Juan Carlos Dos Santos juancarlos.dossantos@gruponacion.com.py

El 10 de octubre es considerado el Día Nacional de la República de China (Taiwán), que había sido proclamada oficialmente el 1 de enero de 1912, siendo la primera república del continente asiático. Pero el día en que comenzó realmente la última y triunfal sublevación, fue cuando sucedió aquella terrible explosión en Wuchang, el 10 de octubre de 1911, por lo que esta fecha es la considerada como la del nacimiento de Taiwán, siendo el doctor Sun Yat-sen su primer gobernante.

Tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una guerra civil en China y el gobierno dirigido por el general Chiang Kai-shek fue derrotado por las fuerzas comunistas de Mao Tse-Tung y se vio obligado a trasladar el gobierno a la isla de Taiwán en diciembre de 1949.

Es la razón de la existencia de la República de China (Taiwán), cuyo gobierno aún permanece en la isla de Taiwán, destino de muchos latinoamericanos, quienes llegan a formarse a uno de los países más avanzados tecnológicamente en el mundo. Cientos de paraguayos han viajado a ese país a realizar estudios secundarios, capacitaciones técnicas, sociales, educativas, médicas y en la mayor parte, agropecuarias.

Un poblador de la costera ciudad de Keelung, en noreste de Taiwán. Foto: Gentileza.

Un largo viaje

En mayo de 1997 fui seleccionado para realizar una capacitación de varios meses junto a otros dos compatriotas, los tres en diferentes cursos y en diferentes lugares del país asiático. Durante los meses que me tocó en suerte recibir capacitación en aplicaciones para informática, compartí el curso con ocho latinoamericanos y un africano.

Aunque ya han transcurrido 23 años aquel curso, la gran mayoría de quienes lo integramos seguimos en contacto, incluida una de las dos traductoras chinas, que hablan un perfecto español. Durante el lapso del curso, además del aprendizaje, hemos disfrutado de aprender la cultura de una nación milenaria, absolutamente tan diferente a la nuestra, pero que nos ha legado grandes enseñanzas.

Yves Vilfranche y Roberto Castro, becarios haitiano y salvadoreño, respectivamente, aprovechando el día libre, se dirigen a algunos de los mercados tradicionales de las afueras de Taipei. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

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Las historias que fueron apareciendo, ya se dieron en pleno vuelo desde Los Ángeles hasta Taipei, en un vuelo de casi 9 horas, a bordo de un Jumbo 747, donde íbamos solamente seis personas en el piso de clase turista. La planta alta del gigantesco avión era la primera clase, y estaba repleta.

Con tanto cansancio tras los largos vuelos desde Asunción hasta Miami y de allí a cruzar todo el territorio norteamericano hasta Los Ángeles, nos separamos para poder descansar. Nadie hablaba, era demasiado el silencio en el interior del avión, hasta que a uno de los pasajeros se le ocurre entablar conversación conmigo y con el otro compatriota que estaba más próximo.

Las amplias avenidas de Taipei, en una zona cercana a la terminal de trenes de la ciudad. Foto: Gentileza.

Inglés entre vecinos

Comenzamos a hablar de las bondades del avión, por supuesto que ninguno de nosotros jamás habíamos volado en un 747 y mientras, la conversación transcurría en inglés, fuimos interrumpidos por la azafata para presentar el menú, y recién allí comenzamos a presentarnos.

“I am Carlos Castiñeira, fron Argentina”, expresó el pasajero que se acercó para conversar. Las risas se contagiaron incluso hasta los dos pasajeros que estaban más adelante. En la clase turista del avión 747, estábamos tres paraguayos, dos dominicanos y un argentino, balbuceando en inglés, a 35 mil pies de altura sobre el Océano Pacífico.

Recuerdo que apenas habíamos llegado al aeropuerto, junto a Alberto y Casimiro, los dos compatriotas que luego irían a otro curso y ya sentimos los rigores de estar en la zona del cinturón de fuego del Océano Pacífico, pues un leve temblor nos recibió mientras nos acomodábamos en el lobby del aeropuerto esperando a los demás, quienes procedían de diferentes partes del mundo.

Torre de Babel

La elegante pero muy apurada uruguaya, discutía a cada rato con el joven boliviano, quien como había sido el primero en llegar, se consideraba el más “experto” de todos. El libio, quien luego sabríamos que se llamaba Harry, buscaba alguien que hable árabe para que le pueda indicar a donde dirigirse, mientras el musulmán venido de Omán, buscaba orientarse para realizar el rezo vespertino.

El solidario boliviano en un perfecto español, le indicó cualquier cosa, pero eso no importaba, solo queríamos salir del ese tembloroso aeropuerto, el Chiang Kai-shek, para dirigirnos a nuestro lugar de hospedaje. Bernardo y Ramón, los dos dominicanos, ya formaron parte del grupo sudamericano compuesto por un argentino más tres paraguayos, pues fueron suficientes nueve horas de vuelo para conocer y dar a conocer las historias personales de cada uno de nosotros.

La carretera de la costa oeste de Taiwán, en el estrecho que lo separa de China Continental. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

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La hospitalidad taiwanesa la sentimos desde el primer momento en que subimos al 747 y continuó siendo extraordinaria durante toda la estadía e incluso hasta hoy, cuando nos ponemos en contacto con los amigos que dejamos allá y con la gente de la Embajada de la República de China (Taiwán).

Cuando llegó el momento de separarnos para ir cada uno a nuestro curso, quedaron Carlos, de Argentina; Elia y Gloria, de Nicaragua, Bernardo de República Dominicana, Prudencia de Honduras, Yves de Haití Roberto de El Salvador, Miroslava de Panamá, Martiño de Guinea Bissau y yo, junto a nuestras guías y traductoras, Andrea y Raquel.

De visita a un templo budista en la zona del Parque Nacional Taroko, en la costa oeste de Taiwán. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

Un africano con acento cubano

Martiño era muy peculiar porque tenía un pronuciado acento cubano, por haber estudiado ingeniería industrial en La Habana, Cuba y su abuelo era un artista, tallador de maderas. Mientras todos nosotros llevamos los típicos souvernir, llaveros, calcomanías, pulseritas o banderines, Martiño abrió una maleta con 25 figuras de madera, talladas por su abuelo y que las llevó exclusivamente para regalarlas el último día de clases.

Martiño Lópes Dos Santos, natural de Guinea Bissau, en la costa occidental de África, era hermano de un influyente político en su país y como teníamos el mismo apellido, decidió que no esperaría hasta el último día para regalarme la estatuilla, que la conservo hasta hoy.

Recordaba con cierta tristeza sus días en Cuba, pues extrañamente, era víctima de tratos racistas y aunque se declaraba “progresista”, según su propio calificativo, contó que se pasó más tiempo participando en la zafra del azúcar que en la universidad.

Un día llegó el embajador de su país hasta el hotel donde nos alojábamos, The Flower, y tras saludarse efusivamente con Martiño, le comentó que en unos días más se llevaría a cabo en Taipei, una Expo África, y mi compañero de curso, no tuvo la más brillante idea que comentarle que tenía en su poder 24 estatuillas talladas a mano por su abuelo.

Una de las 25 estatuillas talladas por el abuelo de Martiño Lópes, para que él las pudiera dar como obsequios. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

Negociando con las estatuillas

No hace falta decir que todas esas estatuillas, menos la mía, fueron expuestas en la feria ante miles de personas que llegaron al lugar. Taiwán, a pesar de ser una pequeña isla de 22.339 km2, poseía en ese entonces una población de alrededor de 25 millones de habitantes y con ciudades densamente pobladas como Taipei, la capital del país.

Todas las estatuillas fueron vendidas, nos comentó Martiño, algo desilusionado porque no iba a poder dar su regalo a los demás compañeros del curso. Nos comentó luego que las vendió entre 100 a 150 dólares americanos cada una.

“Compadre, no me ha dado un solo centavo” nos dijo ante la consulta de cuanto le habrían entregado por sus estatuillas, “pero me ha dicho que puedo llevar a lavar mis ropas todas las veces que quisiera a la embajada”, expresó entre risas y resignación.

Cansado de ver leones y jirafas

Lejos era el que infundía alegría a nuestro grupo, desde las 7:00 cuando estábamos frente al hotel esperando al bus que nos llevaría hasta el Centro de Entrenamiento Vocacional de Tai shan. Las clases eran de lunes a viernes, de 8:00 a 16:00, los sábados teníamos libres y los domingos la organización nos llevaba a conocer algunos lugares, al comienzo en Taipei y luego a otras ciudades.

Un domingo cuando nos enteramos que iríamos al Zoólogico de Taipei, Martiño se molestó y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión. No fue con el grupo y su excusa era muy lógica. Recuerdo que dijo textualmente lo siguiente: “¡Pero compadre!, ¿Que tú quieres que yo vaya a ver a ese lugar?, a esas cosas las veo todos los días en mi pueblo”.

Bernardo Almonte, becario dominicano en Taiwán, listo para jugar fútbol en la universidad. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

En Dominicana no se conoce al fútbol

Ya cansado de recorrer todos los sábados los mismos monumentos, museos y mercados nocturnos, decidimos comprar una pelota de fútbol y entre cinco fuimos a una universidad cercana a intentar hacer algo de deportes.

Bernardo, el dominicano que quedó con nosotros en el curso, nos acompaño, con pantalones largos y zapatos de vestir, muy elegante. Confesó que no sabía nada de fútbol y menos de los jugadores. Ingenuamente pregunté si alguna vez oyó hablar de Chilavert, y nada. Luego Carlos, el argentino sin dudar pensando que me dejaría en ridículo le pregunta por Maradona, “jamás” escuché esa palabra, confesó Bernardo.

Lo cierto es que igual entró a jugar, le indicamos más o menos cuales eran las reglas y comenzamos a jugar contra un grupo de estudiantes taiwaneses, quienes luego de quince minutos decidieron retirarse del juego, cansados de las patadas que Bernardo les daba, con su zapatos de vestir.

Recuerdo que al concluir, Bernardo no cabía de felicidad y se acerca corriendo y grita, “¡Caray, este es el mejor juego que se pudo haber inventado! La pelota se la llevó él a Santo Domingo, donde tiene una tienda de ventas de artículos electrónicos.

Internet gratuito

Las escapadas a la Estación Central de Bus de Taipei eran un vicio. En 1997, mientras internet ni remotamente era algo masivo aún en Paraguay, la estación de bus contaba con al menos treinta computadoras de acceso gratuito. La gente formaba fila detrás de cada equipo y no había tiempo límite para la utilización, salvo lo que marcaba el respeto por quienes aguardaban su turno.

Las amplias avenidas de Taipei, en una zona cercana a la terminal de trenes de la ciudad, que estaba aún en construcción en 1997. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

De esta manera nos pudimos mantener comunicados quienes ya contábamos con internet en nuestros respectivos hogares. Hoy siete de los diez que formamos parte del curso, seguimos en contacto, gracias primero a las redes sociales y ahora al WhatsApp.

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De Martiño nunca más supimos nada luego del último día, y aunque todos hemos hecho un gran esfuerzo por hallarlo, nunca hemos podido dar con él. Carlos, el argentino se comunicó en el 2010 por última vez con el grupo, cuanto todos nos preocupamos por Yves, el profesor haitiano, quien junto a su familia, sobrevivió al terrible terremoto que azotó la isla caribeña ese año.

De Haití a Taiwán

Yves Vilfranche, una de las mejores personas que he conocido en mi vida, jamás había estado en frente a una computadora al llegar a Taiwán. Era una de las personas que más empeño puso para aprender y así poder transmitir sus enseñanzas en los lugares donde formó a otras personas. Hasta hoy vive en Puerto Príncipe y sigue en contacto con el grupo.

Su acento francés nunca fue problema para que pudiera comunicarse con otros. Lo único que le reprochábamos es que siendo Testigo de Jehová, nunca pudo acompañarnos a jugar futbol los sábados en la universidad. Era un fanático del Mercado Nocturno de Taipei y en especial del mercado de las serpientes, donde iba a tomar fotos con flash, algo no permitido, y más de una vez sus fotografías produjeron corridas entre la gente por los saltos que daban las serpientes encandiladas.

"Taiwán fue un experiencia extraordinaria y muchas cosas hermosas han sucedido en mi vida gracias a aquella capacitación que recibimos. Luego de eso, he podido representar a mi país en varias misiones en el extranjero, ya sea en Colombia, Canadá o Costa Rica. Profesionalmente pude ejercer como jefe, subdirector y hoy Director de Coordinación des Operaciones en el INFP.

Soy prácticamente la segunda persona responsable de la formación profesional en Haití. Hay que decir que PowerPoint y Excel han jugado un papel importante en mi carrera. La presentación de mis documentos les hizo más convincentes y mis estadísticas calculadas a través de Excel les dieron más peso. No soy rico. No tengo mucha propiedad material, pero ganó lo suficientemente bien como para cuadrar a mi familia y vivir con dignidad", cuenta Yves.

La infaltable foto con los profesores luego de cada clase especial. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

No eran pollos, eran ranas

Cuando le comenté a Miroslava, la panameña, que pensaba escribir parte de los recuerdos que aquellos geniales días que pasamos en Taipei, ella me escribió y me pidió que contara una situación que jamás podríamos olvidar.

“La primera noche en que nos hospedamos en el hotel del aeropuerto, nos llevaron a la ciudad a cenar al primer mercado nocturno que paramos. Ya al final del recorrido y cuando regresábamos al bus, recuerdo a uno de los de Costa Rica (el blanquito medio gordito), que dijo “¡Que gran montón de alitas de pollo que he comido!” y una de las guías chinas le contesta: “Señor, eso no era alitas de pollo, eran ancas de rana” y al “tico” se le puso roja la cara, pero ni modo, ya se había hartado (satisfecho)”, cuenta Miroslava.

Una tienda de frutas y vegetales, en un sector cercano a un mercado nocturno en la ciudad de Taipéi, capital de la República de China (Taiwán). Foto: Gentileza.

Ella fue seleccionada para la beca a Taiwán, cuando trabajaba en el Instituto Nacional de Formación Profesional de Panamá. Era instructora de soldadura, y en aquel entonces el gobierno de España, iba a realizar una donación de computadoras.

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Fue elegida como responsable del nuevo laboratorio y debería impartir clases. “Solo existía un inconveniente”, recuerda Miroslva; “Yo jamás había usado una computadora y ni siquiera sabia encenderla, así que cuando fui llamada a una cita con el director general, el Lic. Gilberto Tuñon y me planteó que había sido seleccionada para ir a Taiwán, a una capacitación de varios meses, no lo pensé y conteste, ¡Por supuesto que acepto!. Luego me enteraría que habían hecho apuestas con mi decisión”.

Roberto Castro y Bernando Almonte, becarios de El Salvador y República Dominicana, durante una exposición tecnológica en 1997, en Taipei. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

Un salvadoreño agradecido

Roberto Castro de Santa Ana, El Salvador, era coordinador del Departamento de Agroindustria del Instituto Tecnológico Centroamericano y recuerda que apenas habían iniciado la formación del departamento de Informática.

“Mis conocimientos de Informática eran mínimos y sentía temor pues me estaban enviando a un país líder en ese campo y hace quince años dejé mi país, me vine a Los Ángeles, California, y en la actualidad con mis dos hijas tenemos una oficina de seguros y asesoramos en la preparación de impuestos", recuerda Roberto.

La isla verde, en la costa oeste de Taiwán, en el Océano Pacífico. Foto: Gentileza

“No van a creer que lo que más me ayudó aquí en los Estados Unidos, fue aquel Excel que aprendí en Taiwán”, escribe entre emocionado y nostálgico, el buen amigo Roberto, quien dejó su trabajo y su país buscando una mejor calidad de vida.

Conflictos en Centroamérica

Elia y Gloria, las dos nicaragüenses siguen en contacto con todo el grupo, pero nunca más hablaron con su vecino, Prudencio Montoya, hondureño de Tegucigalpa, luego de una de las tantas discusiones políticas que surgían en los viajes o mientras esperábamos el bus para ir a centro de estudios o el metro para ir a algún mercado nocturno.

Memorial Chiang Kai-shek, en el centro de la ciudad de Taipéi. Foto: Gentileza.

Es imposible plasmar meses de recuerdos aquí y me hubiese gustado recordar el viaje a un lugar llamado La Ventana de China, donde están las réplicas a escala de los monumentos más famosos del mundo, o el Parque Nacional Taroko, el Centro Aeroespacial, donde se construyen los aviones de combate, quizás de los más modernos del mundo, o la noche que en fuimos a ver con algunos compañeros, a las Mujeres que cantan la Guaranía en el Teatro de Taipei.

Réplica del Memorial al general Chiang Kai-shek en el parque temático La Ventana de China. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

El valor de la amistad

La República de China (Taiwán) y Paraguay celebraron el pasado 12 de julio, 63 años de relaciones diplomáticas, bajo el objetivo principal del desarrollo de sus pueblos. Al respecto, el embajador del país oriental ante nuestro país, José Chih-Cheng Han, calificó la amistad entre ambas naciones como “fructífera”, teniendo en cuenta que poseen una cooperación recíproca.

La ayuda que brinda el gobierno de la República de China (Taiwán) a nuestros países, en especial al Paraguay, es invaluable y ojalá muchos más compatriotas puedan ser capacitados por ellos. No ha sido decisión de los pueblos, pero si de sus gobiernos, darle la espalda a Taiwán, cambiando esa amistad por dinero, pero el valor de la verdadera amistad no se puede medir.

En la República de China (Taiwán) continúan sus estudios técnicos, universitarios y posgrados, una gran cantidad de paraguayos. Foto: Juan Carlos Dos Santos.

La República de China (Taiwán) celebra hoy su fiesta nacional. Es un pueblo que vive amenazado por los tentáculos de un imperio que no respeta la autodeterminación de los pueblos. Si el pueblo taiwanés, el verdadero heredero de la República de China, nacido en 1911, quisiera volver al continente, lo haría, pero hasta hoy han decidido que permancerán independientes y esa decisión debe ser respetada.

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