El Braille no compite con la tecnología, se complementa con ella. Los dispositivos parlantes, las aplicaciones y los lectores de pantalla son grandes avances, pero nada reemplaza el derecho a leer con los dedos, a tocar el cono­cimiento, a escribir nuestros propios pensamientos con independencia.

Urge que la enseñanza del Braille se fortalezca desde la infancia, y que también las personas sin discapaci­dad se acerquen a él. Apren­derlo ayuda a desarrollar el tacto, la concentración y la sensibilidad, y es un acto de empatía que puede derribar muchas barreras. El Brai­lle debe ser declarado por la Unesco como patrimo­nio cultural de la humani­dad, porque abre las puertas del saber, de la identidad, de la dignidad. Celebremos el Braille. Promovamos su uso. Exijamos su presencia. Por­que sin acceso a la informa­ción, no hay inclusión real.

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