El llamado “Fuego de San Antonio”, conocido médicamente como herpes zóster, es una enfermedad que puede irrumpir de forma inesperada, incluso años después de haber padecido varicela. Detrás de sus dolorosas lesiones cutáneas se encuentra la reactivación del virus varicela-zóster, que permanece en estado latente en el organismo tras la infección inicial.

La patología suele manifestarse con vesículas agrupadas y dolor intenso, generalmente en un solo lado del cuerpo, siguiendo el trayecto de un nervio. Aunque no se transmite como herpes zóster en sí, el líquido de las ampollas puede contagiar el virus a personas no inmunizadas, provocando varicela.

Desde el Servicio de Infectología del Hospital Central del IPS, la especialista Rocío Olmedo advierte que el virus puede reactivarse en contextos de inmunodepresión, siendo más frecuente en mayores de 50 años o en personas con defensas bajas. “Son los grupos más vulnerables, y requieren especial atención ante los primeros síntomas”, explica.

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Uno de los puntos críticos es el tiempo. El tratamiento debe iniciarse en las primeras 72 horas desde la aparición de las lesiones para reducir el riesgo de complicaciones. Entre los fármacos más utilizados se encuentran antivirales como aciclovir o valaciclovir, siempre bajo indicación médica.

El objetivo no es solo controlar la infección, sino también prevenir una de sus secuelas más frecuentes: la neuralgia postherpética, un dolor persistente que puede prolongarse durante meses o incluso años, afectando significativamente la calidad de vida. Para su manejo, se recurre desde analgésicos comunes como ibuprofeno hasta medicamentos específicos para el dolor neuropático, como pregabalina.

Aunque en la mayoría de los casos evoluciona sin mayores complicaciones, el herpes zóster puede, en situaciones poco frecuentes, derivar en cuadros más graves, como afecciones del sistema nervioso central, incluyendo la encefalitis. Por ello, el diagnóstico precoz es determinante.

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El mensaje de los especialistas es claro: ante la aparición de vesículas dolorosas o ardor localizado en la piel, no se debe esperar. La consulta inmediata permite iniciar el tratamiento a tiempo y reducir riesgos. Incluso sin turno previo, los servicios de salud están preparados para atender estos casos con la urgencia que requieren.

En una enfermedad donde el tiempo marca la diferencia, reconocer las señales tempranas puede ser la clave para evitar consecuencias duraderas.

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