Cuando el señor Com­merson le dio la noti­cia a su asistente que lo acababan de nombrar botá­nico oficial de un barco que zar­paría de Francia para recorrer el mundo entero, Jeanne sin­tió que el corazón le daba un vuelco. ¡Una travesía global para descubrir nuevas especies! ¡¿Qué podría ser más perfecto?! Y deseó con todas las fuerzas de su alma haber nacido hombre en ese momento.

Y es que en 1776 era impensable para una mujer ni siquiera ser considerada para ese puesto. De hecho, sólo los hombres podían ser tripulantes de los barcos de la Armada Francesa.

Esa noche Jeanne intentó dor­mir, pero ni bien lograba entrar en el sopor del sueño, las imáge­nes de tierras lejanas con tanta flora silvestre la despertaban con una angustia en el pecho. Pocas mujeres sentían tanto amor por la botánica. Toda su vida se había dedicado a estudiar el poder medicinal de las plan­tas y conocía todas sus propieda­des y secretos. No era casual que hubiera llegado a ser asistente del botánico oficial del rey Luis XVI, Philibert Commerson.

Se había propuesto conocerlo aceptando el puesto de insti­tutriz primero. Muy pronto el gran botánico valoró las dotes de la mujer que trabajaba en su casa, y la relación se fue transformando, de emplea­dor a mentor, y para cuando llegó la noticia de la travesía, ya habían recorrido juntos gran parte de Europa.

–Me hubiera encantado que vinieras conmigo –dijo él la vís­pera de su viaje al ver sus ojos desvelados, porque también el amor se había instalado entre la joven y el científico.

–Voy a ir– dijo ella resuelta, y antes de que él pudiera dimen­sionar lo que estaba ocurriendo, Jeanne se presentó ante el comandante del barco, con sus pechos vendados para disimu­lar su cuerpo, y la ropa holgada haciéndose pasar por marinero. Desde ese momento, Jeanne pasó a ser Jean, y se alistó a la aventura sin saber que sería la primera mujer de la historia en circunvalar el mundo.

Las cosas no fueron fáciles durante la travesía, sobre todo porque la salud del señor Com­merson se deterioró bastante. Entonces fue Jeanne quien ofició de “botánico” a la hora de las expediciones en territo­rios adversos. Montevideo. La Patagonia. Río de Janeiro. Ahí temieron por su vida cuando fue asesinado el capellán que viajaba con ellos. Pero también descubrieron la belleza de las bouganvillea brasiliensis, esa explosión de colores que hoy conocemos como Santa Rita.

Durante tres años el plan de Jeanne resultó perfecto. Por tener tantos papeles, al señor Commerson le habían cedido un camarote amplio con baño privado, cosa que facilitó las cosas para su asistente, que nunca tuvo que ducharse con el resto. Pero al cruzar el océano, en Tahití ocurrió algo inaudito: una tribu nativa al instante de verla insistió que era un mahu (hombre afeminado) y fue tal el revuelo, que Jeanne tuvo que volver al barco para ponerse a salvo. La sospecha se agravó cuando uno de los nativos subió al navío para regresar a Europa con ellos, y pidieron a Jeanne que lo asista con el aseo. Mien­tras Jeanne lo ayudaba, al joven le reaccionó el cuerpo y se aba­lanzó sobre ella, y en ese epi­sodio confuso quedó al descu­bierto el secreto.

Aquello le costó la estadía en la travesía, y tanto ella como el señor Commerson tuvie­ron que desembarcar en la isla Mauricio. Ahí se asentaron por unos años, hasta que él encon­tró la muerte en aquel puerto. Jeanne permaneció en la isla regenteando un cabaret por un tiempo, hasta que un buen día un marinero francés le pidió casamiento.

Entonces fue hora de levar anclas; y con él regresó a París en 1776. Diez años después de haberse largado detrás de un sueño.

En su equipaje traía más de seis mil muestras de especies nue­vas, la sonrisa en el alma y el olor a mar tatuado para siempre en el cuerpo.

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