• Por Arturo Peña Villaalta
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El 2000 fue un año de memorables estrenos en el cine, entre ellos “Naúfrago”, dirigida por Robert Zemeckis, con la gran actuación protagónica de Tom Hanks. Relata la experiencia vivida por Chuck Noland (Hanks), ejecutivo de una reconocida empresa de transporte cuyo vuelo sufre un desperfecto y cae en alguna parte del Pacífico. En una balsa salvavidas el hombre logra llegar hasta una isla desierta, junto con algunos restos y paquetes del avión caído. Es el único sobreviviente.

Buscando elementos y cosas que le sirvan, empieza a revolver entre los despojos y allí encuentra algo que se volverá esencial para su sobrevivencia: una pelota de vóley.

Tratando de hacer fuego, Chuck se hace una herida en la mano. Furioso reacciona y golpea la pelota dejándole una marca de sangre parecida a un rostro. Desde ese momento, el balón pasa a ser Wilson, un compañero imaginario que lo salvará de colapsar mentalmente ante la soledad de la isla. Wilson se vuelve coprotagonista de la película en un genial giro del guion de William Broyles y gracias a la maestría de Zemeckis.

Tras cuatro años de dura supervivencia, Chuck decide que debe dejar el lugar y arriesgar su vida para salvarla. Arma una precaria balsa con palos y restos del avión y junto con su amigo esférico se lanza al mar abierto en busca del milagro. Días después es hallado por un buque comercial, flotando casi muerto en su balsa destrozada por una tormenta, pero ya sin Wilson.

Para el guion de “Náufrago”, Broyle se había inspirado en otras historias similares de supervivencia extrema, incluso llegó a aislarse en una isla para tratar de vivir en carne propia la experiencia. Una de sus fuentes fue en la novela “Robinson Crusoe”, escrita en 1719 por Daniel Defoe. Crusoe, un joven aventurero, naufraga en un barco y logra llegar a una isla aparentemente desierta. Pero un día se encuentra con un nativo al que llama Viernes (el día que se encontraron) y con él genera una amistad que se extiende gran parte de los 28 años que pasan hasta que Crusoe es rescatado.

“Náufrago” había alcanzado gran éxito a nivel mundial y fue imposible en esa época no relacionarla con un suceso que ocurrió apenas tres años después de su estreno. El 17 de julio de 2003, un marinero australiano llamado Tim Shaddock ocupaba el centro de las noticias a nivel internacional. Había sido hallado tras permanecer casi tres meses a la deriva en el océano, en una balsa, acompañado por su perra, Bella. Aquel refrán de “el perro es el mejor amigo de hombre” volvía a cobrar vigencia, una vez más.

Una de las escenas más dramáticas de “Náufrago” ocurre cuando, en la huida de la isla, Wilson cae al agua y empieza a alejarse con el oleaje. Chuck, desesperado, se lanza a su rescate pero al sentir que se acaban sus fuerzas vuelve a la balsa. Wilson se pierde en el horizonte del mar. Chuck queda destrozado, hundido en llanto. Y no era para menos. Había perdido a uno de sus mejores amigos, el que lo acompañó estoicamente en los momentos más difíciles de su vida.

Wilson es una metáfora de la amistad que subyace en el desarrollo de la trama de la película. Wilson quien es escucha, sin juzgar, quien ve caer sin abandonar, quien da una esperanza para seguir.

El próximo 30 de julio recordamos el Día Internacional de la Amistad, que tuvo su origen justamente en Paraguay. Una fecha que más allá de los sorteos del amigo invisible o los eventuales asados, debe llevarnos a revalorar este vínculo fundamental, especialmente en esta época en que naufragamos continuamente en islas digitales, rodeados por un mar de miles de “amigos-contactos” en nuestras cuentas de redes sociales. Rescatemos la amistad que es presencia, esa que nos pone la mano en el hombro o como Wilson, que simplemente escucha, sin juzgar.

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