Ver o no ver... Poder ver o… no poder ver. Poder ver y no querer ver... ¿Qué dice que ven los que ven y quieren ver cuando ven lo que no quieren ver? ¿Podrá la ceguera ser repentina... volitiva... política?
- Por Ricardo Rivas Periodista
- X: @RtrivasRivas
- Fotos: Gentileza
Con frecuencia siento –imagino, en procura de ser más preciso– que cuando la niebla se instala, en cualquier parte, nos entrena a muchos y a muchas para que aprendamos a ser ciegas y/o ciegos trashumantes. Caminé entre nubes posadas sobre el piso que pisé aquí, allá y en muchas partes.
Así supe que el blanco radiante que esas mismas nubes proyectan cuando los cielos están iluminados, tal vez, no sea más que una ilusión o un juego de espejos que minúsculos cristalitos acuosos hacen que todo pueda cambiar para hacernos creer lo que apenas existe hasta que alguna fina brisa (no hace falta más que eso) lo deshaga y –si por un tiempo estuvo allí– ya no lo está, dejó de ser.
Solo la memoria, con frecuencia, puede devenir en cooperante insospechado para poder imaginar una certeza. Para ser claro. Solo el ruido inconfundible del mar que golpea incesante contra milenarias rocas en esta mañana me provee certidumbre. El Atlántico sur está allí. Ni se ha retirado, ni se ha secado. Está allí.
Como el ruido acompasado de mis pasos que me hacen saber a mí y a quien –como yo en este momento– procure saber por dónde va, dónde se encuentra. Inquietante. El cielo no está. Tampoco el horizonte, lo cercano ni lo lejano. Solo son recuerdos de lo que sé que son.
UNIFORMIDAD CROMÁTICA
Camino entre tamaña humedad que me envuelve impiadosa. Por alguna razón –pese a las notables diferencias que impiden todo tipo de comparación racional– revivo aquellos tan cercanos y lejanos días en la Antártida, que como consecuencia de inusuales tormentas extremas hicieron que el cielo y la tierra cubierta de nieve exhibieran uniformidad cromática.
El horizonte –como en este preciso momento– también era un recuerdo, una existencia e incluso una muy tranquilizante certeza. Pero la espacialidad era una carencia. Y, en alguna medida –allá tan lejos de todo, de todas y de todos– también lo era el tiempo porque en el verano polar siempre reina la diurnidad. Sonrío. Descreí cuando insistentemente me decían que de aquella aventura no me olvidaría jamás.
Recuerdo incluso que entonces, cuando en algunas sobremesas hablamos de “la noche pasada” o de la que vendrá, sabíamos que nunca la veríamos como lo enunciaban los veranos antárticos. También somos lo que sentimos. La ceguera como idea –para quienes no somos ciegos o ciegas– podemos imaginarla como existir y transitar una niebla persistente. Ceguera, niebla, incertidumbre. Conciliar el sueño en la noche del pasado jueves no fue sencillo. Tampoco los dos amaneceres ni los dos anocheceres que siguieron. Fueron más de lo mismo. La niebla no cede. La ceguera y la incertidumbre, como sensaciones convergentes, tampoco. Ver o no ver... Poder ver o... no poder ver. Dos situaciones bien diferentes. Distintas, que dan cuenta, también, de otras dos condiciones o, más precisamente, de condicionantes de la visión.
Por un lado, la natural condición de poder ver frente a la condición –inevitable, repentina o paulatina– de no poder ver. “Veo, veo… ¿qué ves?”, era una de las preguntas claves cuando jugábamos en la niñez. “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”, sentenció Jorge Luis Borges (1899-1986) en el que llamó “Poema de los dones” que, en 1960, incluyó en “El hacedor”, uno de sus libros.
EXTRAÑA SITUACIÓN
Con los sentires y decires de Borges –un ciego– pude ver y dejar atrás infinitas cegueras de las que me sentía prisionero. Curioso, por cierto. “He tomado la precaución de ser ciego esperando este momento”, respondió irónico el 6 de octubre de 1967 el viejo escritor, que solo imaginaba las formas de las letras con las que construía sus textos a un impertinente estudiante y activista que lo amenazó con apagar la luz de donde daba una clase de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) porque el profe se negaba a homenajear al Che Guevara, asesinado en la Quebrada del Churo, en Bolivia.
La ceguera también puede ser una lúcida forma de resistencia. Más de alguna vez cuando niño simulé ser ciego. Cerraba los ojos para caminar a tientas. Un absurdo. Incluso –aunque en pocas ocasiones– lo intenté con un bastón (estoque) que encontré en el local de antigüedades que el tío Enrique, tenía sobre calle Ciudad de la Paz casi Juramento, frente a la feria municipal, en el corazón mismo de Belgrano, mi pueblo natal en Buenos Aires, unos 1.300 kilómetros al sur de mi querida Asunción.
Me abrumaba la idea de que alguna vez pudiera no ver. Pero también me atraía. Como casi todo lo desconocido, lo misterioso, lo inimaginable. “La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro”, dice don Jorge Luis en el inicio de “La ceguera”, una de las tantas conferencias que ofreció y que en mi parecer se acerca a la perfección. “Hay un verso de Shakespeare –continuó– que justificaría esa opinión”, agregó. Inmediatamente lo recitó en inglés: “Looking on darkness, wich the blind to do see (mirando la oscuridad que ven los ciegos). Si entendemos negrura por oscuridad, el verso de Shakespeare es falso”, enfatizó y explicó: “Uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. ‘Le rouge et le noir (el rojo y el negro)’, son los colores que nos faltan”, remató. Exquisiteces.
VER O NO VER...
Poder ver o... no poder ver. Poder ver y no querer ver... ¿Qué dice que ven los que ven y quieren ver cuando ven lo que no quieren ver? ¿Podrá la ceguera ser repentina... volitiva... política? Recuerdo mi profunda impresión cuando leí por vez primera el “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago. La desesperación de aquel tipo que luego de detenerse en un semáforo se percibe afectado de “ceguera blanca” me conmovió. Súbitamente ciego. ¡Tremendo!
“Estoy ciego, estoy ciego (gritaba el afectado y lo) repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer. El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado, nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no quería tanto, solo quería que lo acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían un gran favor...”.
MIEDO A LA OSCURIDAD
Los miedos de los tiempos en que era un pibe muy pequeño volvieron a mí con aquel texto genial. En cada descanso de la lectura (imprescindible para leer a Saramago), cuando mis ojos se apartaban del libro, los cerraba una y otra vez para tener evidencia sólida de mi capacidad de videncia. Pero no abandonaba la aventura de leer sobre aquella tragedia inesperada que como un rayo fulminante se expande en sus efectos.
Millones de personas en cuarentena. Miles de mujeres y hombres aterrorizados. Desesperé. Busqué y rebusqué en los más calificados diccionarios médicos, pero... “ceguera blanca” no existe. Así supe que hay, por lo menos, tres tipos de cegueras. La total, así se categoriza a la “pérdida completa de la vista y de la percepción de la luz”; la legal, posible de categorizar luego de mensurar la agudeza visual disminuida y/o el campo visual menor de veinte grados en algunas personas; y, la parcial que, tal vez, pueda afectar a un solo ojo o una parte del campo visual. Pero una cuarta variante me conmovió. La ceguera cortical –así la llaman– que afecta a quienes, palabra más, palabra menos y si la memoria no me falla (recuerden que lo leí antes de que finalizara el siglo pasado), los órganos visuales, los ojos, les funcionan bien, pero... (¡maldito pero...!) sus cerebros no pueden procesar la información que reciben.
Ver o no ver... Poder ver o… no poder ver. Poder ver y no querer ver... ¿Qué dice que ven los que ven y quieren ver cuando ven lo que no quieren ver? Cegueras, nieblas, incertidumbres... La información no se detiene. El tráfico creciente de noticias no cesa. La multiplicidad de voces, sin embargo, son unas pocas y las de siempre. Guerras a las que no llaman guerras. Ataques dicen que no son ataques. Líderes y lideresas que gestionan en defensa de la “gente de bien”.
Violencias, pobrezas y carencias multidimensionales. Todo lo de siempre y un poco más. No faltan quienes aseguran que con una belicosidad que niegan terminaron con más de media docena de guerras. Tampoco los y las economistas que sostienen enfáticamente que “ahora comenzarán los meses de crecimiento y riqueza”.
Aquí, allá y acullá emergen las y los luchadores incansables contra las corrupciones de todo tipo que con el paso de los días devienen en neocorruptos. Las discriminaciones, las xenofobias, los racismos, los ataques contra las y los diferentes, contra migrantes y desplazados que solo migran y se desplazan de sus terruños natales, de sus culturas, de sus creencias, de sus mitos empujados por la desesperanza y la desesperación.
INMINENTE INICIO
A lo de siempre, siempre, en los últimos días, se le añade el inminente inicio del Campeonato Mundial FIFA 2026. Nada ni tampoco ninguna de aquellas malas prácticas que afectan a la tan maltratada aldea global se detendrán cuando en el estadio Azteca, en Ciudad de México, la escuadra local se mida con Sudáfrica, el próximo jueves 11 de junio.
Triste. “Hay vinculación entre el fútbol, el torneo (Mundial FIFA 2026) y la geopolítica” porque el balompié “desde hace tiempo ya no es solo un deporte”, sino que se trata de “un dispositivo de poder blando, de ‘soft power’ que, al mismo tiempo, en esta edición, marca la fractura del orden mundial”, dijo un puñado de días atrás el colega periodista Marcelo Cantelmi, editor jefe de Internacionales del diario Clarín de Argentina y director del Observatorio de Política Internacional de la Universidad de Palermo (UP) ante un nutrido grupo de estudiantes de Periodismo Deportivo en el Instituto Universitario River Plate (IURP).
Este mundial “se hace en tres países, se lo vende como una fiesta de unión global, pero son tres países que se llevan muy mal con persecución de migrantes, tensiones comerciales y con un gobierno (…) que plantea que Canadá no tiene derecho a ser un país y que (por ser potencia hegemónica regional) tiene el derecho a intervenir en la política interna de México con el pretexto del narcotráfico”.
EL MUNDO ES UNA PELOTA
Cantelmi sabe de qué habla. Su pluma cada semana se lee con atención en las cancillerías de los países centrales. “Cuando nosotros éramos chicos el mundo era como una pelota de fútbol, ahora es como una pelota de tenis y va camino a ser como una pelota de paleta... dura y pequeña”.
Valiosa metáfora. Contundente. Sin embargo, las y los estadistas de lo efímero que nunca imaginamos que podrían liderar no se detienen. “La forma más peligrosa de ceguera es creer que tu propio punto de vista es la única realidad”, sostiene el maestro Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998. Cegueras, nieblas, incertidumbres... cuando “solo se trata de vivir”, como canta Lito Nebbia.