DESDE MI MUNDO
- POR CARLOS MARIANO NIN
- Columnista
- marianonin@gmail.com
La historia ya la conocemos, pero a mí me quedó dando vueltas en el pecho como una pregunta sin respuesta. Tengo hijos, así que supongo que debe ser por ellos.
Un viaje cualquiera, una aplicación que abre una puerta a la ciudad, un conductor, un pasajero, ahí surge ese instante mínimo donde algo se dice mal, se entiende peor o simplemente se desborda. Y es en ese pequeño cruce de tiempo, tan cotidiano como peligroso, que puede pasar lo irreversible.
Un caso reciente en un servicio de plataformas terminó con la muerte de un pasajero tras una discusión. Y más allá del expediente, más allá de la noticia fría que corre en redes, queda lo humano: la reacción, el impulso, la rabia que no se frenó a tiempo.
Uno perdió la vida. Al otro se le escapó la suya.
Hay decisiones que no matan solo en el momento. También destruyen futuros enteros. Familias que quedan suspendidas en una ausencia. Trabajos que se desvanecen. Nombres que pasan a ser titulares breves en las noticias y luego silencio.
Y siempre me hago la misma pregunta: ¿en qué momento dejamos de poder esperar diez segundos antes de reaccionar?
Vivimos en un tiempo donde todo es rápido: el viaje, la respuesta, el enojo. Pero el ser humano no cambió al ritmo de sus propias tecnologías. Seguimos siendo impulsivos en un mundo que exige precisión emocional.
Y ahí chocamos.
La ira no es nueva. Lo nuevo es la velocidad con la que ahora puede convertirse en destino.
Tal vez nadie pensó que ese viaje iba a terminar así. Tal vez ambos creyeron tener razón en medio de una discusión que, en otro contexto, habría sido apenas una anécdota olvidada al bajar del auto.
Pero no hubo pausa. No hubo distancia. No hubo ese pequeño acto de humanidad que es respirar antes de actuar.
Y esa fracción de segundo nos deja una enseñanza: no todo lo que sentimos necesita ser ejecutado, ni todo lo que nos enciende debe gobernarnos.
Al final, lo más fácil es estallar.
Lo difícil, lo verdaderamente humano, es frenar a tiempo.
Y en ese momento donde no se frena, donde el impulso gana, donde la palabra se convierte en golpe o el enojo en acción, la vida puede cambiar para siempre.
A veces en una sola decisión.
A veces nos quedamos ahí… a una trompada de la tragedia.
Pero esa es otra historia…