¿Por qué las familias de los países ricos tienen menos hijos? ¿Por qué las empresas de los países pobres a menudo proporcionan alimento a sus trabajadores? ¿Por qué cada nueva generación pasa más tiempo en la escuela que la anterior? ¿Por qué han aumentado las ganancias de los trabajadores altamente calificados, aunque su cantidad también se ha incrementado? ¿Por qué las universidades deben cobrar?

Estas son preguntas muy diversas. Las respuestas a algunas de ellas pueden parecer intuitivas, pero otras son más desconcertantes. Para Gary Becker, un economista estadounidense que murió en el 2014, hay un común denominador en todas ellas: el capital humano.

En palabras simples, el capital humano se refiere a las habilidades y cualidades que hacen que las personas sean productivas. El conocimiento es el más importante de estas, pero otros factores, desde un sentido de la puntualidad hasta el estado de salud de alguien, también importan.

Por lo tanto, la inversión en capital humano se refiere principalmente a la educación, pero también incluye otras cosas: la inculcación de valores por parte de los padres, por ejemplo, o una dieta saludable. De la misma manera que invertir en capital físico (ya sea en la construcción de una nueva fábrica o en la modernización de las computadoras) puede rendirle frutos a una empresa, las inversiones en capital humano también brindan resultados a las personas. Las ganancias de la gente bien educada son generalmente más altas que las del resto de la población.

Todo esto puede parecer obvio. Desde Adam Smith en el siglo XVIII, los economistas observaban que la producción dependía no solo del equipo o de la tierra, sino también de las capacidades de las personas. Sin embargo, antes de los años 50, cuando Becker examinó por primera vez los vínculos entre la educación y los ingresos, se reflexionaba poco sobre cómo esas habilidades se ajustaban a la teoría económica o a las políticas públicas.

Los economistas preferían tratar al empleo como una masa indiferenciada de trabajadores, poniendo en el mismo grupo a los poco capacitados que a los altamente capacitados. En la medida en que no se pensaba en absoluto en temas como la capacitación, se trataba de una visión pesimista. Arthur Pigou, el economista británico a quien se le atribuye el término "capital humano", creía que siempre habría una carencia de trabajadores capacitados porque las empresas no querrían enseñar habilidades a los empleados solo para ver cómo se iban con sus competidores.

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el proyecto de ley GI (que apoyaba a los militares para estudiar) ayudó a millones de veteranos a completar la preparatoria y la universidad, la educación comenzó a recibir más atención por parte de los economistas, entre ellos de Becker.

Hijo de padres que nunca llegaron a la preparatoria, pero que llenaron su infancia con discusiones sobre política, quería investigar la estructura de la sociedad. Las lecciones de Milton Friedman en la Universidad de Chicago, donde completó sus estudios de posgrado en 1955, le mostraron el poder analítico de la teoría económica. Con su doctorado, Becker, entonces un veinteañero, fue contratado por la Oficina Nacional de Investigación Económica para trabajar en un proyecto para calcular los retornos de la escolarización.

Lo que parecía una simple pregunta lo llevó a darse cuenta de que nadie había desarrollado aún el concepto de capital humano. En años subsecuentes lo trabajó en una teoría que podía ser aplicada a un gran número de cuestiones, incluso a las que antes se consideraban fuera del reino de la economía, que van desde el matrimonio a la fertilidad.

Una de las primeras contribuciones de Becker fue distinguir entre el capital humano específico y el general. El capital humano específico surge cuando los trabajadores adquieren conocimientos directamente vinculados a sus empresas, tales como el uso de su propio software. A las compañías les complace pagar por este tipo de formación porque no es transferible. Por el contrario, como Pigou sugirió, a menudo son reacias a brindar el capital humano general: por ejemplo, enseñar a los empleados a ser programadores de software, con lo que bien podrían irse a cualquier otra empresa que les pague más.

Sin embargo, esto fue solo el comienzo de su análisis. Becker observó que las personas adquieren capital humano general, pero a menudo lo hacen por su propia cuenta, en lugar de obtenerlo de sus empleadores. Esto es cierto en la universidad, cuando los estudiantes asumen deudas para pagar la educación antes de ingresar a la fuerza de trabajo. También es cierto para los trabajadores de casi todas las industrias: los pasantes, los aprendices y los empleados jóvenes pagan con bajos salarios el costo de ser acogidos y de obtener entrenamiento.

Becker supuso que la gente haría un cálculo realista de cuánto debería invertir en su propio capital humano. Compararían las ganancias futuras esperadas de diferentes opciones de carrera y considerarían el costo de adquirir la educación para aplicar en esas carreras, incluyendo el tiempo pasado en el salón de clases. Sabía que la realidad era mucho más desordenada, con decisiones plagadas de incertidumbre y motivaciones complejas, pero describió su modelo como "una manera económica de ver la vida". Sus suposiciones simplificadas acerca de que las personas eran decididas y racionales en sus decisiones sentaron las bases para una elegante teoría del capital humano, misma que expuso en varios artículos fundamentales y en un libro, a principios de los años 60.

Su teoría ayudó a explicar por qué las generaciones más jóvenes pasaban más tiempo en la escuela que las mayores: una esperanza de vida más larga aumentaba la rentabilidad de adquirir conocimientos. También ayudó a explicar la difusión de la enseñanza, porque los avances en la tecnología hicieron más rentable el tener habilidades, lo que a su vez aumentó la demanda de la educación misma. Demostró que la subinversión en el capital humano era un riesgo constante, porque los jóvenes podían tener una visión corta, dado el largo periodo para pagar por la educación, y porque los prestamistas se resisten a apoyarlos, debido a su falta de colaterales o activos (los atributos como el conocimiento siempre se quedan con quien recibe el crédito, mientras que sus activos físicos pueden ser incautados). El trabajo de Becker sugirió que no había un número fijo de buenos empleos, pero que el trabajo altamente remunerado aumentaría a medida que las economías produjeran graduados más capacitados y que generaran más innovación.

La teoría del capital humano también podría aplicarse a temas que van más allá de los retornos de la educación para los individuos. La idea era una variable poderosa para explicar por qué algunos países se desempeñaban mucho mejor que otros: para promover el crecimiento de ingresos durante muchos años, era necesaria una fuerte inversión en educación. Ello arroja luz sobre por qué las empresas de los países pobres tienden a ser más paternalistas, proporcionando dormitorios y comedores, dado que se benefician de las ganancias inmediatas de la productividad de los trabajadores descansados y bien alimentados. Informó sobre los grandes aumentos en el número de mujeres que estudiaban derecho, finanzas y ciencias desde 1950, porque la automatización de los trabajos domésticos dio paso a que pudieran invertir más en la construcción de sus carreras.

Incluso ayudó a explicar la contracción de las familias en los países ricos: si se asigna un valor cada vez mayor al capital humano, los padres deben invertir más en cada hijo, volviendo costosas a las familias de muchos miembros.