Este domingo 22 de octubre, en el marco de la conmemoración de los 46 años de la canonización de San Charbel, se realizará una misa de sanación a las 11:00, en la parroquia San Charbel ubicada en Itá Enramada, en la ciudad de Asunción. La celebración será presidida por monseñor Edmundo Valenzuela, arzobispo emérito de Asunción. En esta ocasión especial será exaltada una reliquia perteneciente a San Juan Pablo II.
La reliquia será exhibida en un relicario, el cual contiene una cápsula donde se encuentra una gota de la sangre del santo, mojada en un pequeño paño. Esta pieza está certificada por la Iglesia Católica como una reliquia de primer grado, y luego de su entronización, permanecerá en nuestro país y recorrerá las parroquias de la zona para su veneración.
El padre Pedro Showah, párroco de San Charbel, invitó a todos los devotos a unirse a esta celebración donde además de la entronización de la reliquia de San Juan Pablo II, y la conmemoración de la canonización de San Charbel, se estará realizando una la procesión alrededor del templo al finalizar la ceremonia.
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Es importante destacar que las reliquias de primer grado, como la que será recibida y custodiada en la parroquia San Charbel, son poco comunes, ya que portan en su interior una parte del cuerpo del santo, ya sea sangre, cabello o un trozo de hueso, y, por lo tanto, no se puede distribuir en serio por todo el mundo.
Pero en el caso de San Juan Pablo II son más numerosas que las de santos de otras épocas, ya que se dio la particularidad de que su sangre fue recolectada en vida y fue guardado a los efectos de posibles urgencias de transfusiones, medida tomada luego del atentado contra su vida en 1981 en el Vaticano.
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Realizan hoy misa con procesión y unción de aceite por fiesta de San Charbel
La parroquia San Charbel de Asunción prepara una misa para este viernes, a las 19:00, dirigida a las personas que no pudieron participar de la fiesta patronal el pasado fin de semana, atendiendo que la fiesta de este santo libanés se celebra el tercer domingo de julio.
“Nosotros celebramos el domingo pasado la fiesta de San Charbel y hoy hacemos un suplemento, porque en el calendario latino figura hoy. Tendremos una misa con una procesión”, explicó el padre Andrés al diario La Nación/ Nación Media.
La procesión de las velas se hará en los alrededores del templo, ubicado en Clementino Ocampos casi Ypeku, barrio Itá Enramada.
Asimismo, se procederá a la unción del aceite de San Charbel. “No es solo para los enfermos, es para todos los que vienen a misa, porque todos tenemos alguna enfermedad, sea física, mental o espiritual”, aclaró.
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Se trata del aceite traído desde Líbano, de la tumba del santo, que luego se mezcla y se reparte a los fieles de acá. “Pueden llevar en frasquitos”, acotó.
Además, mencionó que en la parroquia poseen la reliquia del santo libanés, consistente en un frasco de la sangre de San Charbel para veneración de los fieles.
Y mañana sábado se realizará una actividad para los adultos mayores. “Por el Día del Abuelo, vamos a tener un encuentro con más de 130 encamados en el Bañado”, mencionó el religioso.
Nuevo beato maronita libanés
Por otro lado, el domingo se llevará a cabo una ceremonia de beatificación de un patriarca maronita libanés. “Mañana será proclamado en Líbano y el domingo vamos a celebrar aquí”, precisó. A nivel local, también finaliza hoy la campaña para la instalación de agua potable en los hospitales, como parte de las actividades en el marco de la fiesta de San Charbel.
“Ayer entregamos a Clínicas, ya hicimos en IPS Central y en una nueva clínica. También hicimos en Barrio Obrero, Lambaré y del Trauma”, puntualizó el padre.
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Con misa en Caacupé celebraron 70 años de la creación de la CEP
Obispos de todas las diócesis, incluyendo los eméritos, y el cardenal Adalberto Martínez, celebraron hoy los 70 años de creación de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), durante la misa central en la basílica santuario de Caacupé.
“Tal vez la CEP habla de más, tal vez no lo suficiente, muchos nos piden ser más críticos, otros que seamos más moderados”, destacó monseñor Pedro Jubinville, presidente de la CEP, quien presidió la celebración religiosa.
Pero aclaró que no tienen otro poder que “una palabra que debe lo más posible asemejarse a la palabra, que es Jesús muerto y resucitado”, que entregan con esperanza y con humildad. “No negamos nuestra responsabilidad de pastores, pero antes que nada somos seguidores, discípulos, hermanos de comunidad”, resaltó.
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El religioso católico, obispo de la diócesis de San Pedro, mencionó además durante su sermón que los obispos se les mira como si tuvieran “rango ministros”. Pero la realidad es que la Iglesia se maneja con muy pocos recursos, indicó.
En ese sentido, admitió que manejan una pequeña fracción de los presupuestos y medios que se administran en muchas partes. Asimismo, reveló que la mayoría de coordinadores de pastoral prestan su servicio ad honorem. “Se nos da una autoridad tremenda, pero realmente no puede ser por la fuerza de nuestra organización. Somos muy pequeños”, expresó.
Recordó que la CEP es un organismo al servicio de la Iglesia y recordó que esta última trasciende a sus autoridades. Al recordar la trayectoria de la Conferencia Episcopal, mencionó algunos de los pronunciamientos más significativos de la institución, como la Carta sobre el saneamiento moral de la Nación de 1979 y el llamado al diálogo nacional en 1986. Asimismo, la campaña Paraguay Jaipotáva, Ñandé mante Jajapota, que se le suma al actual trienio pastoral centrado en el bien común.
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Los venezolanos volvieron a misa, en medio de los escombros y el dolor
María Elizabeth Domínguez ha regresado ayer domingo a misa, después de que el 24 de junio la iglesia de San Sebastián se le vino encima, derrumbada por los dos terremotos que han causado más de 3.000 muertos en Venezuela. En silencio, los habitantes del pueblo de Maiquetía, aledaño al aeropuerto internacional, se reúnen en la Plaza Jerusalén, una construcción moderna de hormigón donde está el columbarium y una representación de las estaciones del Vía Crucis.
El padre Rafael Troconis oficia una misa de difuntos, al igual que todas las iglesias de Venezuela ayer domingo, y le recuerda a sus feligreses que “hemos sido creados para la vida”. “La muerte no tiene la última palabra. Creemos en la resurrección”, les dice enfático. “La fe es una luz potentísima que nos ayuda a encontrarle sentido a esto”, asegura. Domínguez, de 67 años, lo escucha de pie, mientras muchos de los presentes se secan las lágrimas.
“Tengo mucha tristeza por dentro, porque ha muerto mucha gente amiga, muchos vecinos”, dice esta mujer a la AFP. La iglesia de San Sebastián, de 1834, está derruida, con varios muros caídos y el campanario quebrado en sentido longitudinal. Todas las iglesias del estado La Guaira sufrieron los efectos del sismo y están inhabilitadas. En las calles se suceden cuadra tras cuadra los edificios colapsados, incluyendo el del aeropuerto internacional de Maiquetía. Bajo los escombros hay todavía un número indeterminado de cuerpos que no han podido ser recuperados.
“Reconstruiremos nuestras vidas”
“Las piernas me temblaban, no podía salir. Me tuvieron que ayudar”, recuerda Domínguez sobre el momento en que fue sacada del templo, minutos después de los dos sismos.
Ella estaba en la iglesia, donde recién se había terminado la misa y conversaba con otras mujeres. “Una de las compañeras gritó: ‘está temblando’ y yo me metí debajo del banco. Empezó eso a caerse. Polvo, polvo, polvo, yo no veía nada. Pensé que me iba a aplastar. Estuve rezando hasta que cesó”.
Esta es la segunda vez que Domínguez vive una catástrofe natural en La Guaira. En 1999, trabajaba en el aeropuerto de Maiquetía cuando las lluvias hicieron caer la montaña en un deslave que arrasó las poblaciones ubicadas en el este del estado. Ella vivía entonces en Macuto, donde su esposo quedó atrapado. El padre Troconis procura dar consuelo a sus feligreses. “He tenido encuentros con matrimonios que han perdido a sus dos hijos, o a dos de sus tres hijos”, refiere. “Uno quisiera estar cerca de quien sufre. Uno nota mucha tristeza y desesperanza”, dice.
Pero en seguida se recompone, y recuerda que él también sufrió el deslave en esta región hace 27 años. Era entonces rector del seminario y estaba en la iglesia de Macuto, donde pasó 24 horas refugiado junto a un grupo de personas en el coro del templo hasta que pudo salir caminando a través de varios kilómetros sobre el fango que tapió casas y edificios.
“Yo recuerdo que inicialmente parecía que aquello era el fin del mundo. La Guaira había quedado destrozada. Y bueno, pasaron los años y echamos pa’ lante (salimos adelante). Aquí va a ser lo mismo, con la ayuda de Dios”, señala. “Reconstruiremos materialmente el estado y reconstruiremos nuestras vidas. Ya tenemos experiencia”, sentencia Troconis.
Fuente: AFP.
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¿Alivia el cuerpo y el espíritu el hecho de ir a misa?
La práctica de rituales religiosos libera sustancias químicas que fortalecen los vínculos sociales e incluso aumentan el umbral de percepción del dolor, según un estudio realizado en Brasil y el Reino Unido. Varias investigaciones demostraron que algunos opioides producidos de forma natural por el organismo, como la betaendorfina, desempeñan un papel fundamental en el apego social de los animales y en las relaciones sociales de los seres humanos adultos.
Estas “sustancias químicas del bienestar” se liberan cuando adoptamos determinados comportamientos, lo que posteriormente contribuye a que nos sintamos unidos a los demás, explica a la AFP Valerie van Mulukom, coautora de un estudio publicado esta semana en Proceedings of the Royal Society B. En los monos esto ocurre especialmente durante las sesiones de acicalamiento, esenciales para la cohesión del grupo. Sin embargo, en las sociedades humanas de gran tamaño, las interacciones cara a cara no bastan para reforzar los lazos sociales entre cientos o incluso miles de personas.
Una teoría del biólogo evolutivo británico Robin Dunbar sostiene que “desarrollamos ciertos comportamientos que nos permiten producir las mismas sustancias químicas que en las interacciones cara a cara, pero a una escala mucho mayor”, destaca Van Mulukom, investigadora en psicología de la universidad Oxford Brookes (Reino Unido).
“Estos comportamientos incluyen moverse de forma sincronizada (realizando espontáneamente los mismos movimientos), cantar juntos, hacer música juntos o saber que compartimos las mismas creencias”, explica.
En este contexto, ella y sus colegas estudiaron los rituales religiosos en 24 investigaciones de campo realizadas con fieles en el Reino Unido y Brasil.
Repetidos cada semana, “los rituales religiosos reúnen todos estos comportamientos. Cuando se asiste a una misa, por ejemplo, todos se levantan al mismo tiempo, rezan juntos, al final se desean mutuamente la paz, escuchan y cantan juntos”, señala la investigadora.
Conectados con Dios
En el Reino Unido, todos los participantes eran cristianos, aunque pertenecían a distintas confesiones (católica, anglicana, metodista y bautista).
En Brasil, los participantes practicaban el culto de la Umbanda, una religión afrobrasileña que combina el espiritismo, danzas y ritmos rituales africanos con oraciones e imágenes católicas.
Los participantes respondieron un cuestionario antes y después del servicio religioso sobre su sentimiento de pertenencia al grupo, que incluía preguntas como: “Pensando en todas las personas presentes, ¿hasta qué punto confía usted en los demás miembros de este grupo?”
Puesto que es imposible medir directamente la producción de opioides sin recurrir a procedimientos invasivos, y dado que estas sustancias actúan como analgésicos, los investigadores utilizaron un método habitual en los estudios experimentales: emplear el umbral del dolor como indicador indirecto.
Para ello, inflaron lentamente un manguito de presión -como los utilizados para medir la presión arterial- alrededor del brazo de cada participante antes y después del servicio religioso, hasta que este indicara sentir una “molestia importante”.
El resultado fue que, tras el ritual, el sentimiento de vínculo social era mayor que antes, al igual que el umbral del dolor. También aumentó ligeramente el afecto positivo (emociones agradables como la alegría, la serenidad y el placer), mientras que el afecto negativo disminuyó.
“Observamos que cuanto más conectadas con Dios se sentían las personas durante el ritual, más les ayudaba a crear vínculos con los demás”, destaca Van Mulukom.
Más allá de las actividades sincronizadas, “hay algo en las creencias que estas personas integran en su identidad que las une con mayor fuerza”, subraya.
“Del mismo modo que, si participo en una manifestación contra los combustibles fósiles porque coincide con mis creencias y mis principios, probablemente me sentiré más unido a los demás manifestantes que en un concierto, aunque en este último seguramente me mueva y cante de manera mucho más sincronizada con el resto”, concluye la investigadora.
Fuente: AFP.