A las 7:30 de la mañana del 7 de octubre de 2023, Maoz Inon recibió un mensaje espantoso de sus padres: terroristas de Hamás habían llegado al kibutz donde vivían.
En una llamada, Inon les dijo a sus padres que se cuidaran y que los quería. A las 7:45 llamó de nuevo. No le contestaron.
Inon, que vivía cerca de Nazaret, se enteró después de que sus padres, Bilha y Yakovi, fueron asesinados por un misil de Hamás en Netiv HaAsara, un kibutz ubicado a solo unos cientos de metros de Gaza. Su casa quedó reducida a cenizas.
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Después de los primeros días de shiva, el período de siete días de luto en el judaísmo, Inon y sus hermanos llegaron a una decisión: no se vengarían por la muerte de sus padres; lucharían por la paz.
“Si escogemos la venganza solo aumentaremos el ciclo de temor, odio y derramamiento de sangre en el que israelíes y palestinos hemos estado atrapados… Nuestra familia romperá este ciclo y creará un nuevo camino”, afirma Inon a la estudiante de periodismo, Ángela Osorio, quien a fines del año pasado, viajó a Israel para recoger testimonios de personas que resultaron afectadas por la guerra entre Israel y el grupo terrorista Hamás.
Mensaje de compasión y unidad
Desde entonces, Inon lanzó una campaña por la paz y escribió un libro junto al activista palestino Aziz Abu Sarah, quien también perdió a su hermano a causa del conflicto. Ambos han viajado por el mundo compartiendo un mensaje de compasión, unidad y paz.
Inon y Abu Sarah, junto con otros activistas de paz de la región, luchan por mantener la unidad pese a narrativas opuestas y profundas diferencias étnicas, religiosas y políticas en un conflicto que se extiende desde hace más de un siglo.
El camino hacia la paz
Inon, de 50 años, nació y creció en el kibutz Nir Am, a solo una milla de Gaza. Sin embargo, pese a la cercanía con la frontera, asegura que no conocía a ningún palestino ni a ningún gazatí.
Más tarde se mudó con sus padres a Netiv HaAsara y posteriormente a las cercanías de Nazaret, donde vive actualmente. En el kibutz, su padre trabajaba como agricultor y su madre como pintora.
Cada tarde, su padre le hablaba de los desafíos de cultivar la tierra: sequías, insectos e incendios.
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“Pero el próximo año volveré a cosechar”, solía decir. “Porque el próximo año será un año mejor”.
Inon afirma que esa enseñanza lo preparó para afrontar el dolor de perder a sus padres y continuar con su misión por la paz.
“Sabemos que el próximo año será mejor”, añade. “La humanidad ha superado muchas crisis, muchas pérdidas y muchas tragedias, y lo volveremos a hacer”.
Antes y después del 7 de octubre
Antes del 7 de octubre, Inon trabajaba como empresario turístico. En 2005 abrió la primera casa de huéspedes en la Ciudad Vieja de Nazaret, una ciudad mayoritariamente árabe y tradicionalmente menos visitada por turistas. En 2007 impulsó el Camino de Jesús, una ruta de senderismo que recorre Galilea y conecta comunidades judías, cristianas y musulmanas.
También fundó Abraham Hostels, una empresa turística que recibe a unos 8.000 visitantes al mes, con el objetivo de tender puentes entre judíos, cristianos y árabes.
Inon relata que un viaje a Ecuador, donde convivió con una comunidad indígena, lo inspiró a dedicarse al turismo, al darse cuenta de que conocía mucho sobre otras culturas, pero casi nada sobre los palestinos.
“Durante 30 años vivimos entre muros de ignorancia… y cuando hay ignorancia, hay temor. Cuando hay temor, hay odio. Y cuando hay odio, hacemos cosas horribles a los demás y a nosotros mismos”, reflexiona. “Por eso quisimos usar el turismo como una herramienta para atravesar esos muros”.
Comprensión y humanización
Para ampliar la comprensión mutua y humanizar al otro, israelíes y palestinos deben conocerse, sostiene Inon.
“Son dos comunidades segregadas”, explica. “Para construir un futuro compartido, tenemos que conocernos… Hay más de una narrativa en Tierra Santa, y solo cuando empezamos a hablar de ellas comenzamos realmente a comprendernos. Entonces aprendemos que el otro lado también sufre”.
Una noche, tras la muerte de sus padres, Inon tuvo una visión: soñó que otras personas lloraban junto a él y que sus lágrimas caían sobre los cuerpos heridos, sanándolos. A partir de ese momento, decidió convertir esa imagen en una misión concreta.
“Si quiero sanar, tengo que elegir este camino”, afirma.
Inon escribió El futuro es paz: un viaje compartido por Tierra Santa junto a Abu Sarah, cuyo hermano murió en una cárcel israelí en 1990.
El libro, que se publicará en abril, propone una experiencia de ocho días recorriendo Tierra Santa y su historia política, religiosa y cultural, marcada por la división, pero también por momentos de unidad, y concluye con una visión de futuro.
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El objetivo de ambos activistas es alcanzar la paz entre israelíes y palestinos para el año 2030. Para ello, señalan, es necesario construir alianzas y coaliciones, transformar la política y generar la voluntad política necesaria para la paz.
“En el momento más oscuro de nuestras vidas, no vamos a rendirnos”, sostiene Inon.
Ambos han participado en numerosas entrevistas televisivas y en eventos internacionales, como un encuentro por la paz en Verona, Italia, donde se reunieron con el papa Francisco.
“Necesitamos invertir en la humanidad, en la igualdad, en la convivencia y en la reconciliación”, afirma Inon. “Si seguimos invirtiendo en guerras y permitimos que el temor y el odio crezcan, lo que cosecharemos será más derramamiento de sangre”.
El trabajo de reconciliación en Nazaret
En Nazaret, la mayor ciudad árabe de Israel, con una población de alrededor de 60.000 habitantes, también se libra una lucha silenciosa por la unidad y la paz.
Aunque la mayoría de sus residentes son musulmanes, se estima que entre el 30 y el 35 % son cristianos, según la Biblioteca Virtual Judía. A solo dos millas se encuentra la ciudad judía de Nof HaGalil, anteriormente conocida como Nazaret Illit.
En este crisol de culturas, con tensiones latentes entre los tres grupos, un sacerdote cristiano palestino trabaja para promover la reconciliación.
Nael Abu Rahmoum, sacerdote de la Iglesia Anglicana de Nazaret, destaca la importancia de la igualdad y de reconocer la humanidad en el otro.
“Antes de hablar de judaísmo, cristianismo o islam, empezamos por la humanidad”, explica. “Respetar y honrar a cada persona, porque creemos que todos fuimos creados a imagen de Dios”.
Su iglesia mantiene una activa labor comunitaria con programas para familias, mujeres y niños, con la esperanza de reducir las brechas entre los habitantes de la ciudad y avanzar hacia la reconciliación.
Durante la guerra, Rahmoum invitó a un grupo de rabinos reformistas a dialogar sobre la reconciliación.
“Lo que ocurrió durante la guerra fue que incluso algunos amigos que se consideraban activistas por la paz desaparecieron o guardaron silencio… algunos incluso apoyaron la guerra, y eso no fue fácil de aceptar para mí”, confiesa.
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El sacerdote aboga por el fin de toda violencia y por el inicio de la reconstrucción de la Franja de Gaza.
“Con la guerra y la violencia, aquí y en el mundo, a veces perdemos nuestra humanidad… necesitamos volver a la base de que todos somos iguales ante Dios”, añade.
Por ahora, Rahmoum y su congregación de unas 500 personas continúan comprometidos con la comunidad, organizando actividades como campamentos juveniles en Cisjordania, Galilea y Jerusalén.
“Creo que ha llegado el momento de que cada fe y cada religión aporten lo mejor de sí para contribuir a la paz”, concluye. “Si usamos nuestra fe de manera positiva, tal vez ahí esté la solución”.

