Un grupo de jóvenes israelíes en Chipre canta ruidosamente, ríe y grita de alegría con la aparición del arcoíris. Pero lo que los llevó allí es un trauma abrumador. “Parecemos felices, pero dentro no lo estamos”, dice Tamar, de 23 años, superviviente de los ataques de Hamás del 7 de octubre, con la mano en el corazón mientras intenta encontrar las palabras adecuadas.

Es difícil contar su historia, reconoce la joven, “porque el resto de la gente no puede entenderlo”. Esta profesional del marketing, que prefiere no aparecer con su nombre completo, participa junto a otros compatriotas en un programa en esta isla mediterránea para ayudarles a superar los horrores vividos.

Sobrevivieron al ataque de Hamás en el festival de música Supernova, donde los milicianos islamistas mataron a más de 270 personas como parte de una incursión en el sur de Israel que dejó 1.200 muertos, según las autoridades israelíes.

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Los asistentes al festival fueron llevados a Chipre por Yoni Kahana, de 35 años y propietario del resort Secret Forest en las montañas cerca de la ciudad de Pafos, donde ha puesto en marcha un programa de tratamiento gratuito con la ayuda de IsraAID, una importante ONG israelí. “La principal ventaja es el silencio”, dice a la AFP Tal Nehushtai, de 29 años. “Aquí nadie habla de la guerra, es pura sanación al máximo nivel”.

La tranquilidad de las montañas chipriotas contrasta crudamente con la situación en Gaza, a apenas 400 kilómetros, donde la represalia israelí para “aniquilar” a Hamás ha matado más de 11.500 personas, en su mayoría civiles, según el gobierno del movimiento islamista que controla el territorio. Los jóvenes israelíes han intentado dejar de lado sus traumas, aunque sea brevemente.

Celebrar la vida

Cada grupo de 50 supervivientes se aloja cinco días en el resort. Kahana explica que tienen 1.400 inscritos y que 200 ya se han beneficiado del programa. En él les ofrecen sesiones de terapia individuales y grupales, además de tratamientos alternativos como ejercicios de meditación inspirados en la tradición judía, el yoga y talleres de manualidades.

Los participantes también pueden someterse a tratamientos contra la adicción. Los terapeutas del programa explicaron a la AFP que muchos de los asistentes al festival estaban bajo el efecto de las drogas durante el ataque. Algunos sufren ahora por la dependencia de los narcóticos.

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Para muchos de los supervivientes, pasar tiempo con personas que han vivido lo mismo es de una gran ayuda. El lunes por la noche, el grupo organizó una fiesta en los bajos del hotel hasta la mañana siguiente, como hicieron el 7 de octubre. “Nos gusta bailar, sentir este amor, esta felicidad, celebrar la vida”, dice Lior Auvgang, un joven de 26 años alto y con una poblada barba pelirroja. Auvgang dice que fue uno de los primeros en darse cuenta de que el festival Supernova, cerca de la Franja de Gaza, estaba siendo atacado.

Recuerda que, al ir al baño, vio un gran número de cohetes. Auvgang, un ex enfermero militar, pasó más de dos horas ayudando a atender a los heridos. La presencia de hombres armados de Hamás lo obligó a huir a un bosque y a esconderse durante siete horas, en las que tuvo tiempo de enviar un mensaje de despedida a su madre. Dos de sus amigos murieron en el ataque, y otros dos fueron secuestrados y llevados a Gaza.

Ataques de pánico

Aunque algunos están bien dispuestos a hablar, otros siguen traumatizados y se pasean por el hotel con mantas para protegerse del fresco. Las conversaciones y paseos a menudo se ven interrumpidos por abrazos largos y emotivos. Nehushtai, trabajador agrícola y tatuador, es uno de los más habladores. Cuenta la huida campo a través, para evitar a los milicianos de Hamás y sus balas, cómo tuvo que esconderse en unos tubos de cemento y finalmente entre unos naranjos, durante seis horas, para escapar a la masacre.

Cuando los hombres de Hamás encontraron su coche y empezaron a merodear entre los árboles, pensó, al igual que sus amigos, que su muerte era inminente. “Vimos sus piernas y sus caras. Si movíamos cabeza, nos oirían, así que me limité a seguirlos con la mirada”, cuenta a AFP. “Fue un milagro” que no los vieran, asegura. Pese a la horrible experiencia, muchos de los supervivientes retomaron su vida poco después.

Tamar dice a AFP que después de una semana recluida en su casa, pero luego se presentó como reservista ante la defensa aérea para ayudar a manejar el sistema de antimisiles Cúpula de Hierro, que protege a Israel de los cohetes de Hamás. Cuenta que la ayudó a sentir que recuperaba el control, después de verse huyendo, desprotegida, de los disparos de Hamás. Pero cuando hizo ejercicios con armas de fuego, los disparos le causaron un ataque de pánico.

Fuente: AFP.

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