EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Columnista
- alex.noguera@nacionmedia.com
En el mundo existen más de 8.000 millones de personas y la gran mayoría pasa por nuestra vida sin afectarnos en lo más mínimo. Tendemos a creer que, dentro de nuestro pequeño universo mental, somos el centro de todo; sin embargo, ni siquiera somos capaces de responder con claridad algunas preguntas propias tan simples que, de hacerlo, nos sorprenderían.
No vamos a complicarnos con interrogantes tan clásicas como de dónde venimos, a dónde vamos o qué fue primero, si la gallina o el huevo. Pero tal vez sí podamos responder a una menos solemne y más reveladora: ¿por qué cacarean las gallinas después de poner un huevo?
De entre todos los seres humanos, pocos son los que se detienen a buscar este tipo de respuestas y muchos menos los que llegan a encontrarlas. Por eso, antes de continuar, develamos esta incógnita que nos servirá como punto de partida para reflexionar.
En resumen, existen cuatro razones por las cuales una gallina cacarea tras poner un huevo: avisa al grupo que la misión está cumplida y que el nido queda libre para otra; al cacarear lejos del lugar, puede confundir a posibles depredadores; también expresa el alivio tras el esfuerzo físico realizado; y, finalmente, reafirma su presencia y estatus dentro del grupo, ya que la vida social de las gallinas es mucho más relevante de lo que solemos imaginar.
A partir de esta introducción, podríamos preguntarnos: ¿cuántos de nosotros cacareamos a diario sin darnos cuenta dentro de nuestro gallinero social? Resultaría ofensivo insinuar que las supuestas súper mentes humanas actúan como unas gallinas descerebradas. Y, sin embargo, basta con que alguien –por más democrático que se considere–opine sobre “el dictador” Stroessner o el genocidio del Mariscal López para que el cacareo se propague hasta el último rincón de las redes sociales.
Para quienes no lo recuerdan, durante las décadas de 1970 y 1980 existió en Asunción una directora de Cultura municipal apodada Ña Cultura. En aquellos años, el Estado paraguayo ejercía un control riguroso sobre las manifestaciones culturales. Películas, obras teatrales, espectáculos e incluso libros debían ser aprobados por la Comisión de Moralidad y Espectáculos Públicos.
Pensar algo así en pleno 2026 resulta casi una herejía contra las libertades actuales, comparable–con las debidas distancias–a la Santa Inquisición que, entre los años 1200 y 1475, condenó a la hoguera a mujeres inocentes acusadas de brujería. Aunque todavía haya quienes aseguren que existen.
La censura, como la ejercida por Ña Cultura, hoy es inaceptable y abiertamente retrógrada. Sin embargo, las noticias falsas y los reels manipulados con inteligencia artificial se mezclan con la realidad, y la mente colectiva, especialmente la de jóvenes aún sin criterio formado, navega entre mares de incertidumbre y peligros muy reales.
Esta misma semana, la primera dama de Brasil alzó la voz tras difundirse el caso de cuatro adolescentes que asesinaron con crueldad a “Orelha”, un perro callejero querido y cuidado por su comunidad. No se trata de un hecho aislado. Hace apenas dos días, la organización Olfateando Huella anunció que la perrita Canela será la primera en recibir una prótesis mandibular canina en Paraguay, luego de que a comienzos de año le explotaran un cebollón “por diversión”. Su compañero León, de 11 años, no sobrevivió a ese mismo “entretenimiento”, como tampoco otros tres perros víctimas de idéntica crueldad.
En medio de tantas libertades, sin embargo, este 26 de enero Francia anunció la restricción del uso de teléfonos móviles y redes sociales para jóvenes de hasta 15 años. Ña Cultura no tiene nada que ver con esto, pero el descontrol y sus consecuencias son evidentes.
Tal vez el verdadero problema no sea la opinión en sí, sino la ausencia de límites sobre cuándo, cómo y por qué cacareamos. Antes, el silencio era impuesto. Hoy, el problema es el exceso de ruido. Y entre tanto cacareo digital, la sociedad ya no logra distinguir si alguien hizo algo digno de celebrarse… o si simplemente aprendió a gritar más fuerte.