Gabriela Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
Cerrar los ojos al final de una larga jornada laboral en Asunción suele venir acompañado de un cansancio profundo que va mucho más allá de lo físico. En los pasillos de nuestras empresas se escucha constantemente ese triste murmullo o queja de “no doy más” o el sentimiento de que en el trabajo solo importan los números y no la gente.
Exigimos resultados extraordinarios todos los días, pero muchas veces olvidamos que detrás de cada meta alcanzada hay personas de carne y hueso. La prisa por cumplir nos lleva a levantar muros invisibles llenos de jerarquías y distancia, cuando la verdadera necesidad en el mundo de los negocios actual es frenar un poco, volver a mirarnos a los ojos y liderar desde la cercanía.
Este dolor que sentimos en las organizaciones ya no es una simple percepción, sino una realidad que los datos nos ponen enfrente con mucha fuerza.
La Organización Internacional del Trabajo nos viene advirtiendo que el estrés y la sobrecarga laboral están enfermando de forma crónica a los equipos. Si miramos a nuestro propio país, las cifras de la consultora ICA revelan que el 51 % de los paraguayos señala a su empleo como la principal fuente de estrés en sus vidas.
Estamos hablando de que más de la mitad de nuestra fuerza productiva trabaja con el peso de la ansiedad sobre los hombros. No es un problema menor ni algo que podamos seguir postergando; nos enfrentamos a una epidemia silenciosa que apaga el talento y marchita el entusiasmo de nuestra gente.
El desgaste emocional también golpea con dureza los resultados financieros. La ciencia organizacional demuestra que el ausentismo y la baja productividad causados por el estrés le cuestan al mundo cerca del 1,37 % del Producto Interno Bruto global.
Frente a esto, muchos directorios cometen el error de creer que el equilibrio se soluciona con una charla motivacional de una tarde o un examen aislado. La salud integral no se compra con un evento; se construye todos los días en la forma en que un líder habla, escucha y sostiene a su equipo. La calidad de nuestro liderazgo es el factor que más influye en la salud mental de las personas que nos rodean.
El gran desafío de quienes estamos al frente de una empresa no consiste en presionar hasta el límite para alcanzar el objetivo del mes, sino en crear un espacio de seguridad psicológica.
Necesitamos derribar de una vez por todas el viejo modelo del jefe que controla todo y castiga el error. Cuando un colaborador siente que puede proponer una idea o equivocarse sin el temor a ser juzgado, activa su compromiso más genuino y su creatividad más pura. Cuidar la salud mental y guiar con humildad no nos hace débiles como empresarios, al contrario, nos da el cimiento más sólido y humano para crecer con fuerza.
Apostar por la empatía jamás va a significar descuidar la rentabilidad del negocio. Significa comprender que los mejores resultados del mañana siempre van a nacer de personas que se sientan valoradas, empoderadas, respetadas y acompañadas hoy.
La próxima vez que camines por los pasillos de tu oficina, te invito a hacer una pequeña pausa, mirar a tu alrededor y preguntarte con intencionalidad si tus decisiones diarias están construyendo un refugio seguro para tu gente o si estás alimentando ese rumor latente que destruye el bienestar y consume la cultura de la empresa.