Abril del 2018. Ulises Núñez conoció a una trabajadora sexual a través de una red social, se enamoró de ella y con el tiempo se obsesionó. Para él, Natalia debía ser de su propiedad y, al no conseguirlo, planificó matarla. Lo que no sabía es que con el disparo no logró matarla.

Lea la parte uno aquí: https://www.lanacion.com.py/gran-diario-domingo/2020/05/31/la-ultima-cita-pactada-parte-i/

Por Óscar Lovera Vera

Periodista

Día del crimen, 23:50 horas. Ulises bajó del vehículo y caminó hasta una gasolinera en busca de combustible, sacó algunos billetes de dos mil guaraníes para comprar tres litros de nafta y fue de vuelta hasta el automóvil de Natalia.

Activó la alarma y lanzó la llave a un matorral. Tomó el bidón de auxilio y cubrió con combustible cada parte del coche, y en especial el motor y los neumáticos, sabía que esto aceleraría la combus­tión. Como parte de su acto final, sacó una caja de fós­foros, encendió un cerillo y dejó que la pequeña llama ilumine su rostro mientras ganaba fuerza en la pirólisis. Todo comenzó a arder, dio unos pasos atrás y su respi­ración marcó el paso de sus pensamientos. Creyó que ahí terminó todo y que su ven­ganza estaba consumada. Sin embargo, no se percató de que Natalia seguía viva…

El disparo en la cabeza de Natalia la dejó inconsciente, desangrándose en la parte trasera del coche, pero seguía viva. Lo que realmente causó su muerte fue el monóxido de carbono que comenzó a libe­rar la combustión del auto­móvil. Cada partícula elimi­naba el oxígeno dentro del recinto, lo que acabó por ful­minarla lentamente a conse­cuencia del aire caliente. El edema pulmonar fue la con­secuencia real de su muerte.

LA CONFESIÓN REAL DE ULISES

Al día siguiente del crimen, el llamado que hizo el ase­sino a la estación de radio reprodujo cada detalle de lo que había ocurrido. Uli­ses cada vez más sentía con­fianza con la periodista que lo entrevistó.

–Yo agarro y le llamo, cuando me dice que quería verme. Primero me dice nos vemos a las cinco, bueno me pre­paro para vernos a las cinco; luego me envía un mensaje y me dice nos vemos a las seis, ah bueno, le digo. Ya estaba en marcha para las seis, por­ que conducía el camino de Asunción a San Lorenzo, ese día. Luego me dice para las siete –relataba sin descanso a la periodista que no emitía sonido alguno para no inte­rrumpir su narración.

Para Ulises, Natalia le estaba mintiendo. Le escondía algo, su relato a la locutora con­tinuó confesándole cómo había conocido a esa mujer.

—Yo estaba en un grupo de chicos que pagan por chicas ¿entendés? —mencionó el hombre

—¿Y se conocían todos diga­mos..? —la periodista inten­taba descubrir por qué Ulises sentía que Natalia era suya… o al menos creía.

—No, no solo por el grupo. No nos conocíamos los chi­cos. Uno de ellos dice en el grupo que estaba con ella, por eso me estaba cambiando la hora y envía una foto, y ella se estaba bañando, estaba su cartera, y… ahí yo digo ¡gran puta...! Entonces yo no le dije nada a ella, yo me fui por lo mío…

ESTABA DECIDIDO

¿Ya estabas nervioso cuando viste esa foto? —interrumpió su entrevistadora.

—Yo ya estaba decidido… — contestó Ulises, acto seguido relató cómo le disparó con el arma que llevaba oculta.

—Salimos y ella me llevó de vuelta hasta mi auto, yo dejé mi auto en una zona oscura. Justamente porque ya sabía más o menos qué quería hacer. Le dije que no había estacionamiento, que ahí (en el motel) no había lugar y por eso dejé ahí el auto, y que me venga a buscar de ahí. Me llevó de vuelta hasta mi auto —su relato se interrum­pió dando paso nuevamente a su crisis nerviosa.

Su respiración comenzó a agitarse con furia, azotando la bocina del teléfono. Los oyentes que seguían aten­tamente aquella confesión notaban cómo las emociones del asesino se agolpaban en el micrófono de su celular.

Finalmente se calmó y conti­nuó hablando —Le dije que… tenía una sorpresa de vuelta para ella –porque siempre le daba regalos, siempre le daba sorpresas, ¿entendés?– y eso era lo que más rabia me daba… —Ulises comenzaba a justifi­car su enfermiza obsesión. La mujer a quien había conocido en un grupo que compartía a trabajadoras del sexo pasó a ser un objeto para él, se afe­rró a eso y decidió que era su propiedad.

—Ella vino extremadamente sexy, extremadamente pro­ducida.

¿Nunca se arreglaba tan bien? —le interpeló la locu­tora, intentado nuevamente comprender la manera en que él veía a Natalia.

—Aha… —asintió Ulises. Por ese entonces su confianza con la locutora del programa era similar como aquellos tiem­pos en el que compartieron el mismo lugar de trabajo.

¿Qué pasó cuando te acercó a tu auto, Uli, qué pasó en ese momento?, insistió la perio­dista. El objetivo era que finalmente diga qué fue lo que hizo, Ulises se sentía cómodo con ella y respondió:

—Ella revisaba constante­mente su celular y eso era porque tenía que verse con otro tipo, cosa que yo ya sabía. Nos bañamos todo, ella se empezó a producir de vuelta frente al toilet. Se pintaba… se lavó el pelo, obviamente verdad… se secó, se hacía planchita, cosa que era raro en ella, fue la gota que colmó el vaso. Entonces yo dije: yo a esta la reviento y que se acabe todo —su forma de describir lo que sentía denotaba su desequi­librio, su inquietante forma de creer que Natalia era su novia y su posesión.

Ambos subieron al auto­móvil y fueron nuevamente hasta aquel paraje oscuro en ese lugar. En ese sitio, Ulises completó su plan.

—Le digo que le tenía una sor­presa para ella —retomó su relato con la locutora, Ulises aún tenía mucho por contar.

—¿Vos le disparaste, Uli? —agregó la periodista a la con­versación.

Lo siguiente en escucharse fue la respiración del hom­bre, era a bocanadas, con furia, saturaba nuevamente el micrófono del celular. Sus nervios se percibían a dis­tancia y la agitación –que en ese momento sentía– puso en suspenso la respuesta que aguardaba su entrevistadora. Acto seguido, su confesión se presentó fría y monosilábica:

—Sí… —exhaló profundo y con la misma intensidad. Uli­ses liberó sus pulmones de la tensión que lo dominaba en ese momento. Acababa de confesar el crimen que come­tió, pero aún faltaba más.

—¿Vos la disparaste en la calle y después la alzaste a su auto? —insistió la locutora

—No, estábamos los dos en su auto —respondió Ulises, lo hacía pausado. Algo más tranquilo.

—Estábamos sobre Maris­cal López y luego fui hasta el motel donde siempre nos veíamos…

—¿Ulises, vos todo ese reco­rrido lo hiciste con el cuerpo? O sea, ¿vos volviste a entrar a un motel y a salir de él? —la periodista estaba estupe­facta por todo lo que estaba escuchando. Sus sentimien­tos se dividían entre aquel con quien compartió tantos momentos en el trabajo y el otro Ulises que no conocía, alguien que podía asesinar.

—Sí, volví a entrar. Por­que ella estaba a mi lado y tenía que esconderla —res­pondió sin exaltarse, Ulises había entrado en confianza con la conductora y por un momento daba la aparien­cia de que olvidó que todo lo hacía a través de una emisora radial.

—¿Vos hablaste con tu fami­lia? Con tu mamá, por ejem­plo —agregó la mujer.

—A mamá no le puedo… —la voz de Ulises se quebró. La periodista había logrado lle­gar al punto que lo sensibili­zaba, su madre. De ahí en más le costó contenerse y sollo­zaba cada palabra.

—Intenté por todos los medios y me atajaba, cada vez que le veía me atajaba y me atajaba. Siempre me atajé, pero esta vez ya no pude. Yo siempre estuve preparado, desde que me enteré estaba preparado yo. Me subía con ella y con el arma…

Ulises no se contuvo con la periodista, no se guardó detalle de lo que hizo. La confianza entre ambos permitió que se confiese como en domingo ante un sacerdote. Lo tenía todo a punta de lengua, no esca­timó detalles y en reitera­das ocasiones daba detalles de cómo disparó a Natalia.

—Yo salí (de la habitación del motel), le acomodé a ella. Empecé a vomitar en el motel, su respiración nuevamente comenzó a agitarse, lo hacía entrecor­tado, generando resistencia al salir por la boca.

Entre jadeos y silencios en intervalos de dos, Ulises con­tinuó relatando —Empecé a vomitar en el motel, ella estaba en el auto. Me bañé y pedí una Sprite porque estaba temblando.

—Le maté a una persona, me voy a pudrir en la cárcel —dijo sollozando.

—Fui nuevamente al auto, con la bolsa de combustible llena y estaba en el centro mismo, no podía hacer nada. Entonces arrancó el auto de vuelta, ella siempre estuvo ahí, porque yo la dejé ahí.

EL PACTO DE ENTREGA

En aquel entonces la comi­saria Elisa Ledesma estaba al frente del Departamento de Relaciones Públicas de la Policía; fue la primera mujer en llegar a esa oficina y más aún como parte de la insti­tución verticalista. La ofi­cial estaba dominada por una naturaleza que unía dos mundos, la de una persona dura y tosca como la mayo­ría de los agentes, y la otra casi opuesta, la de una mujer suave y comprensiva.

Quizás esto la llevó a ganarse la confianza de muchos en su entorno de trabajo, su afi­nidad con varios trabaja­dores de prensa; aquellas que concibió en sus visitas como entrevistada fueron los conducentes para cono­cer a Ulises, el radio opera­dor de estación Primero de Marzo.

Ulises le tenía un aprecio a la jefa policial, ese senti­miento se tradujo en lo que él consideró un conducto para desistir de matarse y entregarse seis días después de dispararle a Natalia. Su amiga, la periodista –con la que se había confesado– logró que renuncie a la infa­mia cobarde y afrontar su responsabilidad.

La comisari Ledesma con­fiaba en que Ulises estaba convencido de entregarse, pero no podía poner su con­fianza solo en eso. Necesitaba hacer algo más.

Continuará...

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