Para mí, el horror no empezó con los titulares ni con las sirenas en las noticias. Tuvo un rostro, un nombre y una promesa pendiente.

A David Schvartzman lo conocí en 2017, caminando entre los cultivos de Kfar Aza, a solo 2 kilómetros de la Franja de Gaza, en el sur de Israel.

Era consultor agrícola. Un paraguayo que, siendo joven, decidió cruzar el océano para echar raíces en ese país. Aun así, en su voz y en su trato conservaba intacta esa calidez tan nuestra.

Durante los ataques con cohetes desde Gaza en mayo de 2021, David fue mi contacto, mi guía y mi voz en la zona. Nos unía el trabajo, pero sobre todo una camaradería sincera. Más de una vez, entre reporte y reporte, nos prometimos encontrarnos en Paraguay cuando él viniera de visita. El plan era simple y profundamente humano: sentarnos a compartir un asado y hablar de la vida lejos del ruido de la guerra.

Esa promesa se rompió la mañana del 7 de octubre. La casa de David quedaba casi a la entrada del kibutz, justo en la primera línea por donde irrumpió la violencia. Él y su esposa, Orly, fueron posiblemente las primeras víctimas. Cuando los terroristas palestinos cruzaron la puerta de Kfar Aza, se ensañaron con un hombre bueno, un profesional entregado a la tierra, un compatriota que solo buscaba la paz de su hogar. Y lo más doloroso: era una de las voces más firmes en pedir que se ampliaran los permisos de trabajo para los gazatíes.

Meses después, caminar entre las ruinas de Kfar Aza y mirar lo que quedó de esas casas es toparse con un silencio que quema.

Masacre en la guardería

Llegué al kibutz Be’eri el 20 de octubre de 2023. Ni siquiera habían pasado dos semanas desde que el infierno se desató en esa zona. Los cuerpos de las víctimas ya habían sido retirados, con la prisa dolorosa del luto, pero el paisaje seguía intacto: paredes calcinadas, impactos de bala y de mortero agujereando la memoria de los hogares, y manchas de sangre que la tierra todavía se negaba a absorber.

Hay momentos en que lo que ven tus ojos es tan abrumador que algo por dentro se rompe para siempre. Allí, parado en medio del horror de Be’eri, confieso que perdí el miedo a la muerte. Cuando la magnitud de la tragedia te rodea así, el instinto de supervivencia se apaga y solo queda una parálisis del alma, una quietud dolorosa frente a la crueldad infinita.

“En Be’eri se puede oír el llanto de Dios”, dijo en voz baja, pero con dolor, el mayor Roni Kaplan, quien me acompañaba en el recorrido.

El punto más oscuro de esa visita fue la guardería del kibutz. Ese espacio que días antes respiraba risas, canciones y lápices de colores. El lugar que siete niños vieron como su refugio natural cuando oyeron las detonaciones. En su inocencia, corrieron a esconderse en el rincón donde pasaban sus días, el sitio que asociaban con el juego, la seguridad y el cuidado de sus maestros.

No hubo piedad. Los terroristas convirtieron ese santuario de la infancia en una trampa mortal y ejecutaron allí mismo a los siete pequeños.

Cerca de la entrada, entre el polvo y los escombros, mis ojos se detuvieron en una imagen que jamás podré borrar: un par de zapatillas de niño pequeño, tiradas en el suelo, sin dueño. Diminutas, de un modelo dolorosamente parecido al que usaba mi propio hijo cuando tenía dos o tres años.

Ver ese calzado abandonado no fue solo registrar un dato de la masacre. Me vi a mí mismo en esos padres. Vi los pasos interrumpidos de una criatura que horas antes corría hacia sus juguetes. Las zapatillas quedaron ahí, mudas, como el testimonio más cruel de vidas cortadas antes de poder florecer.

A tres años de la masacre, la memoria es el único refugio invencible que nos queda cuando la crueldad intenta borrar vidas. Benditas sean sus memorias.

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