Por Julio de Torres, actor, dramaturgo, ilustrador, músico, sociólogo, investigador, docente

Una reflexión sobre “Vientos de verano”, de Daniel Gómez, una obra estrenada el año pasado, bajo la mirada de un especialista.

La pandemia desnudó potenciales debilidades del sector artístico. En términos de precarización, el sector teatral lleva la delantera. Cuando el rigor de las restricciones sanitarias anuló las actividades teatrales, la naturaleza de lo presencial quedó enrarecida y, con ella, el convivio que suscita la espectacularidad de la obra teatral. Si bien la labor teatral se patenta a través de la presentación desde la lente del espectador, del público, poca atención se ha prestado, y se sigue prestando, a la labor teatral no escénica. Esta es una oportunidad para reflexionar sobre “Vientos de verano”, de Daniel Gómez, estrenada el año pasado, y la importancia no solo de la creación dramática escrita, sino de su publicación.

Ámbitos como la investigación teatral y la escritura dramática son rara avis del quehacer teatral local. Ambas son poco exploradas e, incluso, fomentadas por las instituciones educativas que forman futuros hacedores del teatro. Sin embargo, las excepciones se hacen notar y, aunque una golondrina no hace primavera, alumbran el camino de lo que podría ser una labor en procesos de consolidación. 

La escritura dramática local está hoy representada por pocas figuras. No obstante, desde la dimensión literaria, aún se echa en falta el documento escrito, la publicación. Justamente, el eslogan de una editorial española reza “el teatro también se lee”. Labor fecunda y necesaria que habla de lo que debería ser la tradición literaria de un país, la dramaturgia paraguaya, aún buscando un lenguaje propio, se asoma en el horizonte. 

Si las instituciones educativas y culturales no fomentan la escritura dramática, mucho menos lo harán los elencos, agrupaciones y salas que apuestan poco por la creación nacional. Sin embargo, la tarea ni siquiera aún ha comenzado por lo básico: la lectura. En esta materia, ganan el ensayo histórico, la narrativa y la poesía. En el furgón de cola de ese tren de intereses de los lectores se encuentra el teatro escrito. 

FICHA TÉCNICA:

Producción general: Ciudad Teatro

Asistencia de dirección: Marcos Moreno

Asistencia de producción: Karina Sánchez y Jorge Fernández

Prensa y difusión: Stefy Ramírez

Fotografía y video: Maik Flaming

Escenografía: Claudio Toledo (†)

DRAMATURGIA EN PARAGUAY

En Paraguay escasea la dramaturgia, pero, aún más, la publicación dramatúrgica. En octubre del 2019 se estrenó “Vientos de verano”, comedia dramática de Daniel Gómez, en la Sala Molière de la Alianza Francesa de Asunción. Habiendo contado con la participación de los/as actores/actrices Antonella Saldívar, Gustavo Ilutovich, Teresa González Meyer, Ana Banks, Jorge Uriarte y Jeanine Llanes, y dirigida por el mismo autor, la obra constituye una excepción en dramaturgia publicada, además de su escenificación como creación local.

La actriz Luna Brown (Antonella Saldívar) se refugia en un hogar geriátrico donde se le presenta la oportunidad para honrar la memoria de su madre. El autor de la obra descarga en el personaje de Luna la posibilidad de una ruptura donde recursos metateatrales como la autorreferencialidad del quehacer actoral se patenta a través de denuncias de la protagonista en el primer monólogo: “¿Acaso piensan que es mi primera película? Hice publicidad antes”. Suena gracioso, un rato, tanto como la frase de la Calduch, personaje interpretado por Ana María Barbany, en la serie catalana Merlí: “Beckett, Miller, Brecht, y pasas a la historia por un anuncio de paté”. El carácter reflexivo de ambas intervenciones dramáticas denuncia con sutil irreverencia la situación del actor y de la actriz, solo que, en el primer caso, Luna pone en el mismo estatus a la publicidad y a la cinematografía. Ello, entre otras cosas, evidencia las aspiraciones del profesional –y del estudiante– de la actuación que no tiene trabajo frecuente en el cine por el poco fomento de esta industria. 

En palabras de Carlos Arturo Arboleda (1991, citado en Gray, 2011), este tipo de “tematizaciones” o “formas de conciencia momentáneas dentro del drama” compone, entre otros recursos, un espacio de autorreflexión del que ya nos dio lecciones notables Miguel de Cervantes en “El Quijote”. Poco frecuente en Paraguay, el recurso metateatral, que permite que la labor teatral reflexione sobre sí misma, se hace cada vez más necesario.

El paso del tiempo es inminente. Cruel para muchos, necesario para algunos y oportuno para el pequeño resto. Para Luna es cruel, pues le jugó una mala pasada. A eso se suma la rutina del trabajo que le hizo olvidar a sus seres queridos. Cuando se dio cuenta, ya era tarde. De lo que no se dio cuenta es de sus potenciales defectos como actriz y persona, descritos por Agustín Núñez en el prólogo del libro de Gómez (2019): “la vanidad, el orgullo, el exagerado histrionismo y la falsa humildad son apenas ingredientes a los que Luna recurre para ocultar así un mundo de carencias y soledades” (p. 6). Esta descripción que, con seguridad, refleja situaciones de la vida real, denota un momento reflexivo transversal a toda la obra y que no se concentra solo en el monólogo inicial de Luna. Su actitud la arrastrará a lo largo de toda la trama, con cambios esperanzadores, necesarios y positivos hasta el momento cumbre. 

La obra hace mella en la permanencia en el tiempo y reivindica el ser hacia la muerte, realidad que sugiere el geriátrico donde se desarrolla la acción. Tanto la muerte de la madre de Nina (o Luna) referida en la trama, la muerte en escena del pececito Merengue y la muerte que de por sí insinúa la situación de la mal llamada tercera edad configuran momentos potentes de reflexión sobre el acaso último estadio de la vida, etapa cerrada a oportunidades que la desidia de los familiares inescrupulosos niega a sus adultos mayores. 

La visualización con énfasis en el color amarillo que, haciendo frente a tabúes ridículos (prohibición de usar ese color en la escena), resalta una escenografía dentro de todo realista y le otorga un brillo sugerente. Los personajes, cada uno con sus particularidades, van tejiendo universos por los que transita la empresa personal de Nina (o Luna). Los momentos cómicos que rozan lo histriónico suelen estar cargados de ironía y eso hace parte de objetivos como la crítica social, el enjuiciamiento al autoritarismo y la reflexión cruda sobre la fuerza del destino que depara injustamente a los adultos. Esta última es digna de mención, pues en el marco de la emergencia sanitaria por covid-19 los adultos mayores son blanco de medidas severas, en algunos casos discriminatorios, por ser considerados “un sector de alto riesgo”. 

La función de “Vientos de verano” esperó al público con la venta de las publicaciones de su texto escénico, cosa que hay que aplaudir. Y quiero reparar en ello. Más allá de la literariedad de la obra suscitada por la publicación y la clasificación del teatro como género literario, considerado como “dramático”, esta goza también de teatralidad, naturaleza de todo texto preparado para la representación. Y hago hincapié en que eso se nota más cuando al autor no le es ajeno el lenguaje teatral porque viene del mundo del teatro, se ha desarrollado en él o ha consumido teatro. Esta cualidad no se da, sin embargo, en otros casos –locales– donde la teatralidad está ausente, más allá de que la obra pertenezca a un autor con “buena pluma” y la teatralidad deba ser forjada y/o forzada por un director de escena con experiencia que le conceda la espectacularidad necesaria. Ese, afortunadamente, no es el caso de “Vientos de verano” y su autor, pues la noción de teatralidad está presente por encima de la básica literariedad. 

Es probable que la intromisión en el teatro de personas ajenas al teatro obedezca a egocéntricas pretensiones. Es oportuno mencionar aquí a Mauricio Kartun (2013), que dice: “Hay mucha gente que hace teatro, pero hay pocos actores; hay mucha gente que escribe teatro, pero pocos son dramaturgos”. El club de los dramaturgos, esos que practican un “oficio que se está perdiendo” y que tienen la mínima noción del concepto del personaje, que piensan palabras desde la movilidad del cuerpo, la acción, y no desde las ideas (Ídem, 2013) debe ser celebrado por nosotros; hoy, sobre todo, en pro de más investigación y más creación dramatúrgica. 

REFERENCIAS: 

Gómez, Daniel (2019) Vientos de verano. Asunción: Editorial Arandurá 

Gray, María. (2011) El concepto de metateatro en Claves y estrategias metateatrales. Una propuesta para el estudio y práctica del metateatro en la contemporaneidad (pp. 35-46) Madrid: Ogrelo Producciones 

Kartun, M. (2013) en Lauricella, V. (productora) y Crexell, H., Salerno, M. (directores). (2013) Kartun, el año de Salomé [documental]. Argentina: Pequeña Productora 

Montánchez, A. (productor) y Lozano, H., Cortés. E., Fité. M. (directores). (2015). Merlí [serie de televisión]. España: Nova Veranda



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