• POR BENJAMÍN LIVIERES
  • Analista político

El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudian­tes, conocido por sus siglas PISA, es una prueba que hace la Organización para la Cooperación y Desarrollo Econó­micos (OCDE), destinado a medir el cono­cimiento de los chicos de 15 años en mate­rias clave, como lectura y comprensión de textos, matemática y ciencias. Los datos a escala global arrojaron resultados negati­vos, en casi la totalidad de los países. En lo que respecta al Paraguay, los números son directamente catastróficos, reflejados en el triste lugar que ocupamos en la tabla, bien al fondo.

Repasemos los indicadores que nos incumben. La evaluación, que se rea­liza cada 3 años, marca un retroceso generalizado en el periodo 2022/2025. En lo que respecta a lectura y compren­sión, solo el 24 % de nuestros estudiantes alcanzó niveles de competencia básica, frente al 34 % (-10 %) de la medición anterior. En el ámbito de las ciencias, 24 % contra 29 % (-5 %). Y en matemá­tica, apenas el 10 %, inferior al 15 % (-5 %) del 2022. A raíz de estos hechos, en América Latina, una región particular­mente castigada en el campo de la edu­cación, Paraguay está muy mal, solo por delante de República Dominicana y El Salvador.

A esto no se responde “sacándole la cola a la jeringa”, como lo hizo el ministro de Educación, Luis Ramírez, al decir que “la prueba PISA revela la crisis del for­mato de enseñanza tradicional”, que dice mucho y no dice nada, ni menos aun des­acreditando su valor o contraponiendo a ella el Sistema Nacional de Evaluación del Proceso Educativo.

Tampoco se refutan los resultados como lo hizo el presidente Santiago Peña, refi­riéndose al programa Hambre Cero como una apuesta a la educación. Su importancia social está fuera de dudas, pero nada tiene que ver con los conteni­dos y métodos que se desarrollan para su aprendizaje.

El problema, que ni el ministro ni el presidente reconocen, es que la aguja no solo no se movió un milímetro para mejor, sino que lo hizo para peor. Esto significa que se están haciendo mal las cosas y que el MEC viene fracasando en su política pedagógica.

En este ámbito, lo único que presentan como un logro importante es el reparto masivo de libros de lectura, en el marco del programa Ñe’êry, que de poco o nada sirve a los chicos si estos no aprenden a leer o si leen con dificultades y no com­prenden. Pero, sin embargo, pasaron tres años y no incorporaron tecnología, IA, como parte del programa educativo, que de todas formas es usada por muchos alumnos en su versión más nociva: como sustitutos de la formación que deberían adquirir.

Sufrimos, pues, una de las peores epide­mias: la de la ignorancia, de consecuen­cias muy concretas. Para los estudian­tes, mayoritariamente concentrados en el sector público, es una condena a la mediocridad y a tener que arreglarse con muy pocas herramientas para pros­perar en la vida. Para el país, un obs­táculo insalvable en el camino hacia el desarrollo.

El Paraguay necesita redefinir con urgencia su política educativa y trazar nuevas líneas estratégicas, que arran­quen por el desarrollo de la habilidad lec­tora de los niños, en la educación inicial y sigan por la reconstrucción de la profe­sión docente, hasta la incorporación de tecnología e Inteligencia Artificial con fines pedagógicos.

El primer paso es simple. Superar el malestar (¿indigestión?) que produce un informe como PISA y asumir nues­tra realidad tal cual se expone a la vista de todos.

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