Ella sí que es un verdadero ejemplo de vida. Se trata de Kate Orchard, quien con 99 años volvió a pilotar una aeronave luego de la Segunda Guerra Mundial, ya que en aquel entonces, entre 1941 y 1945, prestó servicio en la Fuerza Aérea Auxiliar Femenina en la India.
Pero en esta ocasión vuela en los cielos despegando desde el Seahawk Gliding Club, un aeródromo cerca de Helston. La veterana es reconocida como eminencia debido a su gran labor desempeñada como aviadora con apenas 20 años; además de haber realizado trabajos de identificación de los aviones enemigos, con el objetivo de eliminarlos.
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El caso es que ahora Orchard volvió a tomar el mando de un planeador, pero con fines benéficos; es decir, con el objetivo de recaudar fondos para una entidad que cuida y apoya a veteranos de guerra llamada “Help for Héroes”, lo que finalmente resultó siendo todo un éxito.
De acuerdo a diversos medios internacionales, Orchard manifestó respecto al acontecimiento: “Creo apasionadamente que es muy importante que todos los exmilitares sean atendidos. Especialmente aquellos lo suficientemente desafortunados como para tener lesiones físicas o psicológicas”.
Mientras que el gerente de recaudación de fondos de la mencionada organización, John Carpenter, expresó: “Kate es una dama verdaderamente increíble, llena de espíritu, pero supongo que no debemos esperar menos de la generación que nos sirvió tan bien durante nuestros días más oscuros. Solo podemos agradecerle desde el fondo de nuestros corazones”.
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La tragedia de las enfermeras niñas de las cuevas de Okinawa
- Juan Carlos dos Santos G.
- X: @Juancads
- Fotos: Juan Carlos dos Santos G.
Entre la oscuridad de las cuevas y el eco de los bombardeos, las jovencitas de Himeyuri curaban heridas ajenas mientras perdían la mejor parte de sus vidas. Hoy, su memoria sigue iluminando el camino de la paz.
Pese a que el programa de mi visita al Japón tenía un perfil orientado a la geopolítica, fue imposible dejar pasar la experiencia profundamente emotiva que viví al recorrer el Museo de la Paz Himeyuri, en la isla de Okinawa.
Este lugar está dedicado a preservar la memoria de aquellas niñas y adolescentes okinawenses que abandonaron sus aulas para tomar parte activa en la guerra, especialmente en la defensa de Okinawa.
Mientras Fumiko, guía y sombra durante mi estadía de una semana en Japón, visiblemente emocionada me relataba lo que sabía sobre estos hechos ocurridos casi al final de la Segunda Guerra Mundial, mi mente no dejaba de comparar lo vivido por estas niñas con la tragedia de aquellos infantes paraguayos que se inmolaron el 16 de agosto de 1869 en Acosta Ñu, durante la guerra contra la Triple Alianza.
Aunque existan muchas diferencias entre ambos episodios, los dos grupos de menores dejaron atrás su infancia y adolescencia para sumirse en sangrientos enfrentamientos que les arrebataron la vida. Y a quienes lograron sobrevivir, les negaron el futuro.
EL LLAMADO
Cerca de la medianoche del 23 de marzo de 1945, 222 estudiantes y 18 profesores de la Escuela Normal Femenina de Okinawa y de la Primera Escuela Secundaria de Niñas recibieron el anuncio de que habían sido incorporados a las unidades del Hospital de Campo del Ejército.
Este hospital se encontraba en un complejo de cuevas, bajo la colina ligeramente inclinada de Haebaru, un pueblo distante a 5 km de Naha, la principal ciudad de Okinawa.
La cueva principal estaba conectada a través de túneles con otras 40 cuevas más pequeñas. Las salas del hospital tenían las paredes de barro expuestas y estaban inundadas de olores indescriptibles de sangre, pus y desechos corporales, junto con los gemidos y gritos de dolor de los soldados heridos.
Las estudiantes no solo debían atender a los pacientes, sino también trasladar agua y alimentos fuera de la cueva, entregar mensajes y enterrar a los muertos. Estas tareas eran extremadamente peligrosas, pues quedaban expuestos al fuego cruzado entre soldados japoneses y estadounidenses. Las niñas y sus maestros creyeron que, al incorporarse como enfermeras, vestirían el uniforme o el escudo de la Cruz Roja, pero la realidad fue muy distinta: fueron lanzadas a un frente de guerra infernal, entre proyectiles y balas.
ENTRE LA OSCURIDAD Y LA HUMEDAD
Dentro de las cuevas reinaba la oscuridad total, el aire era húmedo y viciado. Se alimentaban con pequeñas bolas de arroz, del tamaño de una pelota de ping pong. Dormían de pie y sufrían las condiciones más inhumanas, sumando a ello su menstruación y la falta de higiene, que convertían aquel entorno en un auténtico infierno.
La forma en que permanecían hacinadas e insalubres dio lugar a la aparición de la llamada fiebre de la cueva que, junto con la pérdida de peso, las debilitó aún más. No tardó en aparecer también el tétano, agravando la tragedia.
La museografía reproduce el testimonio de una de las sobrevivientes, Haru Furugen, que entonces tenía 19 años, asignada a la primera unidad quirúrgica:
“Nos turnábamos y me tocó ir más profundo para extraer un cuerpo. Tuve dificultades para sacarlo porque estuvo mucho tiempo tirado y se había hinchado. Me ayudaron a ponerlo en una camilla y, cuando el bombardeo se detuvo por un corto tiempo, lo llevamos afuera, lo arrojamos en un cráter de bomba y lo cubrimos hasta que no se lo vio más. Estaba lloviendo; como no comíamos, tambaleábamos cargando la camilla, pero de alguna manera nos mantuvimos en pie mientras las bombas de los barcos volvían a llegar. Simplemente no podía creer que estuviéramos vivas. Al día siguiente tuvimos que sacar otro cuerpo y las piernas del hombre que habíamos enterrado sobresalían del barro”.
DE LA ENFERMERÍA A LA CIRUGÍA
A medida que los combates se intensificaban, la Unidad de Medicina Interna fue abolida y convertida en la Segunda Unidad de Cirugía.
“Nuestro trabajo era sujetar los brazos y las piernas que iban a ser amputados. El analgésico era, generalmente, una inhalación de éter”, recordó Haru.
ELLA CONTINUÓ RELATANDO:
“Presioné el brazo de un paciente al que el médico iba a cortar. Fue aterrador. La mano fue amputada y aún sostenía la mía. Esas manos y piernas estaban calientes; las envolvíamos con trapos y las arrojábamos a un contenedor de residuos”.
En la noche del 18 de junio de 1945, las alumnas convertidas en enfermeras recibieron la orden de desactivar el hospital. Se les dijo que, desde ese momento, podían cuidarse por sí mismas. Los maestros que las acompañaban les dieron un consejo:
“No tengan prisa por suicidarse; encuentren un lugar seguro y permanezcan allí”.
Nadie quería abandonar las cuevas, porque no sabían adónde ir, pero el caos las obligó a huir.
RECUPERANDO LA NORMALIDAD
Las historias narradas por las sobrevivientes tienen un carácter espeluznante. De las 222 alumnas, 136 murieron durante la batalla o poco después, ya fuera por bombardeos, suicidios forzados, falta de alimentos y medicinas, o por órdenes del Ejército japonés, que las instaban a no rendirse.
Las estudiantes que sobrevivieron al último bombardeo de Okinawa continuaron sus vidas en campos de prisioneros de guerra. Lentamente, sus existencias fueron recuperando cierta normalidad, pero cargaron siempre con una culpa insoportable por haber sobrevivido a sus compañeras.
La mayoría permaneció en silencio durante décadas. Sin embargo, la historia de Himeyuri fue llevada a novelas y películas. Con el tiempo, algunas de ellas fueron convencidas de compartir sus testimonios y ayudaron a establecer el Museo de la Paz Himeyuri, como legado y advertencia a las nuevas generaciones.
Hoy, Himeyuri es un sitio de visita obligada para los estudiantes secundarios de todo Japón.
Mientras recorría el museo y observaba a decenas de adolescentes, de no más de 15 años, conmoverse y llorar al leer las historias proyectadas en las pantallas, me pregunté:
¿Cuándo será el día en que en Paraguay honremos, con un museo semejante, a nuestros niños héroes de Acosta Ñu?
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Nagasaki recuerda 80 años de la bomba atómica con el repicar de campana y mensaje de paz
Nagasaki guardó este sábado un minuto de silencio en el momento en el que hace 80 años una bomba atómica cayó sobre esa ciudad japonesa, en una ceremonia en la que la campana restaurada de una iglesia repicó por primera vez desde aquel ataque.
El 9 de agosto de 1945, a las 11:02 locales y tres días después del ataque en Hiroshima, Nagasaki sufrió el horror del arma nuclear lanzada por Estados Unidos. Unas 74.000 personas perdieron la vida en ese puerto del suroeste del país asiático, sumándose a las 140.000 víctimas de Hiroshima.
“Han pasado 80 años, ¿quién hubiera imaginado que el mundo se convertiría en esto? ¡Detengan inmediatamente los conflictos armados!”, exhortó el alcalde de la ciudad, Shiro Suzuki, durante la ceremonia ante los representantes de más de 100 países.
“Los enfrentamientos se intensifican en diversos lugares debido a un círculo vicioso de confrontación y división. Una crisis que puede amenazar la supervivencia de la humanidad, como una guerra nuclear, se cierne sobre todos los que vivimos en este planeta", añadió bajo una lluvia torrencial que cesó para el minuto de silencio.
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Esta nutrida participación internacional, que batió todos los récords, se vio marcada por la presencia de Rusia, que no había sido invitada desde su invasión de Ucrania en 2022. Israel, cuyo embajador tampoco fue invitado el año pasado en protesta por el conflicto en Gaza, lo que provocó el boicot de la ceremonia por parte de los representantes de los demás países del G7, también estuvo presente.
Hiroshi Nishioka, un superviviente de 93 años que se encontraba a solo 3 kilómetros del epicentro, testificó ante todos los participantes sobre el horror que vivió cuando era adolescente. “Incluso los más afortunados (que no sufrieron heridas graves) empezaron poco a poco a sangrar por las encías y a perder el pelo, y murieron uno tras otro”, recordó. "Aunque la guerra había terminado, la bomba atómica trajo consigo un terror invisible“.
“Acontecimientos reales”
Símbolo de esta conmemoración, la campana de la imponente catedral de la Inmaculada Concepción, edificio que fue destruido por el estallido, sonó por primera vez en 80 años. La iglesia de ladrillo rojo, flanqueada por dos campanarios, se alza en lo alto de una colina de la ciudad. Fue reconstruida en 1959 después de que la original hubiera quedado destrozada a unos cientos de metros de allí.
Solo una de sus dos campanas fue encontrada entre los escombros. Para su sacerdote principal, Kenichi Yamamura, esta restauración “muestra la grandeza del ser humano, la prueba de que las personas que pertenecen al bando que ha herido a otro pueden algún día querer redimirse”.
“No se trata de olvidar las heridas del pasado, sino de reconocerlas y actuar para repararlas, reconstruir y, así, trabajar juntos por la paz”, añadió a la AFP. Akio Watanabe, un habitante sexagenario de Nagasaki, se emocionó hasta quedarse sin voz al escuchar las dos campanas al unísono en medio de la misa a la que entre 200 o 300 personas acudieron este sábado como parte del memorial.
“Se puede decir que es un símbolo de reconciliación”, consideró. “La abolición de las armas nucleares parece algo muy lejano. Pero con este tipo de esperanza, avanzando paso a paso, podemos creer que los seres humanos podrán, algún día, abolirlas por completo”.
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El proyecto de restauración fue llevado a cabo por un profesor universitario estadounidense cuyo abuelo participó como médico en el Proyecto Manhattan, que dio lugar a las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial. James Nolan, maestro de sociología en Massachusetts, recaudó 125.000 dólares en Estados Unidos.
Los dos bombardeos atómicos dieron el golpe de gracia a Japón, que se rindió el 15 de agosto de 1945, poniendo fin a la segunda gran guerra. Sin embargo, los historiadores siguen debatiendo si esos ataques realmente permitieron salvar más vidas al acelerar el fin del conflicto, frente al calvario de los “hibakusha”, como se conoce a los supervivientes de la bomba víctimas de discriminación y expuestos a un mayor riesgo de desarrollar ciertos tipos de cáncer.
Fuente: AFP
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Segunda Guerra Mundial: Dorothea Barron, veterana de 100 años enseña yoga
- Harlow, Reino Unido. AFP.
La británica Dorothea Barron recuerda su inmenso alivio en mayo de 1945. “Gracias a Dios”, la Segunda Guerra Mundial había terminado, relata esta veterana de la Marina, que contribuyó al desembarco de Normandía y que con 100 años es profesora de yoga. Cuando Europa conmemora el 80º aniversario de la victoria de las fuerzas aliadas sobre la Alemania nazi, el 8 de mayo, ella forma parte del número cada vez más reducido de veteranos que pueden compartir su experiencia del conflicto.
"Nos dijeron: ‘pueden quedarse con su uniforme. Aquí tienen cupones para comprar ropa, comida. Pueden regresar a casa’“, recuerda Dorothea, al evocar su desmovilización. Tenía apenas 20 años, ningún lugar al que ir, y no se daba cuenta de que la posguerra aún estaría marcada por la privación en un Reino Unido “arruinado”.
La mujer habla de “años terriblemente difíciles”. “No diría que éramos infelices, pero era una época llena de incertidumbre”, explica. Ochenta años después, Dorothea Barron relata con orgullo, en escuelas y medios de comunicación, esos años de guerra y reconstrucción. Además, cada lunes por la mañana, Dorothea Barron da una clase de yoga en su pueblo, cerca de Harlow, al norte de Londres.
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Envidia de sus alumnos
Mientras da instrucciones, su estado de forma es la envidia de sus diez alumnos, de edades comprendidas entre 20 y 95 años. Hace 60 años que enseña yoga. “Me siento bien, relajada”, dice Dorothea. “Le encanta conocer gente y podría vivir aún varios años”, cuenta Suzy, una de sus alumnas. Dorothea celebró sus 100 años en octubre de 2024 volando en un Spitfire, avión de la Royal Air Force que desempeñó un papel crucial en la batalla de Inglaterra, en 1940, contra la Luftwaffe alemana.
“Fue maravillosamente emocionante”, dice, entre carcajadas, la mujer centenaria. Con ese nivel de energía habiendo superado los 100 años, es fácil imaginar su determinación a los 18, cuando decidió unirse a la Marina, como había hecho su hermana antes que ella. “Ni hablar de que los nazis se apoderaran de nuestro país”, suelta, con firmeza, Dorothea.
Pero su estatura le impedía ingresar en la Marina. Era demasiado baja. “Hice trampa”, confiesa, sin ocultar su alegría. Dorothea se puso plantillas de cartón en los zapatos y extendió su cabello encima de su frente para parecer más alta. Entre los cometidos que se le adjudicaron en la Marina estaba enseñar a las tropas a comunicarse con señales ópticas y en código morse con los barcos.
Otra de sus misiones era ayudar a probar las plataformas Mulberry, puertos artificiales temporales construidos por los aliados, específicamente para el desembarco de Normandía, compuestos de elementos prefabricados en Reino Unido y transportados a las costas francesas.
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“Había hecho algo útil”
Pero Dorothea no sabía en ese momento para qué se utilizarían las estructuras. “Estaba estipulado que no podíamos hacer preguntas. Solo podíamos decir ‘Buenos días’”, explica. Solo después de la guerra se dio cuenta de que esas plataformas habían sido usadas en el desembarco de Normandía. “Me encantó. Pensé que había hecho algo útil”, afirma. Durante la guerra conoció a su marido Andrew, que estaba en la Royal Air Force, con el que tuvo dos hijas.
Dorothea, que es abuela y bisabuela, fue profesora de arte en una escuela primaria hasta su jubilación en los años 80. Andrew falleció en 2021, pero Dorothea no deja de hablar de él, todavía profundamente enamorada. Pocas cosas hacen borrar la sonrisa de la boca de Dorothea y una de ellas es la actualidad. “Nadie gana nunca una guerra”, dice, preocupada por el conflicto en Ucrania y por las tensiones en otras partes del mundo.
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Segunda Guerra Mundial: mujeres de la resistencia francesa se reúnen 80 años después
- Washington, Estados Unidos. AFP.
Apoyaron la resistencia francesa contra la ocupación nazi en sus años mozos y 80 años después de ser liberadas de un campo de concentración rememoraron viejos tiempos. “Me hace gracia verte”, dice Renée por videoconferencia a su amiga del otro lado del Atlántico. Renée Guette tiene 98 años. Su amiga, Andree Dupont, a la que llama Dédée, uno menos.
La última vez que se vieron fue en abril de 1945, durante la liberación de un centro de trabajo anexo al campo de concentración de Buchenwald, en Alemania, a donde habían sido deportadas en junio de 1944 por actos de resistencia contra el ocupante alemán. La primera vez que hablaron fue en abril.
“Renée, me conmueve mucho volver a verte”, dijo Dédée con voz temblorosa. “Te envío un fuerte beso, mi niña”, añadió lanzando un beso con la mano. “¿A ti también te vuelven (a la mente) los recuerdos?, preguntó Dédée a Renée, que vive en Estados Unidos desde los años 70. “¡Ay sí! Y eso que estoy lejos; no me lo quito de la cabeza. Hay demasiadas cosas que no podemos expresar”, contestó.
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Días antes de la celebración del 80º aniversario del Día de la Victoria en Europa, que marca el final de la Segunda Guerra Mundial en el continente, las mujeres compartieron su emotiva historia de sacrificio y sufrimiento. Ambas nacieron en 1927 y se criaron en pueblos franceses separados por unos 350 kilómetros.
Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Francia por la Alemania nazi, las adolescentes de apenas 16 años se unieron a las redes de resistencia de sus pueblos en 1943. Dédée se convirtió en “oficial de enlace” transmitiendo mensajes -y a veces armas- a través de la región de la Sarthe (oeste) con su bicicleta. Era guapa y rubia, dos condiciones que se creían ideales para la labor.
Un día, recuerda, “llevaba una toalla con un revólver desmontado dentro, y sonreía al pasar junto a los alemanes”. Renée era una empleada de correos que pasaba de contrabando cupones de racionamiento y mensajes a los combatientes de la resistencia.
Deportadas
En abril de 1944, Dédée fue detenida junto con otros resistentes: 16 en total, incluidos su padre y su tía. “Estaba doblando la ropa hacia las 10 de la noche. Oí golpes en las puertas y supe enseguida lo que estaba pasando”, relató. Renée fue detenida cuatro días después por un agente francés de la Gestapo, la policía secreta de la Alemania nazi.
“Me dijo: ‘Así que una jovencita de buena familia se extravió’”, recuerda. “Y yo le contesté, para hacerle entender, que él también se extravió. Me dio una bofetada”. Las dos adolescentes se conocieron en una prisión de Romainville, cerca de París, donde se enteraron del desembarco. “¡Pensábamos que estábamos salvadas! Pero los alemanes nos necesitaban para trabajar en las fábricas de guerra”, explica Renée.
El 25 de junio de 1944, Renée Guette, con el número de prisionera 43.133, llegó al campo de trabajo “kommando HASAG-Leipzig”, en el mismo bloque que Dédée -número 41.129-, donde casi 5.000 mujeres habían sido deportadas para fabricar armas.
Recuerdan cómo trabajaban de noche, cómo usaban papel de periódico entre la ropa y la piel para protegerse del frío, del cabello infestado de piojos, de las palizas que daban los alemanes, de los cuerpos desnudos apilados de aquellas que no sobrevivían. “Realmente nos hicieron muchas maldades”, dice Renée. De su deportación conserva objetos fabricados en secreto: un broche de alambre y horquillas para el pelo.
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Hotel Lutetia
A mediados de abril de 1945, los nazis evacuaron el campo de Leipzig. Los deportados comenzaron las “marchas de la muerte”. Renée recuerda haber caminado durante días y noches, con los pies sangrando. Se alimentaba de semillas y patatas. Recuerda el Elba, en el que se lavó por primera vez en meses, y el silbido de una bala cerca de su oreja izquierda durante los enfrentamientos entre los “Boches”, término despectivo para los alemanes, y los estadounidenses.
Cuando llegó al hotel Lutetia, convertido en un centro de acogida en París para los exiliados de guerra, Dédée se reunió con su madre. Su padre, también deportado, sobrevivió, pero su tía murió gaseada. Renée tomó el tren de vuelta a Beffes. “Había soldados franceses, tenía miedo”, recuerda.
“Sabes, Dédée, cuando llegué, no estaba segura de estar en casa. ¿A ti también te pasó?” “Yo supe que había vuelto cuando vi el campanario de mi pueblo”, le respondió su amiga. Renée ya no viaja a Francia, pero le encantaría volver a ver a Dédée. “Un beso, Dédée, quizá nos veamos allí arriba”, dijo antes de colgar.