El último presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, uno de los artífices del fin de la Guerra Fría, cumplió este martes 90 años, que los celebró “en cuarentena” en un hospital debido a la pandemia, informó su portavoz a la AFP.
“Está en cuarentena en un hospital mientras dure la pandemia”, dijo a la AFP Vladimir Poliakov, portavoz de la Fundación Gorbachov. “Está cansado de todo esto, como todos nosotros”, agregó, refiriéndose a las restricciones en vigor debido al coronavirus.
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El exdirigente recibió mensajes de felicitaciones del mundo entero, entre ellos del presidente estadounidense Joe Biden, la canciller alemana, Angela Merkel y del jefe de Estado ruso Vladimir Putin.
“Usted pertenece a una pléyade de personas extraordinarias, de hombres de Estado notables de la era moderna que influenciaron de manera significativa el curso de la historia nacional y mundial”, dijo Putin, en un mensaje al exdirigente, con quien ha tenido severas diferencias.
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Gorbachov celebrará su cumpleaños con sus familiares y algún amigo, respetando las medidas de higiene y distancia necesarias y en muchos casos recurriendo a videoconferencias, según esta fuente.
El exdirigente sigue trabajando en el hospital, edita libros y artículos, según su portavoz. Gorbachov obtuvo en 1990 el premio Nobel de la Paz por “haber puesto fin pacíficamente a la Guerra Fría”.
Fuente: AFP.
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Chernóbil: las “dos guerras” de un ingeniero después de 40 años
Nikolái Soloviov libró su “primera guerra”, contra la radiación, en 1986 en la central nuclear de Chernóbil. Cuatro décadas más tarde, “la otra guerra”, esta vez contra la invasión rusa de Ucrania, le arrebató a un hijo. Este aficionado al rock duro conserva de su juventud el pelo largo, ahora canoso. La noche del peor accidente nuclear de la historia, el 26 de abril de 1986, Soloviov era “mecánico de turbinas” en la unidad 2, a unos cientos de metros del reactor 4, que explotó durante una prueba, cuenta con precisión a la AFP.
“Sentí como un terremoto. Las turbinas seguían girando, un ruido muy fuerte, y no oí la explosión”, describe este hombre corpulento de 67 años. Las alarmas sonaron. Entonces se dirigió hacia el reactor número 4. De camino se cruzó con un compañero irradiado que vomitaba, con otro que transportaban en una camilla y otro más desplomado sobre su ordenador, con la cabeza entre los brazos. Todos murieron poco después.
La magnitud de la catástrofe saltaba a la vista. Vio “el cielo” a través del agujero causado por la explosión. En los pasillos, torrentes de agua emanaban de las tuberías rotas. Los bomberos intervinieron en el reactor humeante. “No dejaron que el fuego se propagara”, cuenta Soloviov. Casi todos esos socorristas fallecieron, quemados por la radiación. Al amanecer habló con sus compañeros del tiempo que les quedaba de vida. “Dos semanas”, dijo uno. Entonces Nikolái Soloviov volvió a fumar: “un cigarro cubano”. Lo había dejado cinco meses antes, pero “mejor morir joven y guapo”, bromea ahora.
Ávidos de elogios
La mañana del 26 de abril de 1986, terminó su turno. El equipo de día tomó el relevo. Se fue en autobús a Pripiat, la ciudad donde se alojaban los empleados, a tres kilómetros de la central. En las calles, la gente seguía con su rutina. Lo único diferente eran los camiones que rociaban las aceras con un “detergente” espumoso. Al llegar a casa, le dijo a su mujer que se atrincherara.
Durante días, las autoridades soviéticas ocultaron la catástrofe que debilitó a la URSS más de lo que ya lo estaba. Nikolái Soloviov permaneció en la central durante la “liquidación”, la construcción del primer sarcófago y, posteriormente, del segundo, dañado en 2025 por un ataque con un dron ruso.
También estuvo en 1991 durante un grave incendio en la unidad 2. La central produjo electricidad hasta el año 2000 y desde entonces varios equipos trabajan en su interior para garantizar la seguridad. Soloviov se convirtió en ingeniero. Se quedó porque el trabajo era “interesante”, con salarios altos y “muchas vacaciones”.
En su opinión, la prueba de 1986 era “peligrosa”, pero la dirección insistió en llevarla a cabo para ganarse la simpatía de las autoridades soviéticas. Considera que “sólo la URSS” tenía los medios para llevar a cabo las operaciones de “liquidación”, en las que participaron cientos de miles de personas y otras tantas fueron evacuadas. Soloviov vio a decenas de conocidos suyos morir de cáncer.
De su equipo de noche, solo cuatro empleados, de un total de 22, siguen vivos. En 2005, un polémico informe de la ONU estimó en 4.000 el número de muertos confirmados o futuros en Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Un año más tarde la oenegé Greenpeace calculó que fallecieron 100.000 personas.
“Guerra atómica”
Nikolái estuvo expuesto a fuertes dosis de radiación. Atribuye su supervivencia a “su buena salud”, la práctica de deporte, su carácter sereno y sus genes. “Hay que dar gracias a Dios y a mis padres por haberme dado buenos genes”, declara. Vive en su casa de campo cerca de Slavútich, una ciudad fundada en 1986, a 120 km al norte de Kiev, para acoger a los desplazados. En el museo local dedicado a Chernóbil ahora se exponen restos de drones rusos derribados. “Eso es la otra guerra”, comenta Nikolái Soloviov.
En la plaza central de Slavútich habla de su primera guerra “atómica” contra el veneno invisible e inodoro de la radiación. “Aquí, la gente dice ‘antes o después de la guerra’ al referirse al 26 de abril de 1986. Y ahora se dice que ya estamos viviendo la segunda guerra de nuestra generación”, explica.
La noche del 23 al 24 de febrero de 2022 partió hacia la central. Nunca llegó porque los dos puentes que conducían a ella estaban destruidos. El ejército ruso tomó Chernóbil y la ocupó durante un mes. El hijo menor de Nikolái Soloviov se alistó en las fuerzas ucranianas. En septiembre de 2023 fue dado por desaparecido en el frente. Esta desgracia dejó a Soloviov sin fuerzas para trabajar y se jubiló.
Fuente: AFP.
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Mijaíl Gorbachov, el último líder de la URSS falleció a los 91 años
“Hoy por la noche (martes), tras una larga enfermedad grave, Mijaíl Sergeevich Gorbachov murió”, informó el Hospital Clínico Central (TSKB), citado por Interfax, TASS y RIA Novosti. Premio Nobel de la Paz en 1990 por su papel para poner fin a la confrontación entre Este y Oeste en el siglo pasado, Gorbachov pasó los últimos 20 años de su vida retirado de la política, aunque regularmente se hacía oír, preocupado por las nuevas tensiones con Washington.
A menudo instaba al Kremlin y a la Casa Blanca a dialogar y a ponerse de acuerdo para garantizar la seguridad mundial y reducir sus arsenales, como ya hizo en los años 1980 con el presidente estadounidense en aquel momento, Ronald Reagan.
Gorbachov era el último dirigente todavía con vida de la época de la Guerra Fría, un periodo que parece resonar actualmente desde la ofensiva del presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania, lanzada el 24 de febrero.
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Legado controvertido en Rusia
Antes de su fallecimiento, Gorbachov no habló en público sobre este conflicto. Estas últimas semanas, la prensa rusa había mencionado los problemas de salud recurrentes del exdirigente. Muy respetado en el extranjero, en muchas ocasiones recibió elogios de grandes personalidades de todo el mundo, como para sus 90 años, cuando el presidente estadounidense, Joe Biden, y la entonces canciller alemana Angela Merkel lo felicitaron.
En Rusia, en cambio, desde la desaparición de la URSS en 1991, era visto como una figura ambivalente. Aunque fue quien abrió el camino a la libertad de expresión, para muchos fue el responsable del fin de la superpotencia y de los terribles años de crisis económica que siguieron.
Cuando estuvo en el poder, entre 1985 et 1991, llevó a cabo importantes reformas democráticas, conocidas como la “perestroika” (reestructuración) y “glasnost” (transparencia), que le brindaron un gran reconocimiento en Occidente. En 1990, obtuvo el Premio Nobel de la Paz por “haber puesto fin pacíficamente a la Guerra Fría”.
Elogios internacionales
Fue ese legado el que más reconocieron los dirigentes internacionales tras enterarse de su muerte. Para el secretario general de la ONU, Gorbachov fue “un estadista único que cambió el curso de la historia” e “hizo más que cualquier otro individuo para lograr un final pacífico de la Guerra Fría”.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo destacó como un “líder digno de confianza y respetado” que “abrió el camino para una Europa libre”. Por su parte, el primer ministro británico, Boris Johnson, exaltó “su infatigable compromiso con la apertura de la sociedad soviética”.
El presidente francés, Emmanuel Macron, lo destacó como un “hombre de paz”, cuyo “compromiso” con cambió la historia” de Europa. En Moscú, el presidente ruso Vladimir Putin expresó “condolencias” por la muerte del exgobernante. Gorbachov también ordenó el fin de la desastrosa campaña militar soviética en Afganistán y dejó que el muro de Berlín cayera.
Los años que siguieron a la disolución de la URSS siguen siendo un trauma para muchos rusos que se vieron hundidos en la pobreza y confrontados al caos político y a una guerra brutal con Chechenia. Con la llegada al poder en 2000 de Putin, para quien la desaparición de la URSS es la “mayor catástrofe geopolítica” del siglo XX, el Estado se impone a la sociedad y hace regresar a la potencia rusa en la escena internacional.
Para Gorbachov, las relaciones con los nuevos líderes del Kremlin siempre fueron complejas, ya sea con el primer presidente ruso Boris Yeltsin, su enemigo acérrimo, o con Putin, a quien criticaba, pero veía como una oportunidad para un desarrollo estable en Rusia.
Tras un breve intento fallido de volver a la política en la década de 1990, Gorbachov se dedicó por completo a proyectos educativos y humanitarios. También fue uno de los primeros apoyos del principal periódico ruso de oposición, Novaya Gazeta. Nacido en el suroeste de Rusia en 1931, Mijaíl Gorbachov pasó parte de la pandemia de coronavirus en un hospital ruso, diciendo que, como muchos de sus compatriotas, estaba “cansado de todo”.
Fuente: AFP.
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Rusia realizó el lanzamiento de su tercer cohete espacial
Rusia realizó un tercer lanzamiento exitoso de su cohete espacial pesado Angara. Se trata del primero que desarrolló el país desde la caída de la Unión Soviética hace 30 años. El lunes la agencia espacial Roscosmos informó que el cohete de nueva generación Angara-A5 fue lanzado con una carga simulada desde Plesetsk, en el norte de Rusia.
Se trata del tercer ensayo exitoso de este cohete desde su viaje inaugural realizado en el 2014. “Roscosmos felicita a las fuerzas militares espaciales y al conjunto de la industria del espacio rusa”, indicó la agencia en un comunicado, indicando que el lanzamiento fue “exitoso”.
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Por su parte, el director de la agencia, Dmitri Rogozin, celebró el ensayo en Telegram con el mensaje: “¡Vamos, pequeño!”. El Ministerio de Defensa añadió que “todas las operaciones prelanzamiento y el lanzamiento del cohete Angara-A5 tuvieron lugar adecuadamente”.
Hay que señalar en ese contexto que el último despegue de este tipo de cohete fue en diciembre de 2020. Los cohetes Angara, bautizados en honor a un río siberiano que desemboca en el lago Baikal, son la primera familia de lanzaderas construida tras el colapso de la Unión Soviética.
Los cohetes fueron diseñados para reemplazar los Proton, que se remontan a la década de 1960, y sufrieron una serie de fallos en años recientes. El presidente Vladimir Putin confía en que estas nuevas lanzaderas reactiven la industria espacial rusa y reduzcan su dependencia de antiguas repúblicas soviéticas.
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Según señalan, los cohetes Angara son menos dañinos para el medio ambiente que sus predecesores porque están impulsados por oxígeno y keroseno en vez de heptilo, muy contaminante. El programa espacial ruso mandó al primer hombre al espacio en 1961 y lanzó el primer satélite cuatro años después.
Pero desde la caída de la Unión Soviética en 1991, se ha visto plagado de escándalos de corrupción y otros contratiempos, como la pérdida de costosas naves espaciales y satélites en años recientes.
Fuente: AFP.
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Laika, la perra callejera de Moscú que viajó al espacio exterior
Su gran resistencia a pruebas físicas, su buena adaptación al espacio reducido y una incomparable docilidad, le valieron a una pequeña perra callejera de raza mestiza y de aproximadamente dos años, ser elegida entre varias como ella para convertirse en el primer mamífero que viajó al espacio, un día como hoy, 3 de noviembre de 1957, hace 64 años.
Eran los primeros años de la desenfrenada carrera espacial en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y este último llevaba cierta ventaja y lo quería hacer saber a un mundo polarizado que se dividía entre dos sistemas políticos y económicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Una mestiza, la elegida
El programa espacial soviético no estaba aún listo para tomar el riesgo de enviar a un ser humano al espacio y tomaron la decisión de enviar a otras especies, y Laika fue, lastimosamente para ella, la elegida para ser la única tripulante del Sputnik 2.
El haber soportado climas extremos y hambre en las calles de Moscú, hizo que decenas de perros callejeros, en su mayoría de raza mestiza fueron recogidos para ser probados en los laboratorios soviéticos, siendo sometidos a pruebas de resistencia y adaptabilidad a las condiciones similares a las que tendrían durante el vuelo, en un duro y cruel entrenamiento.
La tarde del 3 de noviembre (hora de Moscú), el Sputnik 2 fue lanzado desde el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán. El objetivo de la misión era recoger datos sobre las constantes vitales de Laika para observar la reacción de un organismo vivo en una misión espacial, consigna el sitio de National Geographic.
El sacrificio de Laika no resultó de mucho interés para la opinión pública ni para los científicos de la época pero sí, lo fueron los datos que pudieron recoger de su corta travesía fuera del planeta.
La verdad de lo que sucedió con Laika recién se supo en el año 2002, cuando los científicos que participaron del proyecto se sinceraron con el mundo. La perra murió a las pocas horas del despegue a causa de un sobrecalentamiento del Sputnik 2 y no como oficialmente informaron los soviéticos en la década del 50, diciendo que Laika murió producto de una eutanasia que ya tenían preparada para ella apenas se iba acabando el oxígeno.
Una familia humana
De consuelo queda que los últimos días de vida de Laika, lo pudo disfrutar como todo perro quizás desea, con una familia humana rodeada de niños, con un hogar y cariño.
El científico Vladimir Yaronsky, jefe del programa espacial que enviaría a Laika al espacio conocía, sin dudas, el final que deparaba a Laika y dispuesto a hacerla disfrutar de sus últimos días de vida, la llevó a su casa para disfrutar de la compañía de su familia.
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El programa continuó
En abril de 1958, luego de permanecer cinco meses en el espacio, la nave soviética en su reingreso al planeta se quemó en la atmósfera y los soviéticos continuaron con el proyecto de enviar perros al espacio pero lograron traer con vida a todos los que siguieron a Laika salvo dos, quienes perecieron en un accidente de reingreso.
Casi tan popular como el astronauta soviético Yuri Gagarin, el primer ser humano que viajó al espacio, Laika es considerada un símbolo y una heroína y quien sin saberlo, daría su vida a la ciencia aeroespacial.