El sobreseimiento del dirigente liberal Efraín Alegre dispuesto por un tribunal que consideró improcedentes las acusaciones sobre un supuesto mal manejo de fondos durante las campañas proselitistas dio lugar a diversas conjeturas por parte de comunicadores que se empeñan en endilgar al actual gobierno todas las carachas y cochambres de la historia política local.
Lo pintoresco del caso es que la mayoría de estos señores y señoras se hacen llamar “politólogos”. No sé de dónde salió el título en cuestión, si es un “paraguayismo” o si también se utiliza en otros lugares, ya que últimamente los disparates son ergaterram. Suena contundente, pero semánticamente no se ajusta a quienes lo ostentan.
Un politólogo, en rigor, debería ser un individuo con conocimientos e imparcialidad para opinar y teorizar sobre política. Y da la casualidad de que no hay uno solo que sea imparcial, ya que todos –absolutamente todos los que conocemos– tienen alguna afiliación o postura marcada.
Los hay liberales, los hay socialistas, los hay colorados, los hay capitalistas, los hay anarquistas, los hay estatistas; en fin, lo único que no conozco es alguien que no adhiera a una postura ideológica, aunque cambie de opinión, de partido, de carpa o de color de cristales. Lo cual es muy frecuente. Ya lo decía Pitigrilli: “Se nace incendiario y se muere bombero” (o viceversa). Y hasta el mismísimo Churchill reconocía que todos somos un poco socialistas en nuestras juventudes.
En resumen, lo que digo es que no se puede ser politólogo con camiseta.
Pero volvamos al caso de Efraín Alegre. Escuché afirmar rotundamente que su sobreseimiento respondía a un “mecanismo” utilizado para sacar de la cancha a posibles adversarios. Que incluso obedecía a un “manual”, cuyas instrucciones pasaban por endilgar algún supuesto papelerío, conversación telefónica o denuncia de algún arrepentido –o de la vecina de enfrente–, para que una Fiscalía cómplice diera curso a una causa judicial intencionalmente prolongada el tiempo necesario como para inhibir al adversario de participar en tal o cual contienda electoral.
Siguiendo ese mismo discurso, se citaron a varias supuestas víctimas de esos manejos. Lo notable es que en ningún momento se mencionó la artera campaña que –incluso con la complicidad de un embajador extranjero con mucho espíritu de vedette– logró perjudicar a Horacio Cartes, a su familia y a sus empresas.
Aquella maquinaria se movió de forma reiterada y constante, llegando a afirmar que Cartes tenía una causa penal abierta en los Estados Unidos y que en cualquier momento llegarían los pedidos de extradición.
Horacio Cartes no necesita que yo lo defienda: tiene sus abogados, sus medios y sus recursos. Pero vale la pena recordar que aquello llevó a sus empresas a quedar inhibidas de negociar con firmas y bancos norteamericanos, y ocasionó el receso e incluso el cierre de varias compañías del Grupo Cartes. Al margen de las pérdidas económicas, ese proceso tuvo un alto costo en fuentes de trabajo y en recaudaciones fiscales, ya que el grupo es uno de los mayores aportantes a la Dirección Nacional de Ingresos.
En resumen, pagaron el pato un importante número de trabajadores que se quedaron sin empleo, y el propio país, que perdió en recaudación.
En estos días, esa misma “maquinaria” anda queriendo morder al presidente Peña, con acusaciones tan ridículas como la denuncia de una exempleada doméstica que afirma haber visto en Mburuvicha Róga, debajo de una cama, una maleta con dos sobres, cada uno con 100.000 dólares. Eso es todo lo que tienen: la afirmación de la mucama.
Yo empezaría por preguntarme si el presidente Peña no tiene un ropero o algún mueble donde guardar dos sobres con dinero. ¿Una valija bajo la cama? ¡No se le ocurriría ni a Stroessner!