Por Adriana Bock, economista.

Desde las finanzas personales se viene insistiendo “desde siempre” respecto a la importancia de ahorrar, definiendo a esta práctica como la base fundamental para el logro de una vida financieramente más ordenada y sin (demasiados) sobresaltos, así como el hábito indispensable para la prevención, tanto del gasto irracional, como del endeudamiento excesivo.

No obstante, es necesario reconocer que la prédica del ahorro quedaría incompleta si limitáramos su importancia solamente al corto plazo, pues se perdería de vista lo verdaderamente atractivo y motivador que posee el acto de ahorrar, que consiste en el logro de metas a largo plazo.

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Pero, además, cuando al ahorro le sumamos el componente de la inversión, se genera una fuerza dinamizadora, tanto para la economía en general, como para nuestras finanzas personales en particular, ya que por medio de ella se logra un crecimiento patrimonial, una mayor solvencia y un mayor bienestar.

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Por otro lado, como el ahorro por sí solo genera escasa o nula rentabilidad, la inversión constituye la única manera de compensar la pérdida del valor adquisitivo del dinero, que se produce en el transcurso del tiempo, como consecuencia de la inflación.

Sin embargo, para la mayoría de las personas que solo ahorran, convertirse en inversionistas requiere de un cambio en su manera habitual de pensar, sentir y actuar con relación al dinero, así como de un mayor desarrollo de su inteligencia financiera y emocional.

Cabe destacar que ambas inteligencias son indispensables para la toma de decisiones y el consecuente logro de resultados tangibles, a lo largo del tiempo. Obviamente, la inteligencia financiera es necesaria para poder comprender las características y, sobre todo, las diferencias entre los distintos tipos de inversiones, de manera a poder elegir aquella que resulte más conveniente en determinado momento, o para determinado objetivo.

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En cuanto a la inteligencia emocional, esta es igualmente necesaria, pues toda decisión de inversión nos enfrenta al desafío de asumir riesgos, dado que estos son necesarios para obtener ganancias, pero evitando caer en extremos como el miedo paralizante o la imprudencia temeraria. Y no menos importante que lo anterior, es contar con una visión a futuro que nos impulse a abandonar la zona confort, para encaminarnos con determinación, hacia la conquista de una prosperidad sostenible.

Por lo tanto, esta suma de inteligencias, financiera y emocional, nos permite comprender que, cuando hablamos de inversiones, la palabra riesgo no es necesariamente sinónimo de peligro, toda vez que sepamos elegir adecuadamente, analizando qué beneficios, qué costos, y, sobre todo, qué respaldo otorga cada una de las alternativas a nuestra disposición.

Felizmente, en la actualidad existe una variedad de instrumentos, así como sistemas y planes accesibles y rentables, los cuales facilitan enormemente esos primeros pasos en el apasionante y gratificante mundo de las inversiones. En conclusión, ya no hay excusas para que todo ahorrista dé ese salto decisivo hacia su tranquilidad financiera, convirtiéndose en un inversionista.

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