La política centrada en la destrucción del otro, que denota claramente la mediocridad de sus impulsores, continúa siendo la única estrategia de la oposición paraguaya, tanto la interna del coloradismo como la de los otros partidos políticos.
Esta afirmación tiene pruebas concretas, de fácil demostración, porque quienes ejercen supuestos grados de liderazgo en este conglomerado variopinto perifonean todos los días en los medios de comunicación aliados que, al mismo tiempo, son enemigos declarados del actual gobierno, pues no quieren entender razones, aunque la razón les demuestre lo contrario a sus deshonestas publicaciones.
Y el otro lugar dilecto de los integrantes de esta gavilla de deshonestos intelectuales –de alguna manera hay que llamarlos– es el Congreso de la Nación, donde asumen posiciones que buscan complacer a los propietarios de estas empresas periodísticas, con la expectativa de ganar unos miserables espacios que les permitan figuretear ante la opinión ciudadana.
Y así, cínicos y destemplados, quienes desgobernaron el país se animan a sermonear sobre el manejo ético del Estado, cuando que son los principales responsables del mayor saqueo público perpetrado en la era democrática. Fue durante la pandemia que ocasionó el covid-19 y que tuvo un saldo trágico de 20 mil muertos. En abierta complicidad con estos medios y su principal soporte político, el Partido Democrático Progresista (PDP), que nada tiene de progresista, salvo el acelerado progreso económico de sus integrantes.
Estos parásitos a los que aludimos son como una paráfrasis del perro del hortelano: no trabajan ni dejan trabajar. Eso sí, se empeñan con todas sus energías, desde el cómodo y desteñido discurso que no exige esfuerzo, para denostar en contra de los que hacen o quieren hacer algo positivo para la gente. Pues nada de lo que se emprende en favor de la sociedad les parece bien.
Incluso, llegaron a destruir obras que hoy hubieran sido de enorme provecho para quienes diariamente tardan horas en llegar a nuestra ciudad capital. Tal el caso específico del metrobús.
Mas, como fue un proyecto iniciado durante la administración de Horacio Cartes, el que le sucedió en el poder, Mario Abdo Benítez, quien vive prisionero de sus propios odios y rencores, ordenó a su entonces ministro de Obras Públicas y Comunicaciones, Arnoldo Wiens (quien tiene en su haber varios hechos de corrupción), que arrasara todo el trabajo realizado hasta ese momento, ante los vítores y aplausos de una turba que solo piensa en sus mezquinos intereses y no en el bienestar de su comunidad.
Alguna vez, algún presidente de la República –que tenga coraje y determinación– tendría que plantear de nuevo la construcción del metrobús, que es de gran impacto en ciudades de otros países, por citar, por ejemplo, Buenos Aires (Argentina), Bogotá (Colombia), Guangzhou (China), Yakarta (Indonesia), Ciudad de México (México) y Estambul (Turquía).
Ni hablar del más destacado a nivel mundial, que funciona en Curitiba (Brasil). Lo peor de Abdo Benítez y Wiens es que no tuvieron la capacidad ni la voluntad de presentar un proyecto alternativo para una solución integral al frustrante colapso del transporte público, debido a los cuellos de botella que se generan en los principales puntos de entrada a la capital.
Si el superviaducto de Ñu Guasu, la más grande estructura de este tipo, no se hubiera concluido durante el mandato de Cartes, probablemente, también habría sido destruido por Abdo y su gavilla. Ninguno de estos seudo opositores, incluyendo la disidencia interna del Partido Colorado, piensa en la ciudadanía. Únicamente se mueven para ganar notoriedad mediante un discurso agresivo, infame y saboteador.
Han descalificado –bajo cualquier pretexto– la autopista elevada que agilizará el desplazamiento entre las localidades de Areguá, Ypacaraí e Itauguá. También cuestionan el tren de cercanías, que permitirá un desplazamiento más rápido en el Área Metropolitana, conectando Asunción con Ypacaraí, pasando por Luque y Areguá.
Alguna vez, esta oposición, integrada por quienes se dedican a amargarle la existencia a la ciudadanía, debería dedicarse a pensar más allá de su obsesión por el poder.
Porque, hasta ahora, esa obsesión solo se reduce a acumular fortunas espurias, desviando recursos públicos, como ya pudimos comprobarlo cuando estuvieron al frente del Gobierno.
Es más, las obras viales de las que se ufanan fueron fuentes inagotables de corrupción, empezando por el asfalto que era proveído con exclusividad por la empresa de Abdo Benítez, en un procedimiento claramente inmoral. Alguna vez la Justicia les caerá con todo el peso de la ley.