Las distancias físicas se volvieron un condicionamiento en el mundo por el COVID-19 y eso inspiró al programa “Asamblea”, transmitido por canal GEN, para conectar a dos personas que viven en polos totalmente opuestos, uno desde Siberia, Rusia, y el otro desde la Antártida.
A unos 17 mil km uno de otro, en una entrevista tan distante, viviendo a horas de viaje del Polo Sur y Norte, el Tte Cnel. Nahuel Tripay Base Milo, que se encuentra en la Base Militar Esperanza en Antártida, a 8.000 km de Asunción, describió lo que es vivir en un lugar alejado de todos.
Actualmente, viven tan solo 63 personas que representan 10 familias con 15 niños y adolescentes, trabajan de lunes a sábado, se levantan a las 7:00 e inician sus actividades laborales en la base militar a las 8:00, desde diferentes áreas y especialidades. Además, en plena pandemia es el único continente libre de COVID-19, comentó el teniente coronel.
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El rol fundamental de la base militar es el resguardo de los estudios científicos que se realizan en este sitio geográfico. “Es un lugar destinado a la paz y la ciencia, un día como hoy de 1961 nuestro país ratificaba el Tratado Antártico, firmado en el año 1959, entonces se compromete con las actividades relacionadas a la ciencia y las FFAA son el sostén logístico de la ciencia, vienen decenas de científicos a realizar estudios”, describió.
En otro lado del mundo, Camilo Román, profesor de Lenguas en Siberia, Rusia, comentó cómo fue a parar a un remoto lugar del mundo. Todo se inició con un oferta laboral en un instituto de lenguas que duraría aproximadamente 9 meses, pero la historia fue distinta cuando conoció a su actual esposa, con la que se casó hace 4 años y tiene un hijo de 2 años.
Realiza actividades educativas en otro instituto en la actualidad. Se destacan entre sus actividades laborales enseñar inglés, español y teatro.
Vive en Surgut, una ciudad fría, según mencionó. Además es considerada la capital petrolera. “Sería como Ciudad del Este con Itaipú”, añadió. En el lugar viven unas 500 mil personas, entre ellas inmigrantes.
Ahora están en temporada de verano y siendo las 6:00 tienen una temperatura de 11 ºC. Lo peculiar de esa zona es que en esta temporada se tienen las conocidas “noches blancas”, que significa que tienen las 24 horas del día la luz del sol por 3 meses. Mientras que durante el invierno la situación se invierte, ya que no tienen sol por 3 meses.
Ante la distancia y la proximidad, “La Asamblea” expuso experiencias diferentes de vida arriesgando la normalidad y la costumbre. Los dos invitados demostraron que pese a los kilómetros de distancia, la tecnología hoy en día los mantiene más próximos.
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Volver de la Antártida
- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
El Hércules C130 TC 64 sobrevoló el aeródromo de Marambio lenta y pesadamente. Lo escuchamos claramente. No conseguimos verlo. Cerca de un centenar y medio de ojos lo buscaron en el cielo gris muy oscuro.
“Nubosidad baja”, desde un par de días atrás anuncian las plataformas meteorológicas globales. Pronóstico cumplido. La invisibilidad de aquella máquina transformó el ánimo colectivo. Pero no fue suficiente para abandonar la esperanza, aunque la misma expectativa construimos justamente un día atrás cuando un intento de regreso se frustró. Pienso en ayer.
Que fue tan raro como este hoy porque en ningún momento fue de noche. ¡Qué extraño es todo esto! Decir que es como “un atardecer permanente” –como poéticamente lo describe Juan Gómez, vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, jefe de la Base Marambio– no parece suficiente para bajar el telón de cada día. Los motores de la enorme aeronave vuelven a escucharse.
El rugido mecánico parece llegar desde el invisible Mar de Weddel oculto por debajo del “mar de nubes”, como aquí se llama a esta condición climática. Una vez más el centenar y medio de ojos se clavan en el cielo. Lo patrullan. Silencio. Parece eterno. “Allá viene... lo veo!”. Parece suspendido en el aire.
Una estela de humo negro se desprende de cada uno de sus motores. La imagen crece vertiginosamente. Casi a ras del piso sobrevuela los primeros 400 metros de la pista cubierta por una fina capa de hielo y unos 4 centímetros de nieve. En el mismo tiempo que se posa sus motores rebajan al máximo sus revoluciones.
El comandante lo deja correr hasta cerca de los 900 metros. Se detiene. Advierto que detrás de mí, bajo la Bandera, al pie del mástil que la sostiene y le permite flamear, un grupo de jóvenes que finalizan la “invernada” se empujan y revuelcan sobre la nieve como algunos años antes lo habrán hecho en el momento en que finalizaron sus viajes cuando egresaron de la secundaria. Los percibo alegres, aunque no me parece que esa presunta alegría sea por partir. Son y se sienten antárticos y antárticas.
La aeronave no se mueve. El comandante procura saber si puede girar y transitar sobre piso firme. Con cuidado extremo gira para llegar hasta donde se detendrá para que desciendan algunas personas y subamos otras. Debemos hacerlo con rapidez.
La compuerta trasera se abre. Nos acomodamos lo mejor posible en el interior de un avión carguero. Los motores continúan encendidos. Silencio profundo. Respiraciones lentas. Ritmos cardíacos acelerados y ruidosos. Las pibas y los pibes se recuestan (acurrucan) sobre sus mamis. Miro y me pregunto... ¿por qué los traen para invernar en la Antártida en familia?.
EN VUELO
Los cuatro motores turbohélices aceleran al mango. El fuselaje vibra intensamente. Los SKUAS (como apodan a la y los pilotos de helicópteros con los que almorcé y cené cada uno de mis días siempre diurnos en la Base Marambio) me enseñaron que “cuando el vuelo se inicia todo está chequeado varias veces”.
También me aseguraron que “en 800 metros” el avión ganará altura “para volver a casa”. Cierro los ojos. Daniel Bertagno –hermano amigo, colega periodista y académico– gran compañero de viaje me codea. Hace un par de selfies.
El comandante suelta los frenos. Por las pequeñas ventanillas solo se ve el gris oscuro del cielo. Se escucha claramente cuando el hielo en la pista se quiebra y vuela en pedazos. Algo de nieve, también. Silencio extremo. La nariz del Hércules C130 TC 64 le apunta de lleno al cielo. Comienza a ganar altura. Estable. Solemne. Épico.
El piberío estalla en ovación. Alguna mamá lagrimea. Un chiquilín de 11 años deja su lugar. Me invita a choca puñitos. “¿Lo voy a volver a ver señor?”, me pregunta mirándome fijamente. Creo que la Antártida, tal vez, comienza a quedar atrás. ¿Será así?
En las entrañas de Heracles (Hércules) hijo de Zeus –dios supremo de los dioses el Olimpo, senior del cielo, del trueno y la justicia, también llamado “Padre de dioses y hombres”– regresa el silencio. Los cuatro motores ronronean parejos. Adormezco. En alguna dimensión transito la Antigua Grecia. Valoro a Hércules. Lo asumo como un rescatista de altísima gama como los que seguramente impulsan a los que vi entrenando en Marambio con clima extremo.
Tengo la convicción de que el nieto de Cronos y Rea nos llevará hasta Río Grande, donde el 15 de noviembre comenzó esta misión académica que devino en aventura tan inesperada como inevitable. T
al vez de eso también se trate vivir. Hasta unas pocas horas atrás los interrogantes iban por otros senderos. ¿Con quiénes y dónde brindaremos en las medianoches del 24 y el 31 de diciembre próximos? Sé que muchos y muchas de aquellas y aquellos que nos vieron partir porque finalizaron sus invernadas todavía piensan en ello.
Gera Gómez –el YD (yanki delta, en código de la Organización de Aviación Civil Internacional-OASI)–, jefe del aeródromo Marambio, deberá esperar para desayunar con su hija en Córdoba, Argentina. La niña y su papá entristecerán. Otros muchos y muchas también tendrán que esperar.
Las proyecciones climáticas pronostican que “no serán posibles las operaciones aéreas” por varios días. ¡Qué bajón! Daniel me despierta. Poco más de tres horas estuve en situación de ausencia. Llueve cadenciosamente en Río Grande. Una brisa helada obliga a recordar la Antártida. Aun así, nos reciben calidez.
“Bienvenidos, antárticos”, nos dice el comodoro Rober Romero. Nos abraza y ofrece acompañarlo con café caliente recién hecho. Se agradece y disfruta. Todavía deberemos volar unos 3 mil kilómetros para llegar a El Palomar (un aeropuerto militar en los alrededores de Buenos Aires) a bordo de otro Hércules.
LOS REGRESOS
Los regresos –vaya a saber por qué– siempre me parecen mucho más largos que los viajes de ida. Volver, siempre es incierto. Vivir es un viaje de ida permanente. El profe don Édgar Morin –palabra más, palabra menos– suele reivindicar la incertidumbre como una suerte de motor vital. Lo pienso y re-pienso.
Llega Maximiliano Magiaterra, el comandante conjunto antártico a bordo de otro Hércules. Nos abraza después de recibir los honores protocolares que corresponden a su cargo y jerarquía militar. “¡Bienvenidos, antárticos!”, repite como momentos antes lo hiciera su camarada dirigiéndose a nosotros.
Nos despedimos con el compromiso de reunirnos para cenar “el año que viene”. De nuevo estamos en la panza del Hércules. Nos sorprende que avanza la nocturnidad. En treinta y cinco días cerca del Polo Sur nos desacostumbramos a la noche que sigue a cada día. Ganamos altura. Entrecierro los ojos. Vuelvo a la Antigua Grecia.
El hijo de Hipnos y Pasitea –corporizado– avanza sobre mí irremediablemente. Morfeo se me acerca. Me atrapa. No resisto. Sé que cuenta con el respaldo de los Oneiros que obedecían fielmente a su madre.
Tal vez hayan pasado casi cinco horas de vuelo suave. En el momento que bajé del TC 66, es noche cerrada. Puse mis ojos en el cielo. Después de 36 días volví a la nocturnidad. Caminamos juntos hasta un recinto desprovisto de toda comodidad. Solo lo justo. Austero. Militares –hombres y mujeres– compañeros de viaje y de muchos de nuestros 35 días en la Antártida esperan órdenes. Un niño de unos 11 años se me acerca.
“Lo voy a extrañar, señor”, me dice mientras me abraza con fuerza. Me hace lagrimear. No puedo pensar con claridad. Mucho para recordar. Mucho para procesar… Para revisar. En el Cabify viajo en silencio. Mañana temprano avisaré a La Nación que estoy de regreso.
Es tarde. Cerca del mediodía más próximo volaré a nuestra casa... Hoy hace ocho días que regresé. La inmanencia antártica me invade. Las noches me quedan largas. Muy largas. No consigo dormir con continuidad. Con cada insomnio los recuerdos recientes me atropellan. Las consultas médicas, varias, solo tienen una respuesta coincidente. “Síndrome posantártico”, diagnostican. Es demoledor. Cansa. Confunde. Agobia.
Tengo la convicción y la necesidad de llamar a mi querido amigo-hermano, colega periodista y maestro Augusto dos Santos. Debo advertirle que muchas de las respuestas que le di cuando me entrevistó a distancia para “Expresso” no fueron las más adecuadas. Carecieron de precisión. Vestir de antártico como lo estaba entonces no fue suficiente para contestar con suficiencia.
No pocas veces la ignorancia nos induce a creer que sabemos de aquello que desconocemos. También quiero que sepa que hasta el pasado 15 de noviembre –cuando llegué a la Antártida– aquel continente para mí era un sueño más entre muchos que, como tantos otros, ya lo tenía en el largo listado de los incumplidos.
Por esa razón, querido Augusto, siento que antes de responderte debiera haberte advertido que como dicen que alguna vez dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Es posible también que Woody nunca lo haya dicho. Pese a todo, para este caso siento que con esa frase podría haber respondido a todas tus preguntas cuando quisiste saber qué hacía allí. Espero sepas comprender que, como vos y tu curiosidad natural devenida en oficio, tampoco lo tenía claro.
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Antártida, ese lugar a donde llega lo que el viento se llevó
- Ricardo Rivas
- Periodista - Enviado especial
Las palabras se las llevó el viento y aquí encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
El “mar de nubes” que crece desde el congelado Weddell lo cubre todo. Vigesimosexto día en la Antártida. Por encima de esa masa nubosa el cielo se presenta como una transparencia azulada. La nevada –aunque intermitente– es copiosa. Sin embargo, las pasarelas que unen las instalaciones de la Base Marambio, en el borde de los acantilados de la isla Seymour, están despejadas. Con Daniel Bertagno –colega periodista y amigo– aun así salimos a caminar. Lentamente. Con cuidados para evitar resbalones.
La torre de control del tráfico aéreo está cubierta por las nubes. También desapareció la estación de pasajeros. Y Daniel, que se adelantó (hasta que podía verlo) unos 60 metros, también se invisibilizó. Me detengo. Siento soledad. Me inquieto. Todos mis sentidos están en máxima alerta. Sé que detrás de la bruma está la pista donde aterrizará –cuando pueda hacerlo– el Hércules C130 que nos devolverá al continente. La espera se hace larga. Nada se puede hacer. Es duro verificar y admitir la impotencia frente a la naturaleza. El no poder abruma tanto como poder. La imaginación no imagina tanto.
LA CHANCHA
Una cuarentena de hombres, mujeres, niños y niñas embarcarán en la misma máquina cuando llegue esa gigantesca aeronave a la que llaman la Chancha. Escucho. Me acompaña una “brisa” que sopla y silba a menos de 20 kilómetros en la hora. Permanezco. Hacia donde mire no veo. Una parisina “niebla gris” me envuelve. “Las palabras se las lleva el viento”, decía una y otra vez doña Juanita, nuestra tan amada abuela. Sonrío con el recuerdo de sus palabras.
Si así fuera, el viento debiera estar atiborrado de palabras. Así pensado, Eolo también puede ser portador de memoria y motivador de reflexión. Lo escucho. Decido arriesgarme a encontrar en él a todas aquellas palabras que dije, dijimos o... me dijeron y que ellas me empujen... me exijan... me arrepientan de haberlas dicho o por no haber dicho más. ¡Es verdad, abu! Las palabras se las llevó el viento y aquí, en la Antártida, encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
Me emboscaron. O no. Quizás están porque –después de aquí– el viento ya no tenga hacia dónde ir... Un par de siluetas comienzan a corporizarse desde el interior mismo de la niebla. Es Daniel que dialoga con el Gera, jefe del aeropuerto en Marambio. Junto con Paula trabajan para mantener la pista con la menor cantidad de nieve posible. Los termómetros marcan -11 grados centígrados. El viento que parece soplar con más fuerza está puesto desde el sur. La térmica cae. Se clavó cerca de los -20. ¡Joder!
El Gera, así lo apodan, está nevado. Capturo su imagen. Sonríe. “Después mándamela para enviársela a mi hija en Córdoba. Tiene 12 años y la extraño”, agrega. Sabemos que piensa en ella todo el tiempo. Desde que llegamos nos alojamos en un dormi donde es nuestro vecino. Antes de dormir y cada mediodía la llama. Tres mil setecientos kilómetros hay entre papi, en la antártica Marambio, y la niña, en la provincia argentina de Córdoba.
VOLUNTAD DE TRABAJO
“Después hablamos”, promete antes de desaparecer nuevamente en la niebla para guiar a Paula, que opera una enorme máquina vial para mantener la pista despejada. Lo seguimos. Enmudecemos. Desde la cabina la joven nos saluda sonriente. Sus ojos transmiten voluntad de trabajo, coraje, convicción y compromiso. Regresamos. Ingresamos en la base. Se empañan mis anteojos. Debo quitármelos. Fede (Smith), el médico, con el mate ensillado y el termo nos saluda.
“Esto recién empieza...”, dice. Lo acompaño hasta el consultorio. Nos cruzamos con Gustavo (Crivaro) –siempre sonriente– a cargo del mantenimiento. Inquietísimo. Está en todo y un poco más. “Es la décima misión que tengo en la Antártida”, dice mientras extiende su mano para saludarnos una vez más. Fanático del rugby y de los Pumas, también procura poner todo a punto para que ese equipo de bandera –“si Dios quiere y la ventanita climática se abre”– pueda enfrentarse aquí contra un equipo de la base.
“Vendrán la semana que viene. Traerán todo. Las camisetas que tendrán un escudo de la Antártida, lo que comerán, las guindas (como se suele llamar a las pelotas ovaladas)”. Ilusión, deseo, fantasía. Y más trabajo. “Hay que hacer agua y preparar lo que el rompehielos (Almirante Irizar) tendrá que llevar de regreso al continente”, dice.
Juan (Gómez, vicecomodoro), el jefe de la base, convida con café en su oficina. Casco azul veterano de Naciones Unidas siempre deja volar sus recuerdos que van desde el tórrido desierto en África –“en el Sahara”– hasta otros escenarios más complejos. Los pronosticadores reportan que, hasta el domingo venidero, por lo menos, estiman que “NO HAY (sic)” posibilidad para una operación aérea.
PREVISIÓN
Resaltan en rojo sangre la previsión. Más espera. “Siempre es posible un cambio inesperado en el clima”, dice alguien. Buen intento, aunque infructuoso para inducir al optimismo social. Un árbol de Navidad fue armado en las últimas horas. Tradiciones. Pese a ello, imaginar que es posible que todavía estemos aquí en la Nochebuena estremece. Pibes y pibas –de entre cuatro y 19 años– esperaban ver “el arbolito” con sus luces. Algunos adultos, también. Pero no en todas las personas el “arbolito” tiene los mismos efectos.
No. Algunas y algunos, que una semana atrás imaginaban la inminencia de los reencuentros, las caricias, los abrazos, decaen. También nosotros. Llegamos el 15-N para pernoctar aquí y regresar el día siguiente. ¿Estaremos para la Navidad con la familia? ¿Con quién recibiremos 2026?… ¿dónde…?
Fátima (Sarabia) es la gran cocinera de la Base Marambio. “La reina del guiso”, muy respetuosamente me gusta llamarla cada mañana cuando voy hasta la cocina para saludarla antes de desayunar. Fana del Diego. ¡Maradoooooo… Maradooooo… Maradoooo…! Sabe que soy de River y, siempre que puede, me gasta, pero remata con un abrazo. Enorme deportista que cada amanecer entrena duro en el gym. Aquí cuentan que alguna vez fue campeona de fútbol y de boxeo. Hablo de ella con el jefe Juan.
Recuerda que en su despacho hay una pelota autografiada por Maradona. “Con todo mi cariño”, escribió antes de su firma. Fátima, junto con el vicecomodoro y Daniel, comparten “una fotaza”, dice. Besa esa reliquia. ¡¡¡Maradooooo… Maradoooooo…!!! Descubro que aquí también hay una oficina del Correo Argentino.
EL CORREO
Sebastián, a cargo de la ayudantía de la jefatura, pega en postales y sobres las estampillas y las despacha después que el jefe firma los envíos. ¿Cuánto tardan en llegar?, pregunto. “Aproximadamente, un año y siete meses”, responde. Quienes compartimos ese momento tan inusual en tiempos de correos electrónicos y mensajerías de todo tipo con nuestros dispositivos nos miramos sorprendidos.
“Qué podría pasar en el ánimo de las o los destinatarios, doctor, si el correo llegara después que el remitente que lo envió falleció?”, preguntó alguien consternado al médico de la base. No escuché la respuesta. El maestro Pablo cumple años. Él y Lis, su esposa, son docentes en la escuela provincial N.º 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín. La única en el Continente Blanco.
Sus alumnos y alumnas –claramente felices– me lo cuentan cuando entro al comedor en la hora de la merienda. Cánticos y aplausos. En los primeros minutos del no amanecer siguiente –el martes 9– Juan y Gustavo sorprenden a las mujeres que trabajan aquí con un desayuno frente a los ventanales que muestran el mar de Weddell cubierto de hielo y con témpanos gigantes.
“Les deseamos a todas un feliz Día de la Mujer Aeronáutica”, dice el jefe. Las homenajeadas agradecen. Me comprometí para enviarles las fotos que enriquecen esta historia. Lo hago. Pronto llegará el rompehielos. Traerá todo lo que se consumirá aquí en 2026. El 17-D tal vez –si la ventana meteorológica se abre– el Hércules C130 aterrizará en Marambio. Así se vive aquí. Y, aunque ustedes no lo sepan o no lo crean, no son pocas ni pocos los que –cuando terminan sus invernadas– quieren regresar
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Antártida: espera borrascosa después de 19 días y ninguna noche - (PARTE III)
El conteo es contundente. En el momento de comenzar a escribir, son 19 los días (y ninguna noche) que han pasado desde que llegamos a la Antártida. La ventana meteorológica continúa cerrada. Habrá que esperar para volver.
- Por Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
Con el profe Daniel Bertagno –periodista y amigo–, pensábamos estar aquí poco menos de 48 horas. Encontrarnos con Luisina y Melina –estudiantes regulares de la licenciatura de Periodismo Deportivo a distancia del Instituto Universitario River Plate (IURP)–, ofrecer una clase sincrónica (nos dicen que nunca se había hecho algo así desde aquí en el segmento de la educación superior) y presentar el libro “Apuntes de un periodista para estudiantes de periodismo”.
Lo hicimos. Pero… “la vida te da sorpresas”, canta Rubén Blades (77), desde su Panamá natal, para que lo sepa la tan maltratada aldea global. Y –en esa línea de pensamiento– aún no tenemos fecha cierta de retorno al continente, aunque todo está listo para que lo hagamos junto con otras muchas personas que, cuando el Hércules C130 nos deposite en el aeropuerto de Río Grande, provincia argentina de Tierra del Fuego, unos 3.980 kilómetros al sur de mi querida Asunción, comenzarán a finalizar con “la invernada”, como llaman aquí al período de trabajo que desarrollan en el Continente Blanco.
Pero, claro, para que suceda primero deberá abrirse “la ventana meteorológica” que permita que el hijo de Zeus que nos habrá de transportar vuele con seguridad hasta el aeropuerto civil argentino de Marambio, descienda serenamente sobre su pista principal de unos 1.200 metros de largo por 35 de ancho y vuelva a ganar altura para llevarnos de regreso... Pero, para que eso ocurra, falta. ¿Cuánto? Simplemente, falta.
Desde hace un par de días, la nieve no cesa y se acumula –irremediablemente– sobre las pasarelas que vinculan los edificios que constituyen el complejo edilicio de la Base Aérea Militar Conjunta Vicecomodoro Marambio, en las ondulaciones del terreno y en todo recoveco posible.
Así es la vida aquí. En la isla Seymour. Frío y silencio profundo.
DESPEJE
Desde muy lejos, con binoculares –abrigados por el sistema de calefacción regulado en 18 grados– vemos al “responsable de mantener la pista” (un tipo joven, flaco, inquietísimo, siempre con buen humor y risa contagiosa) trabajar intensamente para sacar la nieve acumulada. Media docena de hombres lo acompañan con picos, palas y una máquina enorme.
“Señor, las cabeceras 05 y la 23 están totalmente operables”, reporta. Lo escuchamos en un transceptor que nos sorprende con su volumen en el máximo nivel. Aprendimos, cuando aterrizamos al llegar, que “la 05” está justo sobre el mar del Weddell, totalmente congelado y cubierto por enormes témpanos que derivan con movimientos imperceptibles para la vista humana.
Silencio abrumador. Una pantalla nos informa que la temperatura está clavada en menos 2 grados. La sensación térmica, menos 7,5. Una brisa que corre a 9 kilómetros por hora sopla desde el nordeste. La visibilidad es “muy baja”. Apenas 100 metros. Alrededor nuestro, algunos niños juegan al ping pong. Otros, al metegol. En torno de una mesa de billar, tres personas bromean.
Inesperadamente, hacen silencio. Claramente escuchamos cuando el taco pega sobre una bola blanca que lentamente choca contra una roja. Rebota en una de las bandas y finamente roza a otra que se introduce en la tronera. Tensiones billaristas. Pero el juego todavía no termina. Dos mujeres tienen sus ojos clavados en la pantalla en la que se exhiben los datos meteorológicos.
VOLVER A CASA
Percibo angustia o ansiedad en ellas. Alguien me dice que “es la esposa de (…) de la Base Esperanza”. Vuelven al continente después de la invernada. Unas pocas horas atrás –desde lejos– vimos cuando bajaron de los helicópteros que los trajeron desde ese asentamiento. Viajaron unos 80 kilómetros para llegar hasta donde estamos. Sabemos que la y los helicopteristas –los “skuas”, como los llaman a esos oficiales de la Fuerza Aérea, integrantes del componente aéreo de esta dotación conjunta– volaron ocho horas para “replegar” a las familias con sus equipajes.
Sabían que disponían de poco tiempo para completar la operación. Lo indicaban los pronósticos meteorológicos. Se esforzaron al máximo. Saben de qué se trata esperar la hora para volver a casa. Los trasladados hace un año vinieron en familia y están prestos para regresar en familia. Con sus hijos e hijas.
“A…, ¿cómo estás?”, dice a voz en cuello V., una profesora de educación física que llegó días atrás desde el mismo lugar. A corre, la abraza con fuerza. La profe lagrimea. El pibe no la suelta. A varios metros, un chiquitín de cuatro años irrumpe en la escena. Es –claramente– el más pequeño entre todos. Inquieto, lúcido, gracioso, charlatán.
“Me encanta la Base Marambio”, me dice cuando le pregunto cómo está. “Hola, señor”, me saluda uno de los que juega al ping pong. Me abraza. Son pibes y pibas muy sociables. Encantadores. “Ya arreglé todo con mi hermano para llegar a la casa de mi vieja de sorpresa”, escucho que una mujer joven le confidencia a Daniel mientras comparten una taza de café caliente.
CLIMA SOCIAL
“Pero si el vuelo se atrasa… no la podré sorprender porque mi hermano tiene que laburar”, piensa en voz alta. Ansiedad, angustia, deseos de llegar. Comprendemos. El clima social en Marambio cambió rotundamente. La chiquillada le suma bochinche. Es bueno. Reinas y reyes de la cocina apuran la cena. Desde ahora, cocinarán para poco más de un centenar. En los durísimos días de tormenta extrema pude comprender la importancia que tiene comer rico. Las horas parecen muy largas cuando no se puede salir porque el viento supera los 100 kilómetros en la hora y la térmica se acerca a menos 40 grados.
Los bizcochitos, libritos, rosquitas, tortas, budines y panes que prepara Motorcito –así lo apodan sus compañeros con afecto– serán inolvidables cuando algún día dejemos atrás “nuestra inesperada experiencia de vida antártica”, como acertadamente dice Daniel. Desde los enormes ventanales panorámicos cercanos al comedor –en el lugar que aquí desde muchos años llaman “el pub”– miramos nuevamente el mar de Weddell.
Lo que vemos impresiona. Más exactamente, avasalla. “En el verano, mediados de enero de cada año, una manada de ballenas y orcas se suelen instalar allí”, nos apunta alguien que percibe nuestro asombro. Sin embargo, por estos días focas, ballenas, orcas, cachalotes y pingüinos que habitan este ecosistema para alimentarse y aparearse no están cerca aún. Tampoco lejos, por cierto.
LA PINGÜINERA
De hecho –si nos permitieran hacerlo– caminaríamos sobre la nieve fresca poco más de tres kilómetros hasta “la pingüinera” para ver a los llamados de Adelia, en honor de Adela, la esposa del explorador francés Dumont D’Urville que en 1830 descubrió esa especie. Pero “los científicos” no dejan que se acerque nadie. No se puede ir hasta allí. Está prohibido para prevenir y evitar eventuales brotes de gripe aviar.
“No hay otra forma efectiva para impedir que esa enfermedad infecciosa vírica que ataca a las aves infecte a las especies autóctonas”, es la voz que insistentemente circula –como explicación– en estos lejanísimos parajes. Intentar saber más es imposible. “No estamos autorizados para hablar sobre nuestro trabajo”, responden incansables las y los científicos que silenciosamente trabajan en la Antártida.
Los motores de búsqueda en la internet y la IA (inteligencia artificial) ayudan para saber qué hacen. Aunque, como ellos y ellas nos dicen en reserva, “esos datos no siempre están totalmente verificados”. En las dos sobremesas que desde el pasado miércoles tuvimos con quienes recién llegaron desde Esperanza nos enteramos de que allí residen los pingüinos emperador que casi duplican en altura a los anteriores. “Y no están tan lejos”, agrega alguien a modo de comparación.
“Esperanza está a nivel del mar y eso permite que todos los bichos salgan del agua y se muevan cerca de nuestras casas. ¡El paisaje es muy diferente!”, agregan varias voces al unísono. Tal vez sea así. Marambio está sobre una meseta que –en algunos lugares– cae abruptamente unos 250 metros en un acantilado panorámico. La ventana meteorológica continúa cerrada. Habrá que esperar para volver.
Con Daniel caminamos sobre una extensa pasarela. El frío sacude. Los copos de nieve se posan sobre nosotros. “Ustedes ya son antárticos”, nos dice al pasar un militar que, con la que está cerca de finalizar, tiene en su legajo 12 permanencias en la Antártida. Nos detenemos para agradecerle. Nos regaló un mérito que nunca imaginamos.
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Cuando desde el hielo crece la calidez
- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
La Antártida es un territorio tan lejano y extraño como escasamente conocido. Veo caer la nieve que hace remolinos delante de las ventanas. No consigo hilvanar pensamientos ante lo desconocido que me arrolla.
El viento, desde el Polo Sur, sopla con fuerza. De a ratos –cuando supera los 90 kilómetros– parece rugir. Desde que nuestros relojes marcaron las 3 am el sol hace esfuerzos para superar las nubes sin ningún éxito. El cielo está plomizo. Desde el mar de Weddell –todavía congelado y con témpanos tan lentos como inquietos que se desplazan incansables– claramente se acerca un tipo de niebla a la que aquí se la menciona como “mar de nubes”.
La isla Seymour, donde nos encontramos, está doscientos metros más arriba que de espejo de aguas que en los veranos se muestran muy azules. “El clima no se estabiliza todavía”, dice un veterano que en pocos días más habrá de finalizar su tercera campaña antártica.
Con Daniel Bertagno, amigo y colega periodista, llegamos un puñado de días atrás. Desde entonces, la única calidez de la que disfrutamos es la humana. El clima sacude. Apremia. Estresa. El paisaje –para estos dos recién llegados– tiene solo dos matices cromáticos. El naranja de las construcciones y las ropas que nosotros también vestimos y el blanco de la nieve y el hielo que está por todas partes. Enorme contraste. En una ceremonia tan sencilla como breve recibimos nuestros certificados personales que acreditan nuestro “paso en la Base Antártica Marambio”.
En el clima humano es posible percibir agitación emocional y algún grado de ansiedad que alcanza por igual a quienes dejan este lugar después de invernar un año y quienes arribamos con los ojos bien abiertos. Hay abrazos entre muchos y muchas. Los cuatro potentísimos motores turbohélice Allison T56, del Hércules C130 TC64 que nos trajo hasta aquí, no se detienen desde que llegamos.
ATERRIZAJE IMPECABLE
El aterrizaje fue impecable. Se apresta para partir. Nos buscará dentro de 36 horas. La plataforma donde nos encontramos se despobló. Una nube de polvo saturada con piedritas pequeñas que las sentimos cuando golpean contra nuestras camperas nos envuelve. El hijo de Zeus se eleva en el cielo.
Como en las películas, desde la cabina de mando nos saludan a quienes quedamos en tierra. Respondemos. Damos la espalda a esa pista de aterrizaje que desde el 29 de octubre de 1969 opera ininterrumpidamente. Recorremos en silencio la “avenida Noemí Troche”. Alguien nos explica que “llamamos así a esta pasarela en homenaje a la meteoróloga que más sabe del clima en la Antártida, a donde llegó por primera vez hace poco más de 25 años desde Tandil”, corazón de la provincia de Buenos Aires.
El viento sopla como nunca lo percibí antes de este día. Alguien me dice que supera los 85 kilómetros en la hora. Ruge. La nieve se arremolina. Pega contra las ventanas. El mar del Weddell –de un momento para otro– ha desaparecido cubierto por una nube grisácea impenetrable. Los intentos para caminar por las pasarelas demandan esfuerzos. Daniel hace fotos. Captura momentos. Sugiere que regrese. Lo hago. Sentado en un viejo sillón ubicado en un espacio al que aquí llaman pub, con la vista nublada por la bruma que todo lo cubre, repaso las horas más recientes.
Unos 5.548 kilómetros al norte de este destino asombroso está mi querida Asunción con su calidez permanente. Un reporte climático que recibo en este minuto me dice que la sensación térmica llega a los -25 grados. El informe advierte que, en el exterior –si por alguna razón tuviera que abandonar este lugar– no debería exponerme por más de 80 minutos.
EXPOSICIÓN LETAL
Nada dice la advertencia sobre el después de ese tiempo. Todo permite pensar que puede ser letal. Las suposiciones me exceden. Permanezco en silencio. Decido que es tiempo de escuchas y percepciones. El ecosistema hace docencia en mí. Los recuerdos de corto plazo ganan espacio. Eran las 4:30 am cuando se inició este viaje.
El pasaje del enorme avión en el que viajábamos estaba en silencio profundo. Hombres y mujeres –mayoritariamente desconocidos entre sí– tal vez parecían estar profundamente comprometidos con el silencio. Solo hablaban –escasamente– los tripulantes. Alguien quiere saber si estamos todas y todos los viajeros. Se percibe excitación. Una llovizna pertinaz empapa la pista del aeropuerto de la ciudad de Río Grande, en el extremo norte de la provincia de Tierra del Fuego, esa enorme isla donde la Argentina continental queda al otro lado del estrecho de Magallanes.
El viento troca en presencia inevitable. Lentamente la nocturnidad de baja intensidad noviembreña se desvanece. La máquina mueve. El aeropuerto comienza a quedar atrás. La “nariz” de la enorme aeronave busca el mar. El Atlántico Sur se despliega majestuoso delante de los ojos de la tripulación que conoce cada vibración de la vieja estructura como los propios ruidos de sus cuerpos. Dormitamos hasta que alguien invita a pasar a la cabina de mando. Los dos pilotos, el navegante, el ingeniero de vuelo y el jefe de carga saludan sin permitirse que sus sentidos se relajen. La vista aérea es sorprendente.
Témpanos, aguas congeladas, hielos imponentes reflejan los rayos solares que fragmentan en gamas cromáticas definitivamente más eficientes que el Pantone. ¡Hermoso y sorprendente! Aterrizar en el aeródromo de la Base Aérea Militar Conjunta Vicecomodoro Marambio es un espectáculo muy fuerte. El comandante posó al hijo de Zeus y lo frenó en menos de 700 metros. Inolvidable.
UN TERRITORIO LEJANO Y EXTRAÑO
La Antártida es un territorio tan lejano y extraño como escasamente conocido. Las tareas de las y los científicos para que sepamos más de esta tierra sorprendente nunca parece terminar y, seguramente, siento que no habrá de finalizar. Caminar por sobre estos hielos que en esta época de cada año comienzan a descongelarse –en algunos lugares– torna difícil.
Por debajo del bellísimo paisaje níveo, blanco, radiante está el barro en el que los borceguíes se hunden irremediablemente. Casi... la vida misma, pienso y valga la paráfrasis. El ruido mayor que se percibe es el del silencio. Sacude. Estremece, por cierto. Después que el avión Hércules C130 TC 64 se va el tronar de sus cuatro motores queda entre nosotros. Entre quienes nos quedamos hasta que regrese para buscarnos y devolvernos al continente.
Con Bertagno miramos la partida con nuestros ojos clavados en el cielo. Como pibes mirábamos al viejo Hércules. Tal vez, supongo, así seguramente miramos aquel primer barrilete que, en mi caso, buscaba ese ventarrón para elevarse en el cielo (mi cielo) de la esquina de la plaza de Monroe y Ramsay en mi pueblo natal, el Bajo Belgrano, en Buenos Aires. Mi querido viejo, con frases cortas, sencillas, me enseñaba cómo hacerlo. Así me siento ahora.
Un puñado de brazos color naranja se alzaron hacia la tan vieja como poderosísima aeronave. Saludamos a sus tripulantes y pasajeros cuando nos sobrevolaron. Claramente vimos cuando nos respondieron. Comenzaron los saludos, las presentaciones. Tal vez hayamos estrechado más de sesenta manos. Y luego, las largas y distendidas charlas con gentes que atesoran experiencias de todo tipo.
RESERVA
Con quienes dialogo –para esta “Cierta historia incierta”– no tienen ni tendrán nombres. No los consignaré. Es un compromiso. Les di mi palabra de que así será. El mar de Weddell que momentos antes me deslumbró, desapareció. El viento ruge. El escenario cambia de un minuto para otro. El sol radiante que nos recibió también desaparece. La visibilidad es cero. Comienza a nevar. Veo caer la nieve que hace remolinos delante de las ventanas de las instalaciones. No consigo hilvanar pensamientos ante lo desconocido que me arrolla.
“Inocente... me has contado / Tu manera de sufrir... / Y no sabes que conozco / Cómo te gusta vivir... / Que no vuelves por las noches... / Que no llegas a dormir / Y no sabes que conozco... / Cómo te gusta vivir...”. Ivonne (Guzmán) me sorprende. La Delio Valdez ocupa todos los espacios.
Escucho que una cocinera que cada día prepara manjares para siete decenas de mujeres y hombres que habitan aquí tararea. En el gym quienes entrenan con las mancuernas, las pesas, la cinta... cambian el ritmo y, en algunos casos, cantan en voz baja. “Y una noche solo aparecerás... / Del otro lado de esa puerta / Queriendo suplicar que te perdone / Mirándome a los ojos... / Pidiendo una oportunidaaaaaad...”.
Las horas pasan velozmente. Un jefe aeronáutico se acerca. Con profunda seriedad nos mira e informa que “el Hércules que debía buscarlos mañana no llegará. Se averió. Un motor dejó de funcionar. No sabemos cuándo podrán volver para buscarlos”. Aquí, todo es repentino. Como la tormenta. Para la cena me siento junto a un rescatista. Muchos y muchas de quienes aquí se encuentran lo son. Entrenaron duro para ello. Se lanzan al mar desde helicópteros en vuelo, desde gomones. También son buzos.
La mesa facilita la charla distendida. “Aquí entendí mucho de lo que me contó un amigo que hace rescates en alta montaña. ¡Tiene casi 50 cumbres en el Aconcagua (el pico más elevado en la cordillera de los Andes con 6.961 metros en la provincia argentina de Mendoza) y allí está... siempre!”, dice.
CERCA DE LOS OTROS
Creo percibir que habla con él mismo más que conmigo. Lo escucho con profunda atención. “Siento que lo mío es estar cerca de los otros. De ayudar. No cambiaría este trabajo por ningún otro”. Es su primera vez en la Antártida. Se quedará para invernar. Dentro de una docena de meses, si el clima lo permite, otro ocupará su lugar aquí.
Miro una y otra vez el reloj. Son casi las 22. La luz natural que nos ilumina me confunde. Ayer –cuando el clima era apacible– el cielo, a esta misma hora, desde el oeste, todo lo coloreaba intensamente de un color naranja que viraba por momentos al rojo vivo. Una meteoróloga que viajó hacia aquí en el mismo avión que nosotros –cerca de las 24– me dijo que a las 22:03 se había puesto el sol.
DIURNIDAD
La diurnidad, pese a ello, no cede. Aviso a Arturo y a Paulo –mis jefes en La Nación– que “no sé cuándo regresaré”. No lo pueden creer. Bromean para levantarme el ánimo que –debo decirlo– para nada ha cambiado. ¡Esta aventura inesperada es tan fantástica como única! La sobremesa es extensa. El viento rugiente –omnipresente– hace que por momento podamos imaginar que somos protagonistas de una serie finlandesa.
Solo en Karppi pude ver e imaginar climas extremos como el que desde largas horas protagonizamos. Pero aquí no nos acompañan –afortunadamente– personajes tan particulares como los que con excelencia componen Pihla Viitala, Lauri Tilkanen, Jani Volanen y Tommi Korpela con tanto éxito en Netflix. No. Esto se parece mucho más a una enorme familia ensamblada cuyos miembros procuran empatizar. En alguna mesa juegan encarnizadamente al truco.
Un ex casco azul en varias misiones de paz de las Naciones Unidas recuerda momentos y situaciones muy particulares en Chipre y en otros escenarios que no mencionaré por el compromiso de preservación de la fuente asumido. “En esos lugares aprendí para siempre la importancia y el valor que tiene reconocer la condición humana para comprender qué hacemos, dónde lo hacemos, cuándo lo hacemos cuando cumplimos con nuestro trabajo”.
Comparto con mi interlocutor la misma sensación de sorpresa que alguna vez también tuve en el Líbano cuando vi que allí “toman mate como nosotros”, aunque “cada uno tiene el suyo y no lo comparte”. Notable, por cierto. Pero ese detalle es, justamente, lo que desde el inicio de 2010 pienso que hace muy diferente el sentido de esa práctica social en la Argentina.
Volvemos a preguntar por “la pingüinera”, como llaman aquí a un fragmento de tierra donde esas aves monógamas habitan. Un científico nos dice que “está a poco más de dos kilómetros y medio de aquí”, pero nos exhorta a “no ir a molestarlos... ni siquiera acercarse para que no se estresen”. El pingüino emperador es majestuoso.
HAZAÑA
La Antártida es noticia desde siempre. En 1901, una expedición sueca, a bordo del Antartic, a cargo del geólogo Otto Nordenskjöld, se lanzó a explorar el Continente Blanco. Pidieron ayuda alimentaria a la Argentina que gobernaba Julio Argentino Roca. El presidente accedió, pero –como contraprestación– embarcó en el Antartic al alférez José María Sobral. Desembarcaron en el Continente Blanco.
El sueco y el argentino instalaron un campamento en la isla Cerro Nevado. Permanecieron unos 18 meses. El buque debía recogerlos dos años después, pero se hundió entre los hielos. Los náufragos –como pudieron– sobrevivieron casi doce meses. El presidente Roca decidió auxiliarlos. Ordenó al capitán de navío Julián Irizar que comande a la corbeta Uruguay para rescatarlos. Lo hicieron el 8 de noviembre de 1903. Con botes pequeños los embarcaron en la corbeta. Irizar, con ellos a bordo, regresó al puerto de Buenos Aires, donde una multitud los vitoreó.
Los medios gráficos más importantes de entonces en Europa registraron y reportaron la hazaña con amplitud. Le Petit Parisien, Le Petit Journal, La Domenica del Corriere, entre otros, lo ubicaron en sus portadas. Los restos de uno de los botes que salvó tantas vidas se conservan en el Museo de la Base Marambio. Emociona verlo.
EL CESE DE LA TORMENTA
La tormenta pierde fuerza. Sin embargo, el viento sopla con fuerza desde el sudoeste a poco más de treinta y cinco kilómetros en la hora. El cielo tiende a despejarse. Dejó de nevar. Enormes montículos de hielo rodean las instalaciones. Hombres y mujeres en pocas horas más –con picos y palas– despejarán los accesos antes que el hielo endurezca. Se preparan para ello.
En el pub un capitán y un comodoro comparten con Daniel y conmigo café caliente. También algunas fotos con las que saturan las memorias de sus dispositivos. Nos regalan algunas. Una vista de la Vía Láctea. Otra de la luna que ilumina el gigantesco hangar donde se estacionan los helicópteros de rescate.
Con Daniel decidimos terminar con el encierro y aventurarnos a la intemperie. Aun arropados como “antárticos”, el viento frío nos sacude. No aguantamos más que unos pocos minutos. Solo el tiempo necesario para guardar una panorámica en la memoria del celu.