La industria del entretenimiento que nos mostró incansable ese lado oscuro de las violencias y de las y los violentos que asumíamos como personajes de la ficción, toda la ficción y nada más que la ficción, pareciera que han dejado de habitar en las pantallas (y en los jueguitos en red) para caminar por donde les dé en gana.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista X: @RtrivasRivas
  • Fotos Gentileza

Los hombres y mujeres del poder suelen repe­tirse en muchas de sus conductas. Es curioso. Me atrevo a sentenciar (respe­tuosamente) que poco impor­tan las épocas, ni las ideolo­gías porque creo estar seguro de que el poder –como prác­tica sociocultural y política– opera (por los resultados que la historia y la cotidianidad ponen delante de nuestros ojos) como un oscuro objeto del deseo al que, para algu­nas y algunos, es necesario alcanzar y apoderarse para hacer lo que quieren, sueñan y desean… y… no pocas veces, también –luego de alcanzar o no aquellos objetivos que siempre aparecen a la pos­tre como transitorios– para poder deshacer lo que quie­ren o quisieron, lo que sueñan o soñaron o lo que desean o desearon.

Tal vez, por lo masivamente incomprensible que resul­tan esos haceres y deshace­res, imagino que el poder es para unos pocos y pocas que, en su conjunto, devienen en pretendidas élites y así se asumen. Estadistas de lo efí­mero. Tanto los reportes que emergen desde los sistemas de medios a los que se ha dado últimamente en categorizar como “tradicionales” como aquellos que circulan en los sistemas de medios que colo­nizan los ecosistemas digita­les dan señales contundentes de que el bien común inexiste o, cuando menos, se lo des­carta como idea, primero y/o como praxis, después entre esas y esos elitistas que pare­cen percibirse únicos, omni­potentes y fundacionales.

Vociferan la paz, pero siento que la desconocen. Como idea fuerza y como cultura. ¡Joder! La tertulia una vez más se constituyó en el anochecer de este viernes inclemente. El viento sopla intensamente. Una alerta advierte que las ráfagas –en las próximas horas– podrían superar los 80 kilómetros. La tempera­tura vuelve a caer después de unas pocas horas de sol. Los termómetros marcan apenas 4 grados. La vieja mecedora, los leños crepitantes y, nueva­mente, algunos amigos y dos amigas cargamos los copones con un viejo Chateau Lafite Rothschild 1990.

Sonrío en el instante mismo del descorche. Esta y dos bote­llas más las custodié con pro­fundo afecto hasta esta noche en que las compartimos entre afectos, debates, pareceres, discusiones, buenos recuer­dos, algunos brindis y la esperanza común de querer vivir en un mundo mejor. Los vinos de Burdeos me los dejó en guarda un muy querido amigo-hermano (NV) que ya partió y fuera correspon­sal de prensa internacional durante décadas. Un silen­cio casi litúrgico se produjo en ese breve tiempo –irrepe­tible– que se genera cuando se remueve el viejo corcho para liberar los espíritus que habitan en el excelso maridaje que emerge de la conviven­cia entre las nobles cepas del cabernet sauvignon y el mer­lot, discreta y mínimamente infiltradas con cabernet franc y petit verdot.

“El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, escribió lord Acton (1834-1902) al arzobispo Mandell Creighton (1843-1901). Estudiosos de la ética histórica ambos, Acton en una carta que le envió desde Cannes el 5 de abril de 1887 sentenció: “Los grandes hombres son casi siempre hombres malos”

BRINDIS

“Por un mundo mejor”, pro­pone Delia mientras levanta su copa. “Como decía mi amigo Ryszard Kapuscinski (periodista y escritor 1932- 2007)… Na zdorovie”, replicó Alejandro S., viajero incon­tenible. “Salud… Cheers... Santé... Prost... Salute... Saúde…”, respondimos. Las conversaciones –cruzadas y desordenadas– son varia­das. Alguien comenta que “la paz pareciera que inevitable­mente se quebrará pronto”, comenta Delia. Desde la pantalla de su tableta lee que “las organizaciones que dan seguimiento a la evolución de guerras y conflictos en nues­tra tan maltratada aldea glo­bal como, entre otras, el Upp­sala Conflict Data Program, estiman que entre ochenta y un centenar de conflictos armados se desarrollan –en algunos casos desde antes de que finalizara el siglo pasado– y advierten que cientos de miles de personas son vícti­mas directas o indirectas de esos enfrentamientos en lo que corre de este año”. Delia lee y advierte que “pese a las imprecisiones inevitables de los datos por los riesgos que implica desplegar observa­dores en las áreas afectadas, se puede afirmar que más de treinta mil personas (com­batientes o no) fueron ase­sinadas en lo que corre de 2026 en Ucrania. En Sudán, el panorama no difiere. Gaza, Líbano, Irán y Medio Oriente en su conjunto desalientan. Myanmar, Pakistán, Nige­ria, Somalia, como los terri­torios antes mencionados, parecieran ser el escenario al que algunas y algunos alu­den como el mundo de las tinieblas en donde la vida no vale nada y sobrevivir signi­fica –apenas– llegar hasta el próximo amanecer”.

¡Tremendo! En las últimas dos décadas, en México, cerca de medio millón de personas fue­ron asesinadas en las acciones que se desarrollan contra los narcotraficantes que resisten y contraatacan. Los cárteles mexicanos de Sinaloa (CDS), de Jalisco Nueva Generación (CJNG), del Noroeste (CDN), del Golfo (CDG), de La Nueva Familia Michoacana (LNFM) y Carteles Unidos (CU) fue­ron declarados formalmente en los Estados Unidos como organizaciones terroristas.

La misma caracterización alcanzó al Primer Comando Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV) de Brasil. Los bombardeos continúan, los cañones no tienen descanso, los fusiles humean, los dro­nes acechan, los comandantes de ejércitos privados hacen búsquedas de combatien­tes en las redes. Particular­mente, hacen foco y ofertas a quienes han sido entrena­dos por los Estados como tro­pas especiales, de élite, para­caidistas, comandos y otras especialidades o veteranos que han estado desplegados en contingentes de paz mul­tilaterales para integrarse a ejércitos privados irregulares relativamente poderosos que –según el lugar donde habrán de combatir– les pagarán nunca menos de cuatro mil dólares mensuales para que asesinen o sean asesinados.

DE LA FICCIÓN A LA REALIDAD

La industria del entreteni­miento que nos mostró incan­sable ese lado oscuro de las violencias y de las y los vio­lentos que asumíamos como personajes de la ficción, toda la ficción y nada más que la fic­ción, pareciera que han dejado de habitar en las pantallas (y en los jueguitos en red) para caminar por donde les dé en gana. “Todo lo que vemos en el cine o en la tele alguna vez ha pasado o pronto pasará”, me dijo amargamente AL – un querido amigo, viajero empedernido, conocedor de poco más de setenta países, al que llamamos afectuosa­mente The Bird– en el atar­decer de un día playero en el último verano.

¿Se naturalizan las violen­cias? No son muchas las voces creíbles de líderes y lideresas que se alzan –más allá de lo protocolar o políticamente correcto que les hacen decir las y los asesores de ima­gen– en procura de la paz. Ni como ausencia de la guerra ni, mucho menos, como cul­tura imprescindible y desea­ble para la convivencia. Para vivir con. Ni siquiera la eke­cheiria –aquella tregua que en la Antigua Grecia se decla­raba poco antes, durante y después de los Juegos Olím­picos para suspender todas las guerras– fue posible mien­tras se disputaba el Mundial FIFA 2026 en Canadá, Esta­dos Unidos y México.

¿Habrá paz o será declarada la ekecheiria –dentro de muy pocos meses– cuando se dis­pute el Mundial FIFA 2027 de fútbol femenino? ¿Podrá haberla cuando entre el 21 de julio y el 6 de agosto de 2028 se disputen en Los Ángeles, Estados Unidos, los Juegos Olímpicos? No arriesgo res­puesta.

LA CUESTIÓN DEL PODER

John Emerich Edward Dal­berg-Acton (1834-1902), político, escritor, historiador nacido en el entonces Reino de las Dos Sicilias y muerto en Tegernsee, Imperio alemán, aunque de nacionalidad bri­tánica, fue también el primer barón de Acton y decimoter­cero marqués de Groppoli. Nació y se desarrolló en el seno de una familia que desde un par de centurias era parte activa de las élites europeas.

Supo –desde niño– de qué se trataba el poder porque “su gracia” era parte del poder. Y, en ese contexto, el 5 de abril de 1887, desde Cannes no dudó en dirigirse epistolar­mente al arzobispo Mandell Creighton (1843-1901) –tam­bién historiador– para expre­sarle que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, dado que “los grandes hom­bres son casi siempre hom­bres malos...”.

Estudiante en el Meerton College de la Universidad de Oxford, el religioso Creigh­ton y Acton, entre numerosas actividades, con frecuencia debatían sobre ética histó­rica. Lord Acton –como se lo suele mencionar a través del tiempo– y Creighton cues­tionaron el poder de las y los poderosos y, a la vez, resis­tían a los “nuevos tiempos” que procuraban imponer.

Desaprender es una expre­sión que hasta pocos días atrás creía en desuso. Recuerdo que con frecuencia era parte del lenguaje político, académico y social en el transcurso, espe­cialmente, de la sexta y sép­tima décadas del siglo pasado cuando la modernidad trepi­daba. Capitalismo y socialismo disputaban desde agosto de 1945 cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial. Los unos y los otros procuraban asegurar sus zonas de influencia y ampliar­las. Tal vez ninguna región en el planeta estaba en calma ni en distensión.

“La pérdida más irrecuperable para el hombre (...) no es la virtud porque con sus acciones la puede rescatar (...) no es el honor que también puede hallar la manera de recuperarlo (...) es el tiempo que nunca puede reponerse”, dicen que dijo Enrique VIII (1491-1547) poco antes de morir

LA PAZ Y LA “DISUASIÓN”

¿Tendrá acaso alguna posibi­lidad la paz cuando la calma se sustenta en la producción de armas de destrucción masiva que se almacenan para disuadir? La tertulia se ha desordenado. Afuera, en la casi medianoche oscura, vuelve a llover. Sin aban­donar los copones alguien propone Los Tudor’s (2007-2010), en Netflix. ¿Por qué no? ¡Imagino que este es el momento en que Reed Has­tings –cofundador de esa pla­taforma– sonríe! “Mi único competidor es el sueño”, dicen que dijo alguna vez.

Entre todos y ellas dos acor­damos desde dónde reto­mar la serie para que nadie quede con incertidumbres, aunque, amantes de la lec­tura que somos, la historia de Enrique VIII (1491-1547) la conocemos y, en esta buena producción, la reconocemos críticamente.

En la pantalla, a aquel rey absoluto (Jonathan Rhys-Meyers) que no tre­pidó en desafiar el liderazgo epocal del papa Clemente VI que le negó anular su matri­monio con Catalina de Ara­gón (Maria Doyle Kennedy) para casarse con Ana Bolena (Natalie Dormer) y que, por aquella negativa, fundó la Iglesia de Inglaterra –el anglicanismo– por lo que más tarde fue excomulgado por el papa Paulo III, se lo ve viejo y muy enfermo.

Su movilidad está reducida. Sabe que la muerte lo ace­cha. Delira. Repasa su vida. Hexágamo él, sentado en el trono, con sus ojos perdidos cree ver a Catalina que falle­ció por enfermedad. Luego a Ana, a la que confinó en la Torre de Londres y después ordenó decapitar. Con todas imagina diálogos. Incluso con Jane Seymour (Anna­belle Wallis) que murió en el parto de quien más tarde fuera el rey Eduardo VI (Jack Hathaway). Cuando fue el turno de Ana de Clèves (Joss Stone), inútilmente, procuró explicarle (y explicarse) que, pese a que la amaba, tuvo que anular el vínculo por cuestio­nes políticas.

LA CORTINA FINAL

El monarca mira hacia todas y ninguna parte. Revisa su vida. Es el final. Lo sabe. A Catherine Howard (Tamzin Merchant) –reina adoles­cente, ingenua e inocente– no puede decirle mucho. Balbu­cea. Se sentía herido y trai­cionado cuando ordenó eje­cutarla por adulterio y vida “casquivana” previa a ser su esposa. Con Catherine Parr (Joely Richardson) el diálogo es tan real como el hecho his­tórico y verificable de haberlo sobrevivido por veinte meses. Supérstite, la reina viuda, así pasó a la historia.

Sin embargo, mi atención y reflexiones se centran en el monarca agonizante. Lord Acton vuelve a mis pensa­mientos. “Los grandes hom­bres son casi siempre hom­bres malos...”, escribió. Pienso una vez más en las y los esta­distas de lo efímero de nues­tros días. Enrique VIII deva­nea. Conversa con un viejo (y tal vez el único) amigo gra­vemente enfermo, Char­les Brandon (Henry Cavill), duque de Suffolk que lo mira con respeto y en profundo silencio.

“En estos últimos días he estado pensando mucho en la pérdida”, confidencia el monarca y pregunta: “¿Cuál pérdida es más irrecupera­ble para el hombre?” Su vir­tud, responde Carlos. “No. Pues con sus acciones puede rescatar su virtud”, apunta el rey moribundo. Entonces, su honor, intenta el duque de Suffolk para resolver el acer­tijo. “No. También puede hallar la manera de recupe­rarlo... como un hombre que recobra la fortuna que per­dió”. Entonces, no sé qué es. “Es el tiempo, su gracia. De todas las pérdidas, el tiempo es la más irrecuperable, pues nunca puede reponerse”.

Borracho de poder aún en la agonía lo obliga a arro­dillarse ante él. “Tengo el poder de hacer que te recu­peres. Tú lo sabes. Me dije­ron que lo más probable es que mueras... pero no mori­rás. Lo prohíbo”.

Mientras toca su cabeza con las dos manos, impetra: “Por la gracia de Dios, yo –el octavo Enrique– rey de Inglaterra, Irlanda y Fran­cia... defensor de la fe y de la Iglesia de Inglaterra, te ordeno que sanes”. No sir­vió de nada. El rey también murió. Era el 28 de enero de 1547. “El poder tiende a corromper y el poder abso­luto corrompe absoluta­mente”, profetizó lord Acton trecientos cuarenta años después.

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