- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
Cada día trae una nueva urgencia pública y, con ella, la exigencia de un ritual de época, la del pronunciamiento moral. En ese ritmo, la controversia se empobrece, el matiz se debilita y la figura del intelectual, alguna vez relevante, se desdibuja. Quizá, sin embargo, su porvenir no consista en añorar su pasado heroico, sino en reconstruir mediaciones y devolverle espesor al tiempo de lo político.
Patricia Funes, en su libro Salvar la nación, vio en el intelectual una figura intermedia, situada entre la academia y la praxis, capaz de traducir sentidos y de mediar entre mundos que, cuando se repliegan sobre sí mismos, se vuelven estériles, el de la producción de conocimiento y el de la disputa política.
Esa posición, típica del siglo XX, no era una credencial de identidad ni una estética de la pose, sino un tipo de intervención, a veces incómoda, que exigía disciplina, riesgo y un claro propósito de interpelar e interpretar a las mayorías.
En el Paraguay, la generación novecentista y sus continuadores dieron una de las escenas más intensas de ese oficio. Las discusiones sobre nuestra identidad nacional, el debate O’Leary-Cecilio Báez como emblema persistente, y las pugnas por la cuestión social, los derechos sobre el Chaco Boreal, las condiciones trabajo, el orden y la justicia, mostraron que la palabra pública podía ser un terreno donde las ideas pesaban en la correlación de fuerza reales, aun cuando el país estuviera lejos de cualquier estabilidad institucional.
Fuera de nuestras fronteras, el siglo XX condensó esa figura en el gesto del compromiso, con el intelectual engagé como¿emblema?. Pero conviene recordar que el compromiso nunca fue unívoco ni pacífico, y que su prestigio se sostuvo mientras existió un espacio relativamente compartido donde la controversia se jugaba con tomas de posición, en revistas, tribunas, al calor de movimientos sociales y partidos políticos movilizantes con verdadera capacidad de movilización, con instituciones que, aun en crisis, resistían todavía las despolitizantes de la sociedad de consumo.
En este mismo momento, hubo advertencias tempranas sobre los que suponía el rol protagonista en la política de los intelectuales. Theodor Adorno llevó al extremo la sospecha ante cualquier positividad totalizante, en nombre de una determinada manera de pensar la crítica que haría escuela y que, con el tiempo, se prestaría a degradaciones. Raymond Aron, por su parte, observó la facilidad con que la inteligentsia podía convertir el dogma en un opio para los intelectuales, ahorrándose el trabajo, menos épico que necesario, de interrogar las propias certezas.
Sin embargo, la mutación decisiva de los intellectuels engagés llegó, primero, con el desgaste de grandes arquitecturas teóricas, y luego, sobre todo, con el cambio del régimen temporal de la discusión pública.
Cuando Lyotard diagnosticó el fin de los grandes relatos, se abrió una escena donde la legitimidad tendió a fragmentarse y el gesto crítico, en vez de sostener una exigencia de rigor, empezó a derivar hacia una “economía de señales”, que sentó las bases del tribalismo identitario de nuestro presente.
La crítica, vaciada de reflexividad, comenzó a funcionar como significante de pertenencia y se volvió el alma de ciertas endogamias, con pretensiones de superioridad moral. Respecto a este proceso, conviene volver y detenerse en un episodio revelador de los años cincuenta.
Me refiero a la ruptura, dentro de la célebre revista Les Temps Modernes, entre Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. Puede parecer anecdótico, pero contenía una pregunta decisiva: ¿qué significa intervenir en política?
Merleau-Ponty reprochaba a Sartre confundir la intervención política con un test permanente de moralidad, como si cada coyuntura exigiera una respuesta inmediata, una urgencia de posicionarse “del lado correcto de la historia”, fórmula que la corrección política convirtió en coartada sentimental. Frente a esa concepción, el autor de la Fenomenología de la Percepción insistía en que la historia y la política tienen su propio tiempo, radicalmente diferente de la inmediatez que impone un comunicado o pronunciamiento sobre la coyuntura. La política y la historia, según Merleau-Ponty, tienen una temporalidad más espesa, hecha de comienzos, sedimentaciones y efectos diferidos.
Lo interesante de esa polémica es que anticipó una tendencia que la época actual lleva a su paroxismo. Las redes sociales, con su velocidad y su economía de recompensas afectivas, empujan a tratar cada hecho como “la última batalla”, a fabricar certezas definitivas al abrigo de nichos emocionales que filtran cualquier nota disonante.
En ese clima, la política se vuelve sucesión de emergencias y el pensamiento, si no resiste, se reduce a consignas que circulan con la única lógica del entretenimiento y reforzamiento de endrogrupos.
En este sentido, Bruno Latour, en uno de sus textos más incisivos, “¿Por qué la crítica se ha quedado sin fuerza?”, advirtió que la crítica, esa pulsión a la deconstrucción y a la sospecha de todo lo establecido, se quedó sin combustible. Cuando el mundo se explica únicamente por resortes ocultos, cuando toda agencia se disuelve en sospechas automáticas, el “pensamiento crítico” pierde filo y se vuelve indistinguible de la teoría del complot.
Ya no amplía el campo de lo pensable y de lo ensamblable, y termina consagrando una esterilidad que, a fuerza de repetirse, ni siquiera intimida. Esta realidad se conecta con un desplazamiento práctico que vuelve más visible la pérdida de la función histórica del intelectual clásico.
La política contemporánea suele tercerizar la construcción del sentido en expertos de campaña, verdaderos administradores de la percepción, cuyo trabajo no consiste en disputar legitimidades de largo aliento, sino en optimizar rendimientos inmediatos, segmentando públicos para sostener narrativas eficaces. Sin por ello demonizar la realidad, es un hecho que hoy la elaboración doctrinaria ya no es funcional a la actividad política diaria.
¿Qué queda entonces del intelectual en una época, como la actual, en la que los relatos comunes ya no pueden conjugarse con una conversación pública fragmentada en grupos cada vez más cerrados? Si algo queda algo, es una tarea difícil y por eso mismo necesaria: la de empujar a que la política vuelva a tener razones e imaginación de futuro.
No con la tranquilidad y el determinismo, tan propia de buena parte del siglo XX, de creer los proyectos políticos nadaban con la corriente de la historia del progreso o la emancipación, sino aceptando que no hay garantías en nuestro tiempo, ni dirección asegurada, ni legitimidad automática.
Quienes quieran tomar la difícil tarea de reflexionar sobre la realidad y la política, deben orientar su esfuerzo en reconstruir mediaciones que permitan concebir la cohesión social sin negar el conflicto, dándole cauce y forma.
Apuntar a argumentar sin reducir la controversia a un examen moral permanente, asumiendo, con responsabilidad, que el tiempo de lo político no coincide con el tiempo del trending topic. La intervención pública, cuando no es mera consigna, exige disciplina, organización, militancia, paciencia, precisión y, sobre todo, la capacidad de escuchar aquello que no confirma nuestras preferencias.
Esto último supone exponerse a la réplica y tener que aceptar, a veces, que su costo es no ser aplaudido por todos. El ejercicio verdadero de pensar es por definición incómodo, es desafiar el silencio de lo incuestionable.
Si en el pasado el intelectual fue mediador de grandes proyectos universales, su futuro, si lo tiene, quizá deba insistir, obstinadamente, en tejer el entramado social y político que hace posible que una comunidad discuta algo más que sus reflejos automáticos.