El 16 de noviembre de 1989, el Ministerio de Cultura de España anunciaba que otorgaba el Premio Cervantes de Literatura al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, un hito sin parangón en las letras paraguayas. El acto de entrega oficial se realizó el 23 de abril de 1990, aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes y Día Internacional del Libro. Víctor-Jacinto Flecha recuerda aquellos primeros meses de la “primavera democrática” en la penúltima década del siglo XX.
- Por Paulo César López
- paulo.lopez@nacionmedia.com
- Fotos: Gentileza
Un día como hoy de 1989, a meses de la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner, el Ministerio de Cultura de España hacía el anuncio de que el Premio Cervantes de Literatura, el más alto galardón de las letras hispánicas, era entregado a nuestro compatriota Augusto Roa Bastos por el aporte del conjunto de su obra al enriquecimiento de la lengua española.
Su novelística y cuentística, si bien no muy extensa, es una consistente reflexión sobre el poder absoluto, en el contexto de un país que salía de una larga noche de 35 años de dictadura. Los nuevos tiempos se mostraban promisorios.
Ya hacía varios años que el nombre de Augusto Roa Bastos sonaba como fuerte candidato a ganar el máximo premio de la literatura en nuestro idioma, pero el tan esperado anuncio no llegaba. Esta incertidumbre llegaría a irritar a nuestro escritor, que incluso ya tenía decidido pedir que lo borraran de entre los nominados, según recordó el poeta, ensayista e investigador paraguayo Víctor-Jacinto Flecha en conversación telefónica con El Gran Domingo de La Nación.
UN HECHO EXTRAORDINARIO
“Fue algo extraordinario. Ya pasaban varias ediciones de que Augusto era finalista e incluso él me dijo ‘voy a prohibir ya que pongan mi nombre’. Y le dije yo: ‘Augusto, este año sí te van a dar el premio’. Y él me preguntó por qué. Y yo le dije que porque este año Paraguay fue noticia porque cayó el dictador. Y ese año le dieron el premio”, rememoró Flecha.
Con relación a cómo fue el ambiente que se vivió en ese momento, Flecha siguió comentando que “fue algo maravilloso para él porque también estuvo como candidato varias veces al Premio Nobel. Es muy posible también que le hubieran dado el Nobel unos años antes. Todos estos premios también tienen un contenido político de acuerdo a de qué país es el autor. Paraguay había desaparecido durante los 35 años de dictadura e internacionalmente era ignorado. Fue un hecho significativo para toda la cultura paraguaya. Fue el primer reconocimiento de tal magnitud”.
No es novedad que este tipo de premios estén motivados por un fuerte contexto político. De hecho, en una charla con estudiantes de Letras en el ya lejano año 2005, recuerdo que el escritor Rubén Bareiro Saguier llegó a mencionar que a su criterio la generación del “boom latinoamericano” no existía como tal. Más bien, luego de la Revolución cubana en 1959, los ojos del mundo se posaron en América Latina y se encontraron con la literatura que se estaba escribiendo en ese momento.
LA PRIMAVERA DEMOCRÁTICA
Los primeros meses de aquella transición ofrecían no solo promesas de mayor libertad y bienestar, sino también un florecimiento general de las artes y el pensamiento. La férrea persecución había llevado al exilio a las mentes más pleclaras, por lo que se esperaba que a su regreso al país encendiera la llama en un pueblo adormecido por el prolongado periodo de autoritarismo.
Luego de aquello, también estuvo nominada en varias ocasiones Josefina Plá, que si bien era española de nacimiento, vino muy joven a nuestro país y era paraguaya por adopción. Plá fue finalmente reconocida con la medalla de oro de las Bellas Artes de España en 1995, cuatro años antes de su fallecimiento en 1999.
En suma, la época dorada que se anunciaba no lo fue en muchos aspectos. El volumen de la literatura paraguaya, si bien ha mejorado notablemente en cantidad, nunca fue suficiente para posicionarse internacionalmente. La mayor accesibilidad ha hecho más fácil publicar, pero aún falta dar el gran salto de calidad. Lo claramente positivo es que su temática es coherente con los cambios que ha experimentado la sociedad paraguaya, en especial los cuadros de la vida urbana que predominan respecto al mundo rural tradicional.
EL VALOR TESTIMONIAL DE LA LITERATURA
Por último, Flecha invitó a todo el público a leer el último número de la revista del PEN Club (un verdadero libro de casi 150 páginas), que en uno de sus pasajes rinde homenaje a los 50 años de la publicación de “Yo el Supremo”, en el que colaboran nombres de la talla de Alcibiades González Delvalle, Bernardo Neri Farina, Ricardo Loup, Teresa Méndez Faith, Roberto L. Céspedes R., Elvira Olmedo Zorrilla, Mirta Roa y el propio Víctor-Jacinto Flecha, quien en un artículo sobre la literatura como ciencia y la literatura como ficción reivindica el valor historiográfico de esta disciplina.
Entre sus conclusiones, Flecha sostiene que “la posición de querer enfrentar la historia a la narrativa histórica es una falacia. Ambas prácticas del hacer humano son perspectivas reales de poner en evidencia la verdad, cada uno por su propio lado, sin que eso suponga negación, sino al contrario, es coadyuvante para la comprensión del pasado, base de nuestro presente y hacedor de nuestro futuro”.
Sin duda uno de los mayores desafíos de la literatura paraguaya es seguir haciendo historia, tanto en el sentido literal como también apelando a las poderosas herramientas que ofrece la ficción.

