- Óscar Bogado Rolón
- Fotos: Gentileza
Los mensú, apócope de mensualeros, eran los empleados de las empresas extractoras de yerba mate y eran llamados así por la periodicidad de la remuneración que recibían. También se los conocía como mineros. De ahí el título del poema de Teodoro S. Mongelós “Minero sapukái”.
En 1908, Rafael Barrett denunciaba con vigor en su libelo titulado “Lo que son los yerbales” la inicua explotación y penurias de los mensú. Al sitio de la explotación yerbatera lo denominaban mina y al peón, minero.
“La Cámara de Apelación paraguaya –dice Barrett– ha opinado que el yerbal es una mina. Esta designación terrible es más elocuente que todo. “Sí: hay minas al aire y a la luz del sol. El hombre desaparece sepultado bajo la codicia del hombre”.
Los mensú eran reclutados en distintos pueblos del país y regiones vecinas. Se les adelantaba una suma determinada de dinero, que atizaba el interés del desgraciado, a quien hacían firmar un contrato ante el juez de Paz de esa comunidad, lo que constituía, sin exagerar, una verdadera condena a muerte.
Entre las leoninas condiciones estaba la de no abandonar el obraje mientras existan deudas con la empresa (el adelanto devengaba intereses usurarios). Además, como tenían que proveerse de alimentos y ropas de la misma empresa que los contrataba a precios excesivos que no se compadecían de la pésima calidad de los productos, terminaban endeudándose cada vez más, pues el magro ingreso no alcanzaba a cubrir siquiera sus costos de subsistencia.
DURAS CONDICIONES
Como jamás terminaban de pagar sus deudas, nunca podían librarse de ese yugo, de cargar fardos enormes, de hasta ochenta kilos, por la inmensidad de la selva que los devoraba, de soportar los azotes del capataz, las enfermedades, la fatiga y el mal sueño a causa de la humedad, los mosquitos y las serpientes que flagelaban el miserable campamento donde eran hacinados estos despojos humanos. Miles han muerto con padecimientos que hoy son difíciles de dimensionar.
Los que escapaban eran cazados como presas y devueltos a su presidio, cuando no asesinados impunemente. ¿Qué esperanza tenían de escapar unos hombres sin fuerza, enfermos, casi sin vida? En la interminable selva nadie los ayudaría y un intento fallido de fuga era duramente expiado. Por eso la mayoría se resignaba a pasar sus dolorosos días en la mina, de donde miles no han vuelto jamás.
En la práctica la encomienda seguía vigente, pues estas arcaicas técnicas de producción yerbatera tienen en efecto origen colonial, periodos en el que los indios fueron diezmados a causa de esa labor, que constituía una de las actividades económicas principales del Paraguay.
GRITOS MUSICALES
En “Minero sapukái”, Teodoro S. Mongelós describe ese suplicio estoico de los mensú, quienes con gritos de aparente euforia buscan disipar las interminables horas de trabajo: “Ayvu ha ãhóme anga ogueroja barbacuágui mborovire” [con suspiros y ruidosamente se transportan del horno las hojas de yerba que han sido cocidas].
El barbacuá es un horno rudimentario de ladrillos y tierra roja, abundante en la zona, donde se cuecen las hojas de la yerba mate, traídas hasta ahí en pesados fardos sobre las espaldas desnudas del mensú, recorriendo varios kilómetros.
Estas hojas secadas y cocidas en dicho horno eran luego desmenuzadas en una especie de molino denominado cancheadora. Las hojas luego de triturarse pasaban a llamarse mborovire, que es el producto semielaborado. Por último, se traslada el mborovire al depósito para su estacionamiento.
Como los esclavos de las plantaciones de algodón, en los quebrachales, en los ingenios azucareros o en los bosques de extracción de caucho, los mineros tratan de sobrellevar ese castigo no con el desahogo del llanto, sino a gritos, con variados y musicales gritos, canciones en guaraní o simplemente entonando sonidos sin significación alguna, pero con mucha fuerza vital: “Sapukái ñahendu opaichagua ha purahéi avañe’ê” [se escuchan gritos diversos y canciones en guaraní].
Todo el poema se centra en el alivio ruidoso de los mensú, cuyas exclamaciones se pierden en la selva y rompen el silencio: “Kane’õ ára puku, ku ayvúpe ombohasa [la fatiga del largo día es disipada con el bullicio]”. Quizás haya sido una manera de no pensar, de evadirse de falsas ilusiones y abandonarse a los caprichos del destino.
SORNA
Al final de la tercera estrofa del poema, Teodoro desliza una ironía: “Ka’atygua nomomba’éi ro’y, noñandúiri pe kane’ô” [los peones de la selva no acusan el frío, no sienten cansancio]. Mal vestidos como estaban, con harapos, recibían de lleno los rayos de nuestro inclemente sol subtropical tanto como el cortante viento de las riberas del Paraná, que tajeaban la piel; pero, para soportar catorce o dieciséis horas de trabajo, poco ayudaba quejarse. Se les hacía cuesta arriba la jornada y había que quitar fuerzas de cualquier cosa o de lo único que tenían, su aliento. El grito que, compartido, era una forma de solidaridad, de socorro.
La jornada en la selva es larga y la hacen más larga aún los padecimientos repetidos. “Hi’arikuéra opáva kuarahy, ha ayvúpe omba’apo” [el sol se pone tras sus espaldas mientras ruidosamente siguen trabajando].
La musicalidad de “Minero sapukái” se extiende hasta sus últimos versos, que son los más sublimes: “Sapukáipe ñaimo’ã hi’âhóva mombyry” (pareciera que al gritar arrojan un suspiro a lo lejos).
El poeta aporta una metáfora preciosa en la que el suspiro se transforma en grito que se arroja, que se aleja del cuerpo extenuado y del alma oprimida, como una forma de rechazar o disolver todo el dolor que les invade y exhalar así las obstinadas penas y, finalmente, buscar también de esa manera la libertad, que saben y sienten cada vez más distante.