• Toni Roberto

Toni Roberto nos deleita este domingo con relatos que muestran cómo la cultura y la diplomacia de mediados del siglo XX unieron a Asunción con figuras de Argentina y Cuba a través de los nombres de dos niñas paraguayas.

¿Qué tienen que ver? Una argentina y la otra cubana. Nada y todo.

Era abril de 1942 y una niña nacía en el hogar de Lucía Pereira y Silvio Lacognata Costanzo en Asunción. El hombre, un importante empresario, dueño de una de las más grandes tiendas de la época sobre la calle Palma, “A la ciudad de Roma”, y devoto, como debía ser por la vecindad, de María Auxiliadora.

LA FASCINACIÓN POR MIRTHA EN LA AVENIDA COLÓN

En esos años, la familia se instalaba en una regia mansión, con mucho retiro, sobre la avenida Colón, que se encuentra intacta hasta hoy. En esos tiempos, la pareja estaba maravillada con dos jóvenes actrices de esas décadas, las mellizas Goldie y Mirtha Legrand, que en 1941 ya brillaban en películas como “Soñar no cuesta nada”, cuyos largometrajes ya se veían en los más prestigiosos cines de la Asunción de principios de los años 40. En un momento piensan en el nombre de la niña y deciden ponerle Mirtha en homenaje a la gran mujer del cine.

LA TARJETA DE 1957

Hoy, aquella señorita que fuera del primer grupo de alumnas del Colegio Inmaculado Corazón de María ya cumplió 83 años y la musa inspiradora de su nombre, próxima a cumplir 100. El fanatismo llegó a tal punto que la tarjeta de invitación de sus 15 años, en 1957, tenía como temática a la propia actriz argentina.

Aquella mujer bautizada simplemente como Mirtha también realizó lo mismo cuando a finales de los años 60 le puso el mismo nombre a su hija, como un culto de tres generaciones a la Chiqui Legrand, que ya forma parte de las historias urbanas de la ciudad.

Tarjeta de invitación del 15 años de Mirtha Lacognata Asunción. 1957.

DULCE MARÍA Y “QUIÉN CARTEA MÁS”

En una época en que todavía se seguía a rajatabla el santoral para los nombres, unos años después, otra historia. En 1946, Sigfrido Gross Brown, integrando el gabinete de Higinio Morínigo, siendo ministro de Educación, fue invitado a Cuba junto a su señora Joaquina “Nena” Costa Martí.

La mujer, una dama de la alta sociedad asuncena y muy vinculada también en el exterior, le conoció en esa oportunidad a la gran poetisa cubana Dulce María Loynaz (1902-1997), una de las voces más destacadas de Cuba, de quien se hizo muy amiga. A partir de ahí, el carteo entre las dos se volvió algo regular. Cuentan que “La nena” Gross Brown, así la llamaban popularmente, fue la ganadora de un ranking de aquellos lejanos años en el correo, denominado “Quién cartea más” en Asunción.

Nano y Dulce María Costa Martí en el portón de la calle Ntra. Sra. De la Asunción 958. Asunción c. 1961.

LA POESÍA A DULCE MARÍA

La destacada poetisa le dijo a la señora de Gross Brown que escribía una poesía por si tenga otra niña para que le ponga su nombre. Su hermano, Nano Costa Martí, al escuchar la historia, le pidió a su hermana colocarle ese nombre a la suya, que nació un poco después de ese viaje, en 1946.

Así se entrecruzan estas historias, la de un matrimonio cinéfilo de los años 40 y otro que había viajado a Cuba en visita oficial, en la época de una Madre de Ciudades remota, lejana, que empezaba a mirar al mundo y que hoy nos cuenta una historia a través de la casi centenaria diva argentina y de Dulce María, esta gran poetisa cubana de otros tiempos. Las dos dejaron marcados sus nombres en nuestra historia en estos relatos asuncenos de barrio de otros tiempos.

Dulce María y sus tres hijos. Asunción c. 2010

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