Un extraño evento geológico ocurrido en la región del Kurdistán iraquí está dejando perplejos a los científicos de ese país, publica el portal de noticias catarí, Raya.
Una parte de la colina de Babashtian, ubicada en una aldea de la gobernación de Erbil, en la mencionada región de Irak, se partió de manera repentina por la mitad, creando una grieta de más de un kilómetro de largo por un metro de ancho y entre 15 a 20 metros de profundidad.
Esta situación generó grandes temores de que esta división se extendiera más hacia la carretera que une el cruce internacional Haj Omran en la ciudad de Erbil, que es la arteria económica de la ciudad, y provoque su cierre.
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Terremoto, sequía e inundaciones
Arkan Othman, profesor de la Facultad de Geología de la Universidad Soran en Erbil, cree que la causa de esta fisión y agrietamiento, se debe a la fuerza de los terremotos presentes de en la región de manera frecuente, además de la sequía anual que azota la región en general y que luego con las inundaciones que se dan en invierno, restan resistencia y durabilidad a las piedras de la elevación.
De esta manera, la colina no resiste, se pueden desmontar fácilmente y no tienen la fuerza para resistir temblores, sequías e inundaciones y Othman advierte contra la expansión de esta división con el paso de los días.
Aire frío
Para solucionar este problema geológico, el académico iraquí sugiere que el cerro sea desmantelado en pequeños pedazos, enfatizando que no hay solución para él excepto este método, pero lo destacable de este fenómeno es que, de la grieta sale aire frío en un verano donde las temperaturas superan los 50 grados centígrados.
En la zona donde se produjo este evento geológico, es considerada como de actividad sísmica y los geólogos creen que en algún momento de los próximos 50 años se podría producir un terremoto potencialmente dañino en la zona.
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Venezuela: los rescatistas de cuatro patas que salvaron vidas con su olfato
Sisu enfrentó su primera misión de búsqueda entre los escombros que dejaron los dos sismos en Venezuela con la misma determinación y energía con las que persigue su juguete favorito, una pelota naranja y azul. Con su arnés negro, esta inquieta labradora retriever marrón se adentra entre los escombros de los edificios que se desplomaron con los terremotos ocurridos el 24 de junio. Busca sobrevivientes sin más herramientas que su olfato.
Esta integrante del Florida Task Force 2 resulta clave para encontrar personas con vida en una carrera contra el reloj. Los primeros en actuar son los perros cuando un equipo llega a un lugar donde se sospecha que hay víctimas vivas. “El trabajo de ellos se basa en detectar dónde hay humanos” identificando la temperatura, el olor corporal y el dióxido de carbono que exhalan las víctimas, explicó a AFP Alexander Parada, también de la Florida Task Force 2, junto a la labradora retriever Piper, que rescató a dos personas en esta, su primera misión.
“Hacen un trabajo que nosotros no podemos hacer”, agregó Parada. Cuando un perro indica alguna alerta, los socorristas envían a un segundo animal para confirmar el hallazgo, añadió Sylvia Arango, responsable de Sisu y guía canina desde 1998. A partir de ahí, radares o cámaras afinan las coordenadas de dónde podrían estar las víctimas. Con su olfato, los caninos de búsqueda agilizan las labores de rescate al inspeccionar grandes áreas con rapidez, dijo Parada, algo crucial dado que las posibilidades de encontrar gente con vida se reducen a medida que transcurre la ventana inicial de 72 horas.
“A salvo”
Sisu fue una de los más de 120 rescatistas de cuatro patas de una docena de países desplegados para agilizar las labores de rescate en varias comunidades de La Guaira, la región costera más impactada por los potentes terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron a Venezuela. Algunos, como el local Tsunami, un border collie con un ojo azul y otro marrón, conmovieron a los venezolanos con su historia de superación: de ser un animal rescatado de sufrir maltratos a salvar la vida de otros.
Como sus compañeros humanos, trabajaron rotándose en turnos de 12 horas en misiones peligrosas. Estos animales operaron bajo las altas temperaturas de La Guaira, exponiéndose a deshidratación y a abrasiones en el pelaje, algo visible en el cuello de Sisu. También se abrieron paso entre los derrumbes, incluso en estrechos túneles formados en el amasijo de paredes, columnas y vigas quebradas en busca de sobrevivientes. Las operaciones les causaron a algunos heridas, fracturas y secuelas emocionales. Pero el riesgo forma parte del trabajo. “En el momento en que subimos a esos montones de escombros, no hay ninguna garantía de que vayamos a estar a salvo”, dijo Arango.
“Recibir amor”
Pero, ¿qué cualidades debe tener un perro para convertirse en rescatista? Mucha energía, pero también capacidad de desenvolverse sin miedo en entornos inestables. “En general, se llama fortaleza de carácter, es como cuando los llevas a ver algo raro y dicen ‘¡oh!’, y luego quieren investigarlo”, señaló Arango. El género no supone diferencias.
Aunque los caninos de este equipo estadounidense son en su mayoría labradores retriever, también hay border collies, golden retrievers, pastores belga malinois y pastores alemanes. El sábado, diez días después de los terremotos que dejan ya casi 3.000 muertos, misiones brasileñas y españolas continuaban inspeccionando zonas destruidas junto a sus perros. Pero para Sisu y Piper era hora de empacar sus juguetes y prepararse para volver a casa. Al cierre de las operaciones, Arango destacó que lo que más le emocionó de la primera misión de Sisu fue verla traer alegría en un mar de tristeza. “Es una situación devastadora”, afirmó Arango.
“Pero cuando se acerca alguien que está sufriendo, nuestros perros pueden hacerles sonreír, y los niños tienen la posibilidad de acercarse a ellos y acariciarlos”, prosiguió. “Es también una oportunidad de (...) tratar por un momento de no pensar en los horrores que están viviendo, y simplemente recibir amor de un cachorro feliz”.
Fuente: AFP.
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Los venezolanos volvieron a misa, en medio de los escombros y el dolor
María Elizabeth Domínguez ha regresado ayer domingo a misa, después de que el 24 de junio la iglesia de San Sebastián se le vino encima, derrumbada por los dos terremotos que han causado más de 3.000 muertos en Venezuela. En silencio, los habitantes del pueblo de Maiquetía, aledaño al aeropuerto internacional, se reúnen en la Plaza Jerusalén, una construcción moderna de hormigón donde está el columbarium y una representación de las estaciones del Vía Crucis.
El padre Rafael Troconis oficia una misa de difuntos, al igual que todas las iglesias de Venezuela ayer domingo, y le recuerda a sus feligreses que “hemos sido creados para la vida”. “La muerte no tiene la última palabra. Creemos en la resurrección”, les dice enfático. “La fe es una luz potentísima que nos ayuda a encontrarle sentido a esto”, asegura. Domínguez, de 67 años, lo escucha de pie, mientras muchos de los presentes se secan las lágrimas.
“Tengo mucha tristeza por dentro, porque ha muerto mucha gente amiga, muchos vecinos”, dice esta mujer a la AFP. La iglesia de San Sebastián, de 1834, está derruida, con varios muros caídos y el campanario quebrado en sentido longitudinal. Todas las iglesias del estado La Guaira sufrieron los efectos del sismo y están inhabilitadas. En las calles se suceden cuadra tras cuadra los edificios colapsados, incluyendo el del aeropuerto internacional de Maiquetía. Bajo los escombros hay todavía un número indeterminado de cuerpos que no han podido ser recuperados.
“Reconstruiremos nuestras vidas”
“Las piernas me temblaban, no podía salir. Me tuvieron que ayudar”, recuerda Domínguez sobre el momento en que fue sacada del templo, minutos después de los dos sismos.
Ella estaba en la iglesia, donde recién se había terminado la misa y conversaba con otras mujeres. “Una de las compañeras gritó: ‘está temblando’ y yo me metí debajo del banco. Empezó eso a caerse. Polvo, polvo, polvo, yo no veía nada. Pensé que me iba a aplastar. Estuve rezando hasta que cesó”.
Esta es la segunda vez que Domínguez vive una catástrofe natural en La Guaira. En 1999, trabajaba en el aeropuerto de Maiquetía cuando las lluvias hicieron caer la montaña en un deslave que arrasó las poblaciones ubicadas en el este del estado. Ella vivía entonces en Macuto, donde su esposo quedó atrapado. El padre Troconis procura dar consuelo a sus feligreses. “He tenido encuentros con matrimonios que han perdido a sus dos hijos, o a dos de sus tres hijos”, refiere. “Uno quisiera estar cerca de quien sufre. Uno nota mucha tristeza y desesperanza”, dice.
Pero en seguida se recompone, y recuerda que él también sufrió el deslave en esta región hace 27 años. Era entonces rector del seminario y estaba en la iglesia de Macuto, donde pasó 24 horas refugiado junto a un grupo de personas en el coro del templo hasta que pudo salir caminando a través de varios kilómetros sobre el fango que tapió casas y edificios.
“Yo recuerdo que inicialmente parecía que aquello era el fin del mundo. La Guaira había quedado destrozada. Y bueno, pasaron los años y echamos pa’ lante (salimos adelante). Aquí va a ser lo mismo, con la ayuda de Dios”, señala. “Reconstruiremos materialmente el estado y reconstruiremos nuestras vidas. Ya tenemos experiencia”, sentencia Troconis.
Fuente: AFP.
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“Me voy con él”: temor en Venezuela a perder los restos de fallecidos en terremotos
“Me voy para China, para donde sea, pero no lo dejo solo”, dice Víctor Colivert. El cuerpo de su sobrino fue recuperado tras los terremotos en Venezuela, pero teme que pueda perderse en el caos de las morgues. Cientos de voluntarios trabajan sobre montañas de escombros de un complejo del programa estrella de vivienda de la era de Hugo Chávez en La Guaira, un estado vecino de Caracas devastado por los sismos del 24 de junio que dejan ya casi 3.000 muertos.
La hermana de Colivert, Grecia, su esposo y sus dos hijos, Oswall y Greidy, eran una de las cientos de familias de bajos recursos que vivían en estas torres de 12 pisos, conocidas como OPP (Obras del Poder Popular) 26 y 27. Con taladros y pinzas, militares mexicanos intentaban el viernes por la noche extraer el cadáver de Greidy, de 16 años, atrapada bajo una viga.
El cuerpo de Oswall, de 13 años, había sido sacado antes y permaneció durante horas en una bolsa negra junto a sus familiares que impedían a los forenses retirarlo por miedo a no encontrarlo luego. “Yo me voy con él”, dijo a la AFP Víctor Colivert, de 36 años. El cuerpo de Grecia, localizado el jueves, fue llevado por su padre a cremar a Caracas, mientras Víctor aguardaba los restos de sus sobrinos y de su cuñado.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, aseguró que todos los cuerpos serán identificados. “Nadie va a fosa común”, dijo el jueves.
Explicó que los forenses toman las huellas dactilares de los fallecidos, así como fotografías, y elaboran un expediente de cada ingreso a las morgues. “Yo tenía mucha esperanza con mi familia, yo soy cristiano”, dice Miguel Ángel Colivert, tío de Víctor. Pero admite que perdió la confianza cuando hallaron el cuerpo de su sobrina.
“¡Me duele el alma!”
Con una Biblia en la mano, un sacerdote mexicano ofrece oraciones donde se encuentran los cadáveres. La actividad es intensa en las ruinas de este complejo construido hace unos 13 años como parte del programa Misión Vivienda, impulsado por el fallecido expresidente Chávez.
Un grupo de voluntarios se pasa cubos con escombros de mano en mano en largas filas. Se escuchan taladros perforando el cemento hasta que alguien grita “¡Silencio!” con un puño en alto. Todo se detiene por unos minutos.
“Esto es una película de terror, nos salvamos de la guerra, pero no de la naturaleza”, dice Celida Sequera, una voluntaria de 43 años con el rostro y la ropa cubiertos de tierra.
Esta ama de casa lleva ocho días acompañando a un amigo que lo perdió todo. Su esposa y sus tres hijos de seis, 10 y 12 años estaban acostados en una cama cuando un muro les cayó encima con los temblores de magnitud 7,2 y 7,5 de la semana pasada, narró la mujer.
“Como todo quedó devastado no se localizaban, pero ya hoy dimos con ellos”, cuenta, mientras sus compañeros tiran de una cuerda para sacar a un voluntario del hueco por donde planean extraer los cuerpos de la mujer y sus hijos.
Voluntarios y familiares de víctimas descansan bajo mantas atadas a cuatro palos clavados en los escombros que emanan un fuerte olor a muerte. Una bandera de Venezuela manchada de lodo y amarrada a una vara ondea con la brisa de mar Caribe. Un colchón ennegrecido, una bicicleta retorcida, un sofá aplastado y juguetes asoman entre dos placas de hormigón encimadas. Al ver todo esto, una mujer se hinca y grita entre sollozos: “¡Me duele el alma!”.
Fuente: AFP.
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Salvado de una crisis, un exenfermero llegó a La Guaira para convertirse en “ángel”
Cuando creía que todo estaba perdido oyó la voz de Erick Roa. Los ojos claros de Pedro Cordido, sobreviviente del doble sismo que causó más de 2.600 muertos en Venezuela, irradian gratitud cuando habla de los socorristas voluntarios que lo salvaron. Pasó cerca de 30 horas en posición fetal luego de que su edificio en el estado La Guaira colapsara por dos potentes terremotos del 24 de junio que golpearon el norte del país.
En segundos, la tierra se tragó la estructura de 12 pisos y vio cómo Hernando, su hijo putativo y la esposa de este, eran absorbidos por una especie de torbellino de polvo sin que pudiera hacer nada por salvarlos. La oscuridad era total, faltaba el aire. No podía moverse en ninguna dirección, estaba atrapado entre fragmentos filosos de concreto... y cuando pensó que debía resignarse a morir escuchó la voz de Roa, de 50 años.
Roa es uno de cinco rescatistas que se juntaron en La Guaira, un popular balneario a 40 km de Caracas, para buscar sobrevivientes tras los violentos sismos de magnitud 7,2 y 7,5. Una mujer les advirtió que acababa de escuchar gritos. Era Pedro. Formaron una cadena humana entre la absoluta penumbra alumbrándose con una pequeña linterna. Erick y sus compañeros en principio gatearon, luego abrieron un orificio para acceder al lugar.
“No había nada de luz que entrara por una rendija de los escombros, la desesperación me quiso inundar”, relata a la AFP Pedro desde la casa de su hija en la capital. Una enfermera vecina asiste cada día sus lesiones. Erick, exenfermero militar, le habló durante cuatro horas y media. Intentaba mantenerlo despierto, con esperanzas.
“Ha sido agotador, una locura”, comenta sobre la cantidad de horas en las que han trabajado tanto para encontrar sobrevivientes como para recuperar cuerpos y entregarlos a sus familiares. Cifras oficiales indican que 6.462 personas han sido rescatadas, muchas por socorristas voluntarios. Mientras, Naciones Unidas estima hasta 50.000 desparecidos, a los que el gobierno evita referirse.
“Siempre le hablé”
En su dedo índice Erick tiene tatuada la frase “Fe en Dios”. Hace dos años pasó por uno de los momentos más duros de su existencia, intentó quitarse la vida y un pastor evangélico llegó para impedirlo. A partir de ahí entendió que tenía un propósito: ayudar. “Tenía desesperación por tratar de conseguirlo, siempre le hablé, le decía ‘quédate quieto que tú te vas conmigo para afuera’”, recuerda indicarle a Pedro mientras escarbaban para llegar al punto donde estaba atrapado.
Cuando todo tembló, Erick estaba en su casa en Caracas descansando. Un sobrino le escribió para decirle que su exnovia estaba desaparecida en La Guaira, tomó su motocicleta y emprendió camino para buscarla. Ella apareció sana y salva, pero decidió quedarse al ver la magnitud de la tragedia. Se encontró luego con Enmanuel Andrade, José Luis Fonseca, Carlos Alexander Marval Balza y otros socorristas desprovistos de equipos sofisticados pero convencidos de que se necesitaban manos para sacar vidas de entre los escombros.
Pedro agradece la labor altruista de estos socorristas. En su mente está indeleble la frase que le dio una segunda oportunidad: “¿Hay alguien allí?”. Él gritó para pedirles ayuda. “Qué bellos, sin ningún material específico para poder mover las rocas, ellos con sus manos fueron removiendo las rocas hasta poder irme sacando”, relata entre sollozos. “Con todo el amor, uno de ellos me dice ‘Pedro, yo me vine de Caracas y me vine porque yo tenía que salvarte, Dios me dijo que yo tenía que salvarte. Te amo’”, recuerda el sobreviviente sobre las palabras de Erick.
Luego de salir del hospital donde pasó varios días para estabilizarse, Pedro le compartió un mensaje de agradecimiento a quien llama su ángel. “Hermano de verdad que te amo, por Dios las palabras tuyas cuando me encontraste, la forma en que actuaste, de verdad no tengo palabras para agradecerte, no existen”, se escucha en una nota de voz de WhatsApp. “Nunca pensé que me fueran a rescatar y llegaste tú como un ángel y abriste la puerta y dijiste aquí estoy para ayudarte... Te amo hermano, te amo por siempre”.
Fuente: AFP.