Vietnam. AFP.

Tran Huu Hoa estaba asustado, desespe­rado y al borde del suicidio después de que los médicos le diagnosticaran lepra en 1958, y temía que nunca trabajaría ni se casa­ría, en un momento en que los leprosos estaban totalmente apartados en la sociedad viet­namita. No podía imaginarse que haría una nueva vida en el hospicio para leprosos en el que lleva viviendo 61 años, un complejo amurallado en la provincia de Thai Binh (norte), donde conoció a su esposa, trabajó como jefe de sindicato y se ocupó de niños necesitados.

“Entonces aquí había unas 2.000 personas, la mayoría jóvenes. Era divertido por­que lanzamos un sindicato de adolescentes”, cuenta a la AFP Tran Huu Hoa, de 80 años, sentado sobre su cama junto a su esposa, Teo, de 54. Hoy en el hospital solo que­dan 190 pacientes. Todos están curados pero sufren discapacidades provocadas por la lepra. Muchos cami­nan con prótesis. Otros, como Hoa, perdieron los dedos. Algunos sufren unas discapa­cidades tan graves que pasan el día tendidos en la cama cubiertos por una sábana.

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Fundado en 1900, Van Mon es el hospital de leprosos más antiguo del norte de Vietnam. Llegó a atender a 4.000 pacientes al año, un número que mermó a medida que se redujeron los casos de lepra en Vietnam gracias a la mejora del sistema de salud, la higiene y una mayor con­ciencia sobre la enfermedad. El 27 de enero se celebra el Día Mundial de la Lepra.

En el 2017 había 248 per­sonas tratadas de lepra en Vietnam, menos de la mitad que una década antes, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A medida que las cifras se redujeron, también lo hicie­ron los pacientes en el cen­tro Van Mon, donde algunos pasan los días en la capilla o la pagoda, mientras la mayo­ría mira la televisión o escu­cha la radio, cuando no está durmiendo. “No tengo nadie con quien contar, estoy muy solo así que solo sigo a Dios”, dice Pham Van Bac, de 83 años, que lleva en el centro desde 1960. Su hija ya no lo visita y sus nietos solo van una vez al año.

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