Cada santo es único e irrepetible, comenta Jorge Catalino González. “San Jerónimo tiene su carisma particular y nos deja un importante mensaje”, añade. El de este santo es el amor entrañable a la palabra de Dios. Es considerado el doctor máximo en la exposición de las sagradas escrituras, el varón bilingüe que tradujo las sagradas escrituras en: latín, griego y hebreo.

Nació en Estridón hacia los años 347, en una familia cristiana que le dio una esmerada formación. Fue enviado a Roma para profundizar su intelectualidad. Siendo joven, sintió atractivos en la vida mundana, pero prevaleció el deseo y el interés por la religión cristiana, explicó González.

Tras recibir el bautismo, hacia los años 366, se orientó a la vida ascética y luego partió al Oriente. Vivió como eremita en el desierto de Calcis, dedicándose seriamente a los estudios. Perfeccionó su conocimiento de griego, empezó los estudios de hebreo.

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La meditación, la soledad y el contacto con la palabra de Dios hicieron madurar en él la sensibilidad cristiana. En el año 382 se trasladó a Roma y el Papa San Dámaso, conociendo su fama de asceta y por su profundo conocimiento hacia la palabra de Dios, lo nombró como su secretario y consejero.

Asimismo lo motivó y sobre todo ayudó a emprender el desafío de la traducción latina de la Biblia, esa misión emanada fue por motivos pastorales y culturales. El año 385, tras la muerte de San Dámaso, realiza una peregrinación y pasando por Tierra Santa.

Su formación literaria y amplia erudición permitieron a este gran santo revisar y traducir muchos textos bíblicos. De esa manera, constituye la Vulgata; texto oficial de la Iglesia. Reconocido como oficial en el Concilio de Trento, hasta hoy sigue siendo el texto oficial de la Iglesia.

En el año 386 se detuvo en Belén, ahí conoció a una mujer noble, Paula. Construyeron un monasterio masculino, femenino y una hospedería para peregrinos. Pensaron en José y María, que al pasar por dicha ciudad, no encontraron un lugar donde hospedarse.

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En Belén siguió desarrollando una intensa actividad, hasta su muerte. Defendió la fe oponiéndose con vigor a varias herejías. Enseñó cultura y exhortó a los monjes a una vida de perfección y mucha oración.

Su muerte ocurrió el 30 de septiembre del año 420. Fue proclamado Doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295, por el Papa Bonifacio VIII.

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