Foto: Ilustrativa.
El iceberg es gigante, tiene el tamaño de la isla Córcega, y es el resultado del avance del calentamiento climático en la Antártida, el cual podría chocar con la isla Georgia del Sur, en el Atlántico, donde hay un refugio de miles de pingüinos y focas que ya no podrán alimentarse correctamente, según advierten los científicos.
Este rápido desprendimiento de icebergs en la Antártida está desencadenando consecuencias que podrían ser devastadoras para la abundante fauna de esta isla del sur, que es administrada por Reino Unido pero cuya soberanía reclama Argentina.
El iceberg tiene 160 kilómetros de largo y 48 de ancho, se lo denomina A68 y se desprendió en julio de 2017 de la plataforma glaciar Larsen C, pegada a la Península Antártica. Es probable que en 20 o 30 días, debido a la velocidad con la que deriva, alcance las aguas poco profundas alrededor de las islas. La probabilidad de una colisión es de 50/50.
La comunidad está formada por pingüinos dorados, pingüinos barbijos y pingüinos papúa, además de focas, albatroces errantes y aulladores. Si el iceberg se acerca a la isla, afectaría la capacidad de los animales para alimentar a sus crías, amenazando su supervivencia, pero también la de los bebés foca. Otra probabilidad es que el cambie el ecosistema de los fondos marinos, lo que podría tardar décadas o siglos en restablecerse.
Fuente: AFP.
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La Antártida registró una temperatura récord para junio de 15,4°C
La península antártica registró una temperatura récord para junio de 15,4°C, con derretimientos de hielo atípicos en la llegada del invierno austral, informaron climatólogos a la AFP. El nuevo pico, jamás registrado para esa región de la Antártida en el sexto mes del año, se anotó el 6 de junio en la Base Esperanza, una base científica argentina situada en la península Trinidad.
Allí el récord anterior era de 13.3°C y databa de 1998. La cifra está muy por encima del promedio de las máximas de junio en la Base Esperanza, de -6.2°C. “Se batieron récords de temperaturas muy altas, muy inusuales para la época”, dijo el jueves pasado a la AFP el climatólogo José Luis Stella, del Servicio Meteorológico Nacional argentino.
El especialista señaló que, aunque toda la Argentina “se presentó anómalamente cálido este comienzo de junio”, en la península antártica se registraron marcas de “hasta 20°C por encima de lo normal”. Entre el 5 y 6 de junio las bases argentinas Marambio y San Martín también midieron récords: con 11.8°C y 9.4°C superaron marcas previas de 9.2°C y 7.8°C respectivamente.
La máxima media en junio en esas locaciones es -10.7°C y -5.6°C.
Raúl Cordero, académico de la Universidad de Groningen en Países Bajos, dijo a la AFP que esta “ola de calor que afectó el extremo norte de la península antártica” no fue un evento aislado.
“Confirma una tendencia”, dijo Cordero, y añadió que a menos que se detenga “el calentamiento global este tipo de eventos continuarán produciéndose de forma cada vez más frecuente”.
Sin embargo, el científico del clima Thomas Caton Harrison, del Servicio Antártico Británico, dijo a la AFP que “existen pruebas fiables de que el cambio climático influye, pero el efecto es complejo en esta región”.
“Dado que la Antártida experimenta grandes oscilaciones de temperatura, es necesario recopilar una gran cantidad de datos a lo largo de muchos años para comprender el clima subyacente”, planteó.
Ambos especialistas coinciden en que las temperaturas están al alza en la región desde hace años y que algunos de sus efectos ya son visibles.
“Una cantidad sorprendente de precipitaciones ha caído en forma de lluvia en lugar de nieve”, dijo Caton Harrison.
“Esto tiene repercusiones para los ecosistemas polares, como las colonias de pingüinos, y supone un desafío para mis colegas que trabajan en las bases antárticas, ya que las abundantes lluvias líquidas generan escorrentía y formación de hielo”, explicó.
En la Base Esperanza las temperaturas máximas diarias han estado sobre cero de manera consecutiva durante las últimas tres semanas, y Cordero planeó que eso provocó que “amplias zonas en el extremo norte del continente blanco permanecen sin nieve”. “Una postal insólita en paisaje antártico durante el invierno”, dijo.
Fuente: AFP.
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Armada argentina realiza ejercicios militares junto al portaaviones Nimitz de EE. UU.
La Armada Argentina inició este martes maniobras militares en el Atlántico Sur junto a fuerzas de Estados Unidos, que desplegó para ello los portaaviones Nimitz, informó el ministerio de Defensa.
Los ejercicios, que se extenderán hasta este jueves, se desarrollan en la zona económica exclusiva argentina con motivo del paso del USS Nimitz y el Destructor USS Gridley, según lo dispuesto por decreto por el presidente Javier Milei.
Aliado del presidente de Estados Unidos Donald Trump, el mandatario argentino recibió la invitación del embajador de ese país en Buenos Aires, Peter Lamelas, para recorrer el Nimitz, aunque la visita “aún no está confirmada”, dijeron fuentes gubernamentales a la AFP.
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Los entrenamientos se realizan en el marco de Passex 2026, un ejercicio que se realiza con ocasión del paso de una unidad de guerra extranjera por el litoral marítimo argentino.
El gobierno de Milei también autorizó el ingreso a territorio argentino de medios y personal de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para el ejercicio conjunto ‘Daga Atlántica’, un adiestramiento que comenzó el 21 de abril y se extenderá hasta el 12 de junio, según el cronograma anunciado.
El entrenamiento comprenderá la base naval de Puerto Belgrano y la VII Brigada Aérea de Moreno, ambas en la provincia de Buenos Aires y la guarnición militar Córdoba, en la provincia homónima en el centro del país.
El Nimitz ingresó en aguas argentinas el domingo pasado y este martes se encontraba próximo a las costas de Mar del Plata, ciudad a 400 km al sur de la capital argentina.
- Fuente: AFP
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Incautan carne de yacaré en Villa Oliva
En el marco del Operativo Semana Santa, técnicos del Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades) incautaron aproximadamente 150 kilogramos de carne de yacaré, durante un control realizado en la tarde del miércoles en la caseta policial de la Comisaría 28 de Villa Oliva.
El procedimiento se llevó a cabo como parte de los controles preventivos impulsados por la institución para evitar la caza, faena y comercialización ilegal de fauna silvestre, prácticas que suelen intensificarse durante esta época del año. Según el reporte oficial, la carne decomisada se encontraba faenada y depostada, lista para su distribución.
Desde el Mades recordaron que la tenencia, transporte y comercialización de productos derivados de animales silvestres están expresamente prohibidos por la legislación vigente en Paraguay. En ese sentido, advirtieron que quienes incurran en este tipo de hechos se exponen a multas y sanciones administrativas, además de posibles procesos legales.
Las autoridades señalaron que este tipo de operativos continuará en distintos puntos del país con el objetivo de proteger la biodiversidad y desalentar actividades ilícitas que ponen en riesgo a especies nativas, como el yacaré.
Finalmente, el Made reiteró su llamado a la ciudadanía a denunciar hechos de tráfico o comercialización ilegal de fauna, subrayando la importancia de la participación ciudadana en la conservación del medio ambiente.
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Volver de la Antártida
- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
El Hércules C130 TC 64 sobrevoló el aeródromo de Marambio lenta y pesadamente. Lo escuchamos claramente. No conseguimos verlo. Cerca de un centenar y medio de ojos lo buscaron en el cielo gris muy oscuro.
“Nubosidad baja”, desde un par de días atrás anuncian las plataformas meteorológicas globales. Pronóstico cumplido. La invisibilidad de aquella máquina transformó el ánimo colectivo. Pero no fue suficiente para abandonar la esperanza, aunque la misma expectativa construimos justamente un día atrás cuando un intento de regreso se frustró. Pienso en ayer.
Que fue tan raro como este hoy porque en ningún momento fue de noche. ¡Qué extraño es todo esto! Decir que es como “un atardecer permanente” –como poéticamente lo describe Juan Gómez, vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, jefe de la Base Marambio– no parece suficiente para bajar el telón de cada día. Los motores de la enorme aeronave vuelven a escucharse.
El rugido mecánico parece llegar desde el invisible Mar de Weddel oculto por debajo del “mar de nubes”, como aquí se llama a esta condición climática. Una vez más el centenar y medio de ojos se clavan en el cielo. Lo patrullan. Silencio. Parece eterno. “Allá viene... lo veo!”. Parece suspendido en el aire.
Una estela de humo negro se desprende de cada uno de sus motores. La imagen crece vertiginosamente. Casi a ras del piso sobrevuela los primeros 400 metros de la pista cubierta por una fina capa de hielo y unos 4 centímetros de nieve. En el mismo tiempo que se posa sus motores rebajan al máximo sus revoluciones.
El comandante lo deja correr hasta cerca de los 900 metros. Se detiene. Advierto que detrás de mí, bajo la Bandera, al pie del mástil que la sostiene y le permite flamear, un grupo de jóvenes que finalizan la “invernada” se empujan y revuelcan sobre la nieve como algunos años antes lo habrán hecho en el momento en que finalizaron sus viajes cuando egresaron de la secundaria. Los percibo alegres, aunque no me parece que esa presunta alegría sea por partir. Son y se sienten antárticos y antárticas.
La aeronave no se mueve. El comandante procura saber si puede girar y transitar sobre piso firme. Con cuidado extremo gira para llegar hasta donde se detendrá para que desciendan algunas personas y subamos otras. Debemos hacerlo con rapidez.
La compuerta trasera se abre. Nos acomodamos lo mejor posible en el interior de un avión carguero. Los motores continúan encendidos. Silencio profundo. Respiraciones lentas. Ritmos cardíacos acelerados y ruidosos. Las pibas y los pibes se recuestan (acurrucan) sobre sus mamis. Miro y me pregunto... ¿por qué los traen para invernar en la Antártida en familia?.
EN VUELO
Los cuatro motores turbohélices aceleran al mango. El fuselaje vibra intensamente. Los SKUAS (como apodan a la y los pilotos de helicópteros con los que almorcé y cené cada uno de mis días siempre diurnos en la Base Marambio) me enseñaron que “cuando el vuelo se inicia todo está chequeado varias veces”.
También me aseguraron que “en 800 metros” el avión ganará altura “para volver a casa”. Cierro los ojos. Daniel Bertagno –hermano amigo, colega periodista y académico– gran compañero de viaje me codea. Hace un par de selfies.
El comandante suelta los frenos. Por las pequeñas ventanillas solo se ve el gris oscuro del cielo. Se escucha claramente cuando el hielo en la pista se quiebra y vuela en pedazos. Algo de nieve, también. Silencio extremo. La nariz del Hércules C130 TC 64 le apunta de lleno al cielo. Comienza a ganar altura. Estable. Solemne. Épico.
El piberío estalla en ovación. Alguna mamá lagrimea. Un chiquilín de 11 años deja su lugar. Me invita a choca puñitos. “¿Lo voy a volver a ver señor?”, me pregunta mirándome fijamente. Creo que la Antártida, tal vez, comienza a quedar atrás. ¿Será así?
En las entrañas de Heracles (Hércules) hijo de Zeus –dios supremo de los dioses el Olimpo, senior del cielo, del trueno y la justicia, también llamado “Padre de dioses y hombres”– regresa el silencio. Los cuatro motores ronronean parejos. Adormezco. En alguna dimensión transito la Antigua Grecia. Valoro a Hércules. Lo asumo como un rescatista de altísima gama como los que seguramente impulsan a los que vi entrenando en Marambio con clima extremo.
Tengo la convicción de que el nieto de Cronos y Rea nos llevará hasta Río Grande, donde el 15 de noviembre comenzó esta misión académica que devino en aventura tan inesperada como inevitable. T
al vez de eso también se trate vivir. Hasta unas pocas horas atrás los interrogantes iban por otros senderos. ¿Con quiénes y dónde brindaremos en las medianoches del 24 y el 31 de diciembre próximos? Sé que muchos y muchas de aquellas y aquellos que nos vieron partir porque finalizaron sus invernadas todavía piensan en ello.
Gera Gómez –el YD (yanki delta, en código de la Organización de Aviación Civil Internacional-OASI)–, jefe del aeródromo Marambio, deberá esperar para desayunar con su hija en Córdoba, Argentina. La niña y su papá entristecerán. Otros muchos y muchas también tendrán que esperar.
Las proyecciones climáticas pronostican que “no serán posibles las operaciones aéreas” por varios días. ¡Qué bajón! Daniel me despierta. Poco más de tres horas estuve en situación de ausencia. Llueve cadenciosamente en Río Grande. Una brisa helada obliga a recordar la Antártida. Aun así, nos reciben calidez.
“Bienvenidos, antárticos”, nos dice el comodoro Rober Romero. Nos abraza y ofrece acompañarlo con café caliente recién hecho. Se agradece y disfruta. Todavía deberemos volar unos 3 mil kilómetros para llegar a El Palomar (un aeropuerto militar en los alrededores de Buenos Aires) a bordo de otro Hércules.
LOS REGRESOS
Los regresos –vaya a saber por qué– siempre me parecen mucho más largos que los viajes de ida. Volver, siempre es incierto. Vivir es un viaje de ida permanente. El profe don Édgar Morin –palabra más, palabra menos– suele reivindicar la incertidumbre como una suerte de motor vital. Lo pienso y re-pienso.
Llega Maximiliano Magiaterra, el comandante conjunto antártico a bordo de otro Hércules. Nos abraza después de recibir los honores protocolares que corresponden a su cargo y jerarquía militar. “¡Bienvenidos, antárticos!”, repite como momentos antes lo hiciera su camarada dirigiéndose a nosotros.
Nos despedimos con el compromiso de reunirnos para cenar “el año que viene”. De nuevo estamos en la panza del Hércules. Nos sorprende que avanza la nocturnidad. En treinta y cinco días cerca del Polo Sur nos desacostumbramos a la noche que sigue a cada día. Ganamos altura. Entrecierro los ojos. Vuelvo a la Antigua Grecia.
El hijo de Hipnos y Pasitea –corporizado– avanza sobre mí irremediablemente. Morfeo se me acerca. Me atrapa. No resisto. Sé que cuenta con el respaldo de los Oneiros que obedecían fielmente a su madre.
Tal vez hayan pasado casi cinco horas de vuelo suave. En el momento que bajé del TC 66, es noche cerrada. Puse mis ojos en el cielo. Después de 36 días volví a la nocturnidad. Caminamos juntos hasta un recinto desprovisto de toda comodidad. Solo lo justo. Austero. Militares –hombres y mujeres– compañeros de viaje y de muchos de nuestros 35 días en la Antártida esperan órdenes. Un niño de unos 11 años se me acerca.
“Lo voy a extrañar, señor”, me dice mientras me abraza con fuerza. Me hace lagrimear. No puedo pensar con claridad. Mucho para recordar. Mucho para procesar… Para revisar. En el Cabify viajo en silencio. Mañana temprano avisaré a La Nación que estoy de regreso.
Es tarde. Cerca del mediodía más próximo volaré a nuestra casa... Hoy hace ocho días que regresé. La inmanencia antártica me invade. Las noches me quedan largas. Muy largas. No consigo dormir con continuidad. Con cada insomnio los recuerdos recientes me atropellan. Las consultas médicas, varias, solo tienen una respuesta coincidente. “Síndrome posantártico”, diagnostican. Es demoledor. Cansa. Confunde. Agobia.
Tengo la convicción y la necesidad de llamar a mi querido amigo-hermano, colega periodista y maestro Augusto dos Santos. Debo advertirle que muchas de las respuestas que le di cuando me entrevistó a distancia para “Expresso” no fueron las más adecuadas. Carecieron de precisión. Vestir de antártico como lo estaba entonces no fue suficiente para contestar con suficiencia.
No pocas veces la ignorancia nos induce a creer que sabemos de aquello que desconocemos. También quiero que sepa que hasta el pasado 15 de noviembre –cuando llegué a la Antártida– aquel continente para mí era un sueño más entre muchos que, como tantos otros, ya lo tenía en el largo listado de los incumplidos.
Por esa razón, querido Augusto, siento que antes de responderte debiera haberte advertido que como dicen que alguna vez dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Es posible también que Woody nunca lo haya dicho. Pese a todo, para este caso siento que con esa frase podría haber respondido a todas tus preguntas cuando quisiste saber qué hacía allí. Espero sepas comprender que, como vos y tu curiosidad natural devenida en oficio, tampoco lo tenía claro.