• Por Jorge Torres Romero

Se desmoronó toda la farsa montada por el abdismo y sus aliados mediá­ticos. Y con él, toda una estrategia de persecución política que durante años pretendió borrar de la escena a Horacio Car­tes. Lo que se presenta hoy como una noti­cia judicial es, en realidad, un acto de justi­cia política.

Las sanciones que mancharon injusta­mente su nombre han sido levantadas. Y el sobreseimiento fiscal en la causa mon­tada por Arnaldo Giuzzio confirma lo que muchos ya sabían: Cartes fue víctima de una operación orquestada desde el poder abdista, con complicidades locales y ecos internacionales.

El abdismo jugó sucio. Apostó al lincha­miento mediático, a la demonización cons­tante, a instalar la idea de que el adversa­rio debía ser eliminado, no debatido. Y usó las instituciones como armas, como nunca antes. Pero la verdad, cuando finalmente se abre paso, tiene la fuerza de un venda­val: arrasa con la hipocresía y deja al des­cubierto a los farsantes.

Giuzzio, aquel ministro que se presentó como adalid de la moral pública, terminó quedando como lo que siempre fue: un peón político, funcional a una cruzada que tenía un único objetivo -destruir a Cartes y gol­pear al movimiento que representa-. Hoy, sus denuncias se deshacen en el aire, sin pruebas, sin sustento, sin dignidad.

Las sanciones, celebradas por los enemigos internos como trofeo de guerra, fueron su gran error de cálculo. Porque apostaron a la condena sin juicio, al castigo sin defensa, al aplauso fácil de los ingenuos. Hoy, ese casti­llo de arena se derrumba. El tiempo, como siempre, pone las cosas en su lugar; donde hubo persecución, hay reparación. Donde hubo odio, hay justicia.

Cartes fue perseguido, difamado y calum­niado. Pero sobrevivió. Y más aún: se rei­vindicó. Su figura se vuelve fortalecida, no por propaganda, sino por hechos concre­tos. Y con su reivindicación, se derrumba toda una maquinaria que creía poder manipular la justicia desde la trinchera del resentimiento político.

Octubre marca un antes y un después. Es un “octubre negro” para la farsa, para los operadores disfrazados de moralistas, para los que creyeron que podían cons­truir poder sobre la base de la mentira.

Porque al final del día, la historia tiene memoria. Y acaba de anotar un nombre en la columna de los reivindicados: Hora­cio Cartes. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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