La comunidad se reunió con el corazón encogido para despedir a Tobías Suárez, el niño de 12 años que fue arrastrado por un raudal en San Lorenzo, dejando un vacío imposible de llenar.

Familias, vecinos, amigos y compañeros de escuela acompañaron a los padres en un momento de dolor profundo y silencioso, donde cada abrazo parecía sostener a quienes apenas podían contener las lágrimas.

El velorio se realizó en la casa familiar de la abuela materna, donde la gente llegó con flores blancas, globos y mensajes de cariño, expresando no solo tristeza, sino también solidaridad con la familia.

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Más tarde, el cortejo se trasladó a la Parroquia Santísima Cruz, donde se celebró la misa de cuerpo presente, marcada por un silencio que hablaba más que cualquier palabra.

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Inicia el doloroso momento en que el féretro de Tobías Ariel Suárez sale rumbo a la iglesia de Santísimo Cruz de Capiatá. Foto: Facebook

El mensaje

Entre los momentos más sentidos, las palabras de Reinaldo Suárez, el padre de Tobías, conmovieron a todos los presentes:

“Señor, te entrego de vuelta a tu hijo. Gracias, Señor, por estos 12 años de estar al lado de tu ángel y te lo vuelvo a entregar. Voy a hacer tu voluntad y no la mía, y la respeto. Gracias por darme fuerza, por escucharme, porque lo encontré, y hoy te pido perdón si he fallado en algo. Gracias por darme fortaleza, gracias por darme fuerza. Que no suceda más con ningún niño en el mundo, ni con nadie. Ten piedad de nosotros y del mundo entero. Gracias por darme esta fuerza que tengo, que sé que estás en mí, y aquí te traigo de vuelta al ángel que me prestaste por 12 años. Gracias”.

Sus palabras resonaron en la iglesia y entre los asistentes, muchos de los cuales se unieron en un murmullo de oración y llanto, dejando ver la dimensión del dolor y la fe que acompañaba la despedida.

Los compañeros de escuela y vecinos, con gestos de consuelo, recordaron a Tobías como un niño alegre, inquieto y querido por todos, y reclamaron que tragedias como esta no vuelvan a repetirse.

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Finalmente, el cortejo acompañó al niño hasta su última morada, en un cementerio de Capiatá, donde la comunidad, con un nudo en la garganta y manos entrelazadas, se despidió de un ángel que durante 12 años iluminó la vida de quienes lo conocieron. Fue un adiós cargado de amor, fe y esperanza.