“Aburrido es sin vos”, son algunos de los comentarios que se leen en una de las últimas publicaciones de Instagram de la conductora de TV Malala Olitte. La exmodelo compartió días atrás unas instantáneas del programa “Tercer Tiempo” emitido por el Trece. Malala se tomó unas largas vacaciones y aún no ha vuelto a la conducción del programa humorístico.
Los fanáticos de la presentadora extrañan verla en pantalla, por lo mismo la figura compartió unos recuerdos del programa, con la descripción: “¿Volvemos? Tercer Tiempo, recuerdos”. En principio la presentadora del programa nocturno dijo en una transmisión en vivo de su perfil de Instagram que sus vacaciones finalizarían al terminar el mes de enero.
Pero ya pasaron más de 15 días del mes de febrero y la exmodelo aún no regresó a las pantallas del Trece, por lo mismo la publicación del recuerdo del programa fue muy popular en su perfil, sumando más de 6.000 “me gusta” y diversos comentarios reclamando su regreso a la TV paraguaya.
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“Si por favor volvé ya, la dupla de Malala y Danny es lo más”, “Desde que no estás no veo más el programa”, “Malala por favor volvé, fuiste de vacaciones nomas y ya no querés volver”, “Por Dios los días se me hacen eternos sin vos en Tercer Tiempo”, escribieron.
Quien también se hizo presente en la sección de comentarios, fue el novio de la presentadora de TV, el empresario Agustín Barreto, quien escribió: “No, así te quedas más tiempo conmigo”, en respuesta la exmodelo solo comentó unos emoticones a su pareja, con quien está públicamente desde el mes de junio del 2022.
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Bruno Olitte y su polémica idea de ganar dinero mostrando su cuerpo
En el pódcast “Madre Mía”, de la conductora de TV Malala Olitte, su hijo Bruno habló sobre la posibilidad de generar dinero mostrando su cuerpo. Durante el segundo episodio del nuevo podcast de Malala, el joven explicó que podría ganar más de 100 mil dólares e invertir en inmuebles y negocios.
“Yo me puedo sumar. Imagínate 1.000 personas por USD 100 (por suscripción) ¿Qué es lo que da? USD 100.000. Todo desde tu casa, acostado”, dijo Bruno, destacando el atractivo de ganar dinero por plataforma para adultos.
El exdeportista también mencionó cómo podría usar ese dinero para invertir en inmuebles y tener su propio gimnasio. Malala se mostró sorprendida y crítica ante la idea. “Me parece que no le veo la gracia. Mejor es trabajar como a nosotros nos gusta, porque así no te crié”, le dijo.
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¡Ni mudarse, ni casarse!
En el primer episodio del pódcast, Bruno también dejó claro que no planea casarse ni mudarse de la casa de Malala en el corto plazo. “Yo no me quiero casar”, aseguró Bruno.
“Yo me voy a casar el día que tenga mucha plata, y estamos lejos de eso”, agregó. Sobre su independencia, Bruno dijo que planea mudarse solo después de terminar su carrera universitaria. “Después de mi título tengo que buscar una casa. Para eso, quizá tenga que mudarme con mi novia, pero hoy por hoy no sé si lo haré o no”, concluyó.
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Bruno Olitte no tiene en sus planes casarse, ni mudarse de la casa de Malala
La conductora de TV y radio, Malala Olitte, estrenó el pódcast “Madre Mía” junto a su hijo Bruno Olitte, recientemente. En el primer episodio, el exdeportista confesó que no está en sus planes casarse, ni mudarse de la casa de su madre en el corto plazo.
Las declaraciones de Bruno llegan luego que su novia, Vane Nicole, advirtiera que si la relación no avanza a un compromiso matrimonial, la relación llegaría a su fin este 2026.
En el pódcast con su madre, el joven dijo: “Yo no me quiero casar”. La conductora de “Tercer Tiempo” rompió en carcajadas ante la respuesta de su hijo y afirmó no creer en sus palabras. “Yo me voy a casar el día que tenga mucha plata y estamos lejos de eso”, aseguró Bruno.
El exdeportista manifestó que en su futura vida matrimonial, su esposa será la encargada del orden del hogar. “Mi esposa va a tener que limpiar por mí, porque yo soy hombre”, aseguró. Este comentario generó el disgusto de Malala: “Yo no te eduque así, por el amor de Cristo”.
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“¿Cuánto te vas a ir de mi casa?”
Otro punto que tocaron en el primer episodio fue la mudanza de Bruno de la casa de Malala. “¿Legalmente cuanto te vas a ir de mi casa?“, preguntó la famosa. A lo que el joven replicó: ”Cuando Dios diga basta".
Luego Bruno señaló que se independizará una vez que termine su carrera universitaria y que actualmente se encuentra apenas en el primer año, pero que en 5 años planifica mudarse solo.
“Después de mi título tengo que buscar una casa, para buscar esa casa tengo que mudarme con mi novia, y hoy por hoy no estoy seguro de mudarme si o no con mi novia”, comentó Bruno.
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Volver de la Antártida
- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
El Hércules C130 TC 64 sobrevoló el aeródromo de Marambio lenta y pesadamente. Lo escuchamos claramente. No conseguimos verlo. Cerca de un centenar y medio de ojos lo buscaron en el cielo gris muy oscuro.
“Nubosidad baja”, desde un par de días atrás anuncian las plataformas meteorológicas globales. Pronóstico cumplido. La invisibilidad de aquella máquina transformó el ánimo colectivo. Pero no fue suficiente para abandonar la esperanza, aunque la misma expectativa construimos justamente un día atrás cuando un intento de regreso se frustró. Pienso en ayer.
Que fue tan raro como este hoy porque en ningún momento fue de noche. ¡Qué extraño es todo esto! Decir que es como “un atardecer permanente” –como poéticamente lo describe Juan Gómez, vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, jefe de la Base Marambio– no parece suficiente para bajar el telón de cada día. Los motores de la enorme aeronave vuelven a escucharse.
El rugido mecánico parece llegar desde el invisible Mar de Weddel oculto por debajo del “mar de nubes”, como aquí se llama a esta condición climática. Una vez más el centenar y medio de ojos se clavan en el cielo. Lo patrullan. Silencio. Parece eterno. “Allá viene... lo veo!”. Parece suspendido en el aire.
Una estela de humo negro se desprende de cada uno de sus motores. La imagen crece vertiginosamente. Casi a ras del piso sobrevuela los primeros 400 metros de la pista cubierta por una fina capa de hielo y unos 4 centímetros de nieve. En el mismo tiempo que se posa sus motores rebajan al máximo sus revoluciones.
El comandante lo deja correr hasta cerca de los 900 metros. Se detiene. Advierto que detrás de mí, bajo la Bandera, al pie del mástil que la sostiene y le permite flamear, un grupo de jóvenes que finalizan la “invernada” se empujan y revuelcan sobre la nieve como algunos años antes lo habrán hecho en el momento en que finalizaron sus viajes cuando egresaron de la secundaria. Los percibo alegres, aunque no me parece que esa presunta alegría sea por partir. Son y se sienten antárticos y antárticas.
La aeronave no se mueve. El comandante procura saber si puede girar y transitar sobre piso firme. Con cuidado extremo gira para llegar hasta donde se detendrá para que desciendan algunas personas y subamos otras. Debemos hacerlo con rapidez.
La compuerta trasera se abre. Nos acomodamos lo mejor posible en el interior de un avión carguero. Los motores continúan encendidos. Silencio profundo. Respiraciones lentas. Ritmos cardíacos acelerados y ruidosos. Las pibas y los pibes se recuestan (acurrucan) sobre sus mamis. Miro y me pregunto... ¿por qué los traen para invernar en la Antártida en familia?.
EN VUELO
Los cuatro motores turbohélices aceleran al mango. El fuselaje vibra intensamente. Los SKUAS (como apodan a la y los pilotos de helicópteros con los que almorcé y cené cada uno de mis días siempre diurnos en la Base Marambio) me enseñaron que “cuando el vuelo se inicia todo está chequeado varias veces”.
También me aseguraron que “en 800 metros” el avión ganará altura “para volver a casa”. Cierro los ojos. Daniel Bertagno –hermano amigo, colega periodista y académico– gran compañero de viaje me codea. Hace un par de selfies.
El comandante suelta los frenos. Por las pequeñas ventanillas solo se ve el gris oscuro del cielo. Se escucha claramente cuando el hielo en la pista se quiebra y vuela en pedazos. Algo de nieve, también. Silencio extremo. La nariz del Hércules C130 TC 64 le apunta de lleno al cielo. Comienza a ganar altura. Estable. Solemne. Épico.
El piberío estalla en ovación. Alguna mamá lagrimea. Un chiquilín de 11 años deja su lugar. Me invita a choca puñitos. “¿Lo voy a volver a ver señor?”, me pregunta mirándome fijamente. Creo que la Antártida, tal vez, comienza a quedar atrás. ¿Será así?
En las entrañas de Heracles (Hércules) hijo de Zeus –dios supremo de los dioses el Olimpo, senior del cielo, del trueno y la justicia, también llamado “Padre de dioses y hombres”– regresa el silencio. Los cuatro motores ronronean parejos. Adormezco. En alguna dimensión transito la Antigua Grecia. Valoro a Hércules. Lo asumo como un rescatista de altísima gama como los que seguramente impulsan a los que vi entrenando en Marambio con clima extremo.
Tengo la convicción de que el nieto de Cronos y Rea nos llevará hasta Río Grande, donde el 15 de noviembre comenzó esta misión académica que devino en aventura tan inesperada como inevitable. T
al vez de eso también se trate vivir. Hasta unas pocas horas atrás los interrogantes iban por otros senderos. ¿Con quiénes y dónde brindaremos en las medianoches del 24 y el 31 de diciembre próximos? Sé que muchos y muchas de aquellas y aquellos que nos vieron partir porque finalizaron sus invernadas todavía piensan en ello.
Gera Gómez –el YD (yanki delta, en código de la Organización de Aviación Civil Internacional-OASI)–, jefe del aeródromo Marambio, deberá esperar para desayunar con su hija en Córdoba, Argentina. La niña y su papá entristecerán. Otros muchos y muchas también tendrán que esperar.
Las proyecciones climáticas pronostican que “no serán posibles las operaciones aéreas” por varios días. ¡Qué bajón! Daniel me despierta. Poco más de tres horas estuve en situación de ausencia. Llueve cadenciosamente en Río Grande. Una brisa helada obliga a recordar la Antártida. Aun así, nos reciben calidez.
“Bienvenidos, antárticos”, nos dice el comodoro Rober Romero. Nos abraza y ofrece acompañarlo con café caliente recién hecho. Se agradece y disfruta. Todavía deberemos volar unos 3 mil kilómetros para llegar a El Palomar (un aeropuerto militar en los alrededores de Buenos Aires) a bordo de otro Hércules.
LOS REGRESOS
Los regresos –vaya a saber por qué– siempre me parecen mucho más largos que los viajes de ida. Volver, siempre es incierto. Vivir es un viaje de ida permanente. El profe don Édgar Morin –palabra más, palabra menos– suele reivindicar la incertidumbre como una suerte de motor vital. Lo pienso y re-pienso.
Llega Maximiliano Magiaterra, el comandante conjunto antártico a bordo de otro Hércules. Nos abraza después de recibir los honores protocolares que corresponden a su cargo y jerarquía militar. “¡Bienvenidos, antárticos!”, repite como momentos antes lo hiciera su camarada dirigiéndose a nosotros.
Nos despedimos con el compromiso de reunirnos para cenar “el año que viene”. De nuevo estamos en la panza del Hércules. Nos sorprende que avanza la nocturnidad. En treinta y cinco días cerca del Polo Sur nos desacostumbramos a la noche que sigue a cada día. Ganamos altura. Entrecierro los ojos. Vuelvo a la Antigua Grecia.
El hijo de Hipnos y Pasitea –corporizado– avanza sobre mí irremediablemente. Morfeo se me acerca. Me atrapa. No resisto. Sé que cuenta con el respaldo de los Oneiros que obedecían fielmente a su madre.
Tal vez hayan pasado casi cinco horas de vuelo suave. En el momento que bajé del TC 66, es noche cerrada. Puse mis ojos en el cielo. Después de 36 días volví a la nocturnidad. Caminamos juntos hasta un recinto desprovisto de toda comodidad. Solo lo justo. Austero. Militares –hombres y mujeres– compañeros de viaje y de muchos de nuestros 35 días en la Antártida esperan órdenes. Un niño de unos 11 años se me acerca.
“Lo voy a extrañar, señor”, me dice mientras me abraza con fuerza. Me hace lagrimear. No puedo pensar con claridad. Mucho para recordar. Mucho para procesar… Para revisar. En el Cabify viajo en silencio. Mañana temprano avisaré a La Nación que estoy de regreso.
Es tarde. Cerca del mediodía más próximo volaré a nuestra casa... Hoy hace ocho días que regresé. La inmanencia antártica me invade. Las noches me quedan largas. Muy largas. No consigo dormir con continuidad. Con cada insomnio los recuerdos recientes me atropellan. Las consultas médicas, varias, solo tienen una respuesta coincidente. “Síndrome posantártico”, diagnostican. Es demoledor. Cansa. Confunde. Agobia.
Tengo la convicción y la necesidad de llamar a mi querido amigo-hermano, colega periodista y maestro Augusto dos Santos. Debo advertirle que muchas de las respuestas que le di cuando me entrevistó a distancia para “Expresso” no fueron las más adecuadas. Carecieron de precisión. Vestir de antártico como lo estaba entonces no fue suficiente para contestar con suficiencia.
No pocas veces la ignorancia nos induce a creer que sabemos de aquello que desconocemos. También quiero que sepa que hasta el pasado 15 de noviembre –cuando llegué a la Antártida– aquel continente para mí era un sueño más entre muchos que, como tantos otros, ya lo tenía en el largo listado de los incumplidos.
Por esa razón, querido Augusto, siento que antes de responderte debiera haberte advertido que como dicen que alguna vez dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Es posible también que Woody nunca lo haya dicho. Pese a todo, para este caso siento que con esa frase podría haber respondido a todas tus preguntas cuando quisiste saber qué hacía allí. Espero sepas comprender que, como vos y tu curiosidad natural devenida en oficio, tampoco lo tenía claro.
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Fiestas de fin de año: llaman a respetar límites de velocidad y medidas preventivas
La Patrulla Caminera instó a extremar la conducción responsable durante las fiestas de fin de año, ante el aumento del tránsito en rutas y ciudades. Respetar los límites de velocidad, mantener distancia y conducir con precaución, especialmente con lluvias, es clave para prevenir siniestros viales.
Con la llegada de las fiestas de fin de año y el aumento del tránsito en rutas y ciudades, la Dirección Nacional de Patrulla Caminera, dependiente del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones, instó a los conductores a extremar las medidas de precaución y adoptar una conducción responsable, a fin de prevenir siniestros viales y evitar tragedias durante los desplazamientos.
El inspector principal Andrés Benítez subrayó que uno de los aspectos centrales de la conducción preventiva es mantener una distancia prudente con el vehículo que circula adelante, además de señalizar correctamente cada maniobra.
Explicó que conservar un espacio adecuado permite reaccionar a tiempo ante cualquier imprevisto, especialmente en pendientes y en tramos de alta circulación.
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Otro punto fundamental señalado por la Patrulla Caminera es el respeto a los límites de velocidad, establecidos para reducir el riesgo de accidentes. Benítez recordó que la velocidad máxima permitida en el país es de 110 kilómetros por hora, y que su cumplimiento depende de la conciencia y responsabilidad de cada conductor.
En ese sentido, precisó que en zonas urbanas la velocidad máxima es de 50 km/h para vehículos livianos y de 40 km/h para vehículos de gran porte. En zonas rurales, el límite es de 90 km/h para vehículos grandes, mientras que los vehículos livianos pueden circular hasta 110 km/h en tramos habilitados y sin concurrencia.
La Patrulla Caminera también pidió especial atención ante las condiciones climáticas adversas, como lluvias o tormentas, pronosticadas por la Dirección de Meteorología. Estas situaciones reducen la visibilidad y la adherencia de los neumáticos al pavimento, por lo que se recomienda disminuir la velocidad y, de ser necesario, detenerse en un lugar seguro hasta que el clima mejore.
Finalmente, la institución recordó que la conducción responsable durante las fiestas es un compromiso con toda la comunidad. Actuar con prudencia, paciencia y respeto a las normas de tránsito no solo protege al conductor, sino que preserva vidas y contribuye a un desplazamiento seguro para todos los usuarios de la vía.