Quinquén, Chile. AFP
Ricardo Meliñir muestra orgulloso uno de los pocos bosques adultos de araucarias que quedan en Chile gracias a una dura batalla que libró su pueblo, los pehuenches, contra las madereras, que junto al cambio climático acechan a este dinosaurio de la botánica, declarado monumento nacional.
“Incalculable la edad de estas araucarias”, dice este hombre de 63 años curtido por el viento y el frío, mientras señala a una gigantesca que cayó este invierno vencida por el peso de la nieve y los años.
En Quinquén, una localidad indígena en la región de La Araucanía, unos 600 km al sur de Santiago, solo el 40% del bosque de araucarias es virgen, cuenta Meliñir, lonko (autoridad) de esta comunidad pehuenche o pewenche, que recibe el nombre del fruto de la araucaria araucana, el pehuén o piñón.
En 1991, con el primer gobierno de la democracia tras 17 años de dictadura (1973-1990), los pehuenches recuperaron sus tierras, aunque las madereras habían talado parte de estas coníferas sagradas para los mapuches, cuyo origen se remonta a unos 260 millones de años.
Expulsados de este territorio por una erupción del volcán Lonquimay en 1940, cuatro hermanos regresaron a partir de 1973 para reclamar las tierras que pertenecieron a sus antepasados y que habían sido ocupadas por las madereras.
En la actualidad, medio centenar de familias –unas 200 personas que llevan todas el apellido Meliñir– viven desperdigadas por el primer territorio indígena de conservación desarrollado en Chile, de unas 10.000 hectáreas.