Ningún personaje ha dejado una huella tan profunda en la historia del Paraguay como José Gaspar Rodríguez de Francia. Documentos oficiales, la tradición oral y versiones enfrentadas avivan las distintas conjeturas sobre su última morada tras su muerte del 20 de septiembre de 1840.

  • Por Gonzalo Cáceres Periodista
  • Fotos: Gentileza

Déspota para unos, férreo líder para otros; el supremo dictador marcó el rumbo del país en sus primeros y deci­sivos años de vida indepen­diente, convirtiéndose en el hacedor de un Estado que derrumbó las rígidas estruc­turas coloniales y consolidó la incipiente identidad nacio­nal.

La memoria del Supremo ha sido objeto de candentes dis­putas, dejando tras de sí una serie de episodios que despier­tan tanto la curiosidad de los investigadores como la ima­ginación popular.

Analizar esta historia es aden­trarse no solo en el legado de un hombre, sino en el recuerdo de un país que aún no llega a un consenso sobre su primer gran gobernante.

ESTADO CRÍTICO

En 1840 el Supremo ya era un anciano. Tenía 74 años y lle­vaba más de 25 ejerciendo el poder absoluto. En agosto de ese año su salud ya se había deteriorado al punto de necesi­tar vigilia permanente. Seguía dando órdenes, pero su estado era crítico.

Francia pasó sus últimos días en su casa del centro de Asun­ción, arropado solo por sus más estrechos servidores: su supuesta hija Ubalda Gar­cía; su criada, María Roque Cañete, y su secretario, Poli­carpo Patiño. No aceptó médi­cos extranjeros ni el cortejo de los poderosos alrededor de su lecho; permaneció fiel a su filosofía de gobernar hasta el último aliento.

“En su cama no en postura natural, sino atravesado en ella con la cabeza colgada hacia el suelo” era encontrado el cadáver “la media siesta” del domingo 20 de septiem­bre de 1840, conforme descri­bió Mariano Antonio Molas.

Al contrario de su austera exis­tencia, el prócer fue sepul­tado “cristianamente y con gran pompa eclesiástica” el 22 de septiembre en la iglesia de la Encarnación “bajo un túmulo que no fue modesto, frente al altar mayor (al lado derecho, según Blas Garay y Juan E. O’Leary), identificado con una columna de granito y bajo una lápida que perenni­zaba sus méritos en inscripción conocida”.

“Por Mandato de la Excma. Suprema Junta Gubernativa. Hoy 20 de septiembre de 1840. Aquí yace el Dictador para Memoria y Constancia de la Patria Vigilante Defensor Doc­tor Don José Gaspar Rodríguez de Francia”.

Del depósito se encargó el cura José Casimiro Ramírez.

AGITACIÓN

Los rivales políticos de Fran­cia no perdieron el tiempo y atacaron su vida y obra. El historiador Julio César Cha­ves Casabianca escribió que para mediados de 1841 circu­laban “panfletos y pasquines, prosas y versos” que movili­zaron “entusiasmadamente” a quienes creían que Francia “no era digno de descansar en una iglesia”.

“Anunciaron públicamente que iban a apoderarse de sus restos y arrojarlos a un muladar (lugar donde anti­guamente era depositada la basura de las casas). Es con­veniente recordar que poco tiempo después de su muerte apareció una mañana, en la puerta del templo, un car­tel que se decía enviado por él, desde el infierno, supli­cando se lo removiese de aquel lugar santo para ali­vio de sus pecados”.

Varias de las familias “sañu­damente perseguidas por el doctor Francia, entre estas (los) Machaín, no ocultaban su proyecto de tomar ven­ganza con sus restos”, lo que también obligó a los francis­tas a generar “demostraciones populares llegando en mani­festación hasta el sepulcro de su adalid (caudillo)”.

ÁNIMOS CALDEADOS

El ambiente se puso muy caliente, tanto que pare­cía escalar hacia una guerra civil, por lo que el gobierno de los cónsules Mariano Roque Alonso y Carlos Antonio López salió al paso.

Siempre en la versión de Cha­ves, al cumplirse el primer aniversario de la muerte del Supremo, se gestó un bando que vio la luz recién el 31 de diciembre de 1841. “Ordena­mos que en adelante nadie se ocupe de censuras ni aplausos del Dictador citado, en inteli­gencia de que los contravento­res serán tratados como per­turbadores del buen orden y agentes de división”.

Fue en este lapso (septiem­bre-diciembre de 1841) en que los cónsules resolvieron “hacer desaparecer el mauso­leo que guardaba los restos del Dictador” con “un doble y claro objetivo: impedir el robo sacrí­lego por parte de los enemigos” e “impedir las tumultuosas manifestaciones de sus adictos”.

Esta situación fue atestiguada por Manuel Pedro de Peña en un carta del 29 de abril de 1858, dirigida a Carlos Anto­nio López, donde menciona que “no debía permanecer su cadáver en el templo”, ya que “el pueblo comenzaba a juz­gar al Dictador” y “más ade­lante” no se podría “conten­der el torrente de indignación”.

VERSIONES

Alfred Demersay, que visitó el Paraguay en 1845, coincide en su libro “Le docteur Francia, dictateur du Paraguay” (1856): “Poco tiempo después del pri­mer aniversario de ese día de duelo, el mausoleo desapareció y se difundió la versión de que los restos de tan famoso doctor habían sido transportados al cementerio de la iglesia”.

El estadounidense Thomas Jefferson Page, comandante del buque Water Witch, escri­bió al respecto en 1853: “(La Encarnación) contuvo un tiempo todo lo que fue mor­tal del doctor Francia. Una serena mañana el templo fue abierto para la plegaria y el monumento había sido despa­rramado en fragmentos y los huesos del tirano habían des­aparecido para siempre: nadie supo cómo, nadie preguntó dónde. Solamente se susurró que el diablo había reclamado lo suyo: cuerpo y alma”.

Mausoleo, túmulo o panteón (columna de granito, según Demersay), claramente fue destruido por acción tácita de Mariano Roque Alonso y Car­los Antonio López y los restos reubicados en locación desco­nocida, aunque dentro de los límites del camposanto.

LAS CARTAS DE LOIZAGA

Carlos Loizaga, sargento de la Legión Paraguaya, formó parte del Triunvirato de 1869 (negoció con el barón de Cote­gipe el tratado de paz con el Imperio del Brasil). Sin que nadie le imputara autoría alguna, aseguró en una carta dirigida al doctor Estanislao Zeballos que fue él junto con el presbítero Gerónimo Becchi (o Vecchi), cura de La Encarna­ción, quien exhumó “los restos del tirano”.

Primero, Loizaga circula con versiones anteriores al contar que, tras la destrucción de la primera tumba, el cura Juan Gregorio Urbieta (más tarde obispo del Paraguay) rescató los restos y los volvió a sepul­tar “al lado de la contrasa­cristía” (Francisco Wisner de Morgenstern da cuenta de una historia en la que “una familia” en acuerdo con “un sacerdote ocultaron los huesos “en otro lugar”).

“Yo hice con el padre Vecchi la exhumación de los restos del tirano y los tuve mucho tiempo en un cajón de fideos en mi casa. Estas reliquias estaban al lado del altar mayor de aque­lla iglesia en un sarcófago y el cura Juan Urbieta los sacó una noche en tiempo de don Carlos A. López y los sepultó al lado de la contrasacristía. El resto del esqueleto fue llevado por mí a un cementerio abierto”, con­forme relata Loizaga en una posterior respuesta del 17 de abril de 1888.

Sin embargo, el historiador Marco Antonio Laconich con­sideró que esta supuesta con­testación de Loizaga “carece de todo valor probatorio”, aun­que el documento ostente sello y firma del Consulado Gene­ral de la República Argentina en Asunción. “La certifica­ción y legalización de su firma no puede certificar la verdad del contenido de dicho docu­mento”, insistió Laconich.

Profanación de la tumba del doctor Francia. N.º 1 de Paraguay Retã Rekove, Roberto Goiriz

“SACRILEGIO”

Sin duda al triunviro Loizaga le sobraban motivos para pertur­bar el descanso del Supremo. Su familia había sido perse­guida y varios de sus parientes fueron encarcelados y/o pasa­dos por las armas. Así, treinta años después, en una noche oscura y pasada por agua y “sin contar con la ayuda de los poderes civiles o eclesiásti­cos”, Loizaga decidió “limpiar la iglesia de algo que, para él, constituía un sacrilegio per­manente”, conforme cita Cha­ves de los escritos del doctor Zeballos.

El testigo no convidado para la ocasión fue el doctor Juan Silvano Godoy, entonces secre­tario del Superior Tribunal de Justicia. Al estar al tanto de los planes, Godoy aguardó la lle­gada de Loizaga “cerca de la puerta del templo de La Encar­nación” y, al verle, manifestó “su deseo (de participar)”.

“Era realizar una obra piadosa y (Loizaga) resolvió ejecutarla. Convencido de no cometer ningún acto reprochable, (Loi­zaga) accedió sin dificultad y (Godoy) se agregó a él y a los peones destinados a realizar el trabajo. Cerrada la puerta de acceso al sagrado recinto, encendieron las velas de los faroles y avanzaron hacia el sitio de la tumba.

“Loizaga retiró una bóveda craneana, mientras que Godoy siguió buscando hasta que encontró otra” (Guillemo Cabanellas, ‘El dictador del Paraguay doctor Francia’).

“Levantada la lápida y remo­vida la tierra por los azado­nes, comenzaron a aparecer restos humanos. Se supo que los del doctor Francia debían ser de más arriba. En conse­cuencia, el señor Loizaga hizo recoger los primeros que apa­recieron y colocarlos dentro de un cajoncito de fideos, lle­vado a expresamente (para) el efecto”, señala Chaves.

No obstante, la cuestión se empantana porque “entre la tierra y los cascotes removidos salieron más huesos, viéndose un fragmento de cráneo, que el señor Godoy se bajó a recoger y retiró antes de ser vuelto a echar (tierra) en la fosa”.

La certeza sería, en cualquier caso, que profanaron tam­bién la segunda tumba y, tanto Godoy como Loizaga, se reti­raron esa noche convencidos de que llevaban el esqueleto y partes del cráneo del Supremo Dictador. No queda claro de qué fuente se habría conse­guido tal información (podría deducirse que Urbieta reveló la locación antes de su muerte en 1865).

Recorte del diario La Democracia del 4 de diciembre de 1902

LOS RESTOS

Del pedazo de cráneo que Godoy tomó se sabe que fue depositado “en el museo de Asunción que lleva su nom­bre”, donde “nunca fue revi­sado por una persona compe­tente”.

Más interesante fue lo acae­cido con las partes en poder de Loizaga. Chaves explica que el triunviro “hizo llevar el cajoncito de fideos al altillo de su casa a la espera del destino que se resolviera para su conte­nido”. Unos dicen que, obligado por la insistencia de su esposa, Loizaga decidió descartar el esqueleto en el río Paraguay y se quedó con las partes del supuesto cráneo.

Hacia 1876, los restos habrían sido obsequiados por el pro­pio Loizaga a Honorio Legui­zamón, cirujano de la caño­nera argentina Paraná, quien le socorrió en tiempo de enfer­medad.

Leguizamón era un coleccio­nista y entusiasta de la historia paraguaya. Logró ver los famo­sos restos ya antes de su tér­mino de misión. “Grande fue mi desencanto cuando, dentro de esa caja de fideos, me fueron presentados los huesos frag­mentados: tan solo el sacro y el calcáneo estaban íntegros. De los vestidos, únicamente íntegra la suela del zapato de un pie pequeño (era sabido que Francia tenía los ‘pies y manos finos’)”.

“DONACIÓN”

Culminada la ocupación de Asunción tras la guerra con­tra la Triple Alianza, el doctor Honorio Leguizamón volvió a la Argentina con los supuestos restos de Francia. Leguiza­món, a su vez, donó “esa parte sana del cráneo” al doctor Estanislao Zeballos, quien a su vez lo mandó al Museo Histó­rico Nacional de Buenos Aires.

El supuesto cráneo fue expuesto durante un tiempo, pero para el año 1962 ya había reportes “de compatriotas que contaron que ha dejado de exhibirse al público”, des­cansando “en un sótano entre otros objetos sin importancia”.

Pedro Peña, sobrino de don Carlos Antonio López y pre­sunto descendiente del Supremo Dictador, tuvo la oportunidad de examinar el cráneo obsequiado por Loi­zaga. En una carta al perió­dico La Prensa, sostuvo que había “dudas razonables” de la autenticidad por “ciertos datos antropométricos muy dignos de fe que hablan en contra”.

Basados en retratos y descrip­ciones y “algunas referencias de la familia”, se llegó a la con­clusión de que “su antepasado (de Peña) era (Francia) un perfecto modelo de dolicocé­falo” y que el cráneo del Museo Histórico Nacional era “más bien braquicéfalo”. Es decir, la forma de la cabeza del dictador “era larga y no chata”.

A lo largo de ese mismo siglo, el doctor Félix Outes descartó completamente su autenti­cidad. “Después del examen técnico, no pertenecen al célebre dictador paraguayo por las razones siguientes: I) La calota es de una mujer a lo más de cuarenta años; II) Entre la calota y la careta facial no existe vinculación laguna; III) El fragmento de cráneo facial pertenece a un individuo de sexo mascu­lino de edad indeterminable, cierto, pero adulto, induda­blemente; IV) la mandíbula es la de un niño del sexo mascu­lino que, al morir, conservaba la totalidad de su dentadura de leche”.

Loizaga “creyó encontrar el sepulcro del dictador y murió con esa creencia. Todo hace suponer que metió las manos en alguna fosa común y de allí extrajo, en la oscuridad de la noche, los restos humanos que tuvo guardados en su casa, por mucho tiempo, en un cajón de fideos”, sostuvo Laconich.

RASTRO

Por encargo Francisco Solano López, Francisco Wisner de Morgenstern escribió un libro sobre el doctor Francia y su gobierno, recopilando datos de boca de los ancianos. Según Wisner, “de las averiguaciones hechas” para dar con los res­ponsables de la destrucción del mausoleo no hubo resultados, pero “estos habían dejado un rastro que se perdía en la ori­lla del río Paraguay, a donde se supone con bastante funda­mento que fueron arrojados al agua, pues en dicha orilla se encontraron vestigios que así lo comprobaron”.

Otra historia recogida por Wisner apunta directamente hacia la familia M (¿Machaín?) como autores intelectuales del hecho. “Los restos fueron saca­dos por hombres pagados por la familia M… para ser hundi­dos en el río, en venganza por los fusilamientos de miembros de la misma familia, ordena­das por el dictador después de descubierta la conspiración de (Fulgencio) Yegros”.

El doctor Francia fue decla­rado prócer benemérito de la Nación por Decreto N.° 4841 del 14 de septiembre de 1936 junto con don Carlos Antonio López y el mariscal Francisco Solano López.

El final de Francia no estuvo sellado por una lápida, sino por una incógnita que per­siste. Lo más probable es que nunca sepamos con certeza dónde yacen los restos del primer constructor nacional. Hasta que aparezca un vesti­gio irrefutable, solo existirán versiones cubiertas de un halo de misterio y fantasía.

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