El adiós a un amor único entre una enfermera y un militar
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Por RocíoGómez, corresponsal en Itapúa.
La historia de amor de “Nina” y “Betin” pareciera sacada de una novela romántica, en la que solo la muerte los separó, después de casi 60 años de casados. Cuando se conocieron, ella tenía 18 años y él 24, y fue mediante una llamada equivocada que realizó el joven militar. Fue en el año 1964 que comenzó la historia de amor de Nidia “Nina” Beatriz Maidana y Adalberto “Betin” Almirón. Después de dos meses de hablarse por teléfono, él le invitó al cine, se casaron, tuvieron cuatro hijos, y, recientemente, en el Día de San Valentín, la muerte los separó.
“Nina” recuerda que su historia de su amor comenzó en Encarnación, cuando un joven militar llama a la línea baja de su casa. Era Adalberto “Betin” Almirón, un militar recién egresado de la Escuela de Suboficiales Armeros de Materiales Bélicos, trasladado a Encarnación, donde no tenía conocidos.
La primera conversación rememora de esta manera:
(“Betin”) – ¿ZP5?
(“Nina”) – No, señor, usted discó mal el número.
(B) – ¿Con qué familia estoy hablando?
(N) – Maidana.
(B) – ¿Y vos quién sos?.
(N) – Yo soy Nidia, pero me dicen “Nina”.
(B) – Ah, mirá, a mí me trasladaron recién a la Caballería de acá y no tengo amigos. ¿Vos no querés ser mi amiga? ¿No se va a enojar tu novio?.
(N) – No hay problema, yo no tengo novio.
(B) – ¿Te puedo llamar para conversar de vez en cuando?
(N) – Sí, claro.
Nina y Betin bailando, y junto a sus hijos. Foto: Gentileza.
“Y para qué le dije que sí,” cuenta entre risas Nina, “me llamaba día de por medio casi por dos meses hasta que me invitó al cine a ver “La Pavorosa Casa de los Usher”. Fue todo un tema para pedir permiso a mis papás, fui acompañada por una amiga y, al fin, nos conocimos. Después de la función cinematográfica aprovechó para llevarnos a casa y, de paso, conoció dónde vivía y a partir de ahí aparecía cada domingo para tomar tereré, así nos conocimos”, cuenta “Nina”.
El sentimiento de amor era mutuo, a los dos meses de visitarla, el joven militar pidió la mano de la joven. “Al comienzo, papá no quiso aceptar, pero Adalberto me dijo que él se encargaría de todo. Yo no tenía idea de que iba a ponerle un plazo a mi papá, y a los dos días ya estábamos contrayendo nupcias”, cuenta Nidia con un brillo en los ojos.
Agrega que a los pocos días de casados el joven matrimonio fue trasladado a Pilar, donde vivieron por 7 años. “La vida del militar es triste, tenés que ir arrastrando tus cosas de un lado a otro”. Tuvieron 4 hijos, de ellos, uno de ellos siguió los pasos de su padre y se convirtió en médico de combate de las Fuerzas Especiales.
“Vivimos 59 años de casados, y solo la muerte nos separó”, indica acongojada. “Nuestros hijos nos decían: ‘como hacen mamá, ¡ustedes nunca se pelean!’. Hemos vivido situaciones difíciles, pero con diálogo todo solucionábamos. Si yo fallaba, mi esposo me sentaba en el regazo, conversábamos por horas, y siempre terminábamos con un abrazo y la frase: ‘borrón y cuenta nueva’’'.
Entre las tantas anécdotas que tiene, “Nina” cuenta que la pareja siempre funcionó como un equipo, por ejemplo, “si yo estaba en la cocina cocinando, él daba el toque de celebración, venía silbando alguna canción y me invitada como todo galán a un baile rápido; si yo lavaba los platos, él los secaba; si yo barría, él tiraba la basura. Fue un verdadero compañero, un excelente hombre. En el cuartel nunca puso un dedo sobre el soldado, porque decía que el soldado está para servir a la patria y no a su superior”.
Juntos sortearon muchos escollos, pero sin perder nunca el diálogo y la paciencia. “Hoy día los matrimonios no duran más, porque no hay más conversación entre los esposos. El amor es sacrificio, es empeño, es dolor inclusive, pero al amor no se tiene que soltar nunca”, señala.
La pareja siempre compartió con alegría y optimismo la vida. Foto: Gentileza.
Recuerda también que los pequeños detalles alimentaron el amor en la pareja. “Cuando éramos recién casados, y por muchos años, cada día ‘Betin’ me traía una flor silvestre, me ponía en el pelo y me decía que era la mujer más hermosa del mundo. Cuando llegaba el Día de los Enamorados, buscaba la flor más exótica y llamativa para traerme. Y aun con su partida, le seguiré amando”, menciona.
Adalberto falleció en la madrugada del lunes 13 de febrero por un cáncer. “Hoy me quedo sola, están mis hijos, pero no es lo mismo; le voy a extrañar demasiado”, dice con la voz cortada, pero añade que le escribió muchos poemas, y para esta publicación comparte lo que le dedicó cuando cumplieron 50 años de casados:
“Como amantes”
Enredaste tus manos en mi pelo, jugando con ellos enlazados en tus dedos, mis manos acariciaron tu pecho palpitante y tu boca sobre la mía, suavemente se posaba, abrazados los dos, quemándonos en la llama del amor, sentimos que nos envolvía la pasión, tu cuerpo sudoroso hacia cimbrear mi cintura en armonioso y suave compás,
Y el amor explotó, como un volcán, con furia, con fuerza, quemándonos a los dos, locura de amor que parecía no tener fin, ansiedad desmedida por ser feliz, más que esposos éramos amantes, amantes de antaño, amantes de hoy, amantes que todavía encienden la mecha de amor, que sin importar los años, vivimos llenos de pasión, y allí desnudos nuestros cuerpos todavía hambrientos nos sorprendió la aurora, nos miramos a los ojos y juramos como antes como siempre hasta la muerte como amantes.
El ARA San Juan con sus tripulantes sobre cubierta antes de zarpar desde la Base Naval Mar del Plata, donde se aloja el Comando de la Fuerza de Submarinos
Lo que nunca conté cuando desapareció el submarino ARA San Juan
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Ricardo Rivas
Periodista
X: @RtrivasRivas
“Reza por ellos y ella”, respondió aquel submarinista cuando lo llamé para preguntarle sobre “el San Juan”. No voy a escribir su nombre. No. Lo llamaré como aludimos a él entre amigos cuando comparte sus historias bajo el agua.
Marko es un tipo increíble. Es un hombre de mar, aunque desde algunas décadas dejó atrás sus tiempos de intensa actividad embarcado. Alguna vez, junto a él abordé un submarino. Tampoco diré en qué puerto fue. Quiero cuidar su presente porque aquello que dejó atrás, su historia personal como “marino de guerra”, pese al paso del tiempo, siempre vuelve. ¿Qué recuerdo de aquel ingreso subrepticio al sumergible? No mucho. Aunque admito que la estrechez de los lugares comunes me impresionó. Pero aquella impresión fue como supe cómo se respira en un submarino.
“Es muy necesario ahorrar el consumo de oxígeno y de aire comprimido…”, comenzó a explicar un veterano. Voz suave y pausada. “La respiración debe ser profunda, con un ritmo constante y lenta. El aire es preciso gestionarlo con el diafragma.
Como quienes practican el yoga, se debe combinar la respiración abdominal con la torácica y la clavicular para maximizar la oxigenación”, añadió con serenidad. “Solo así podrás dejar atrás –en el muelle– el estrés, aumentarás tu capacidad pulmonar y conseguirás centrarte sobre tu eje para que tu mente esté en total equilibrio con tu cuerpo”, indicó.
Viajé con la memoria hasta una lejana clase de asanas. Tal vez hubiera poco más de siete metros entre un lado y el otro de la embarcación diseñada para que no pueda ser detectada. Hacia el frente y a mis espaldas me pareció estar en un largo tubo interrumpido por una sucesión de pesadas puertas.
“La respiración yóguica que les propongo, para quienes quieren saber más, tiene como objetivo maximizar el intercambio de gases dentro de la nave para reducir la acumulación de dióxido de carbono en este espacio, no solo disminuir el estrés, como ya les dije, sino reducir la frecuencia cardíaca para bajar al mínimo el consumo de aire”.
Los cuatro acusados: Luis López Mazzeo, extitular del Comando de Adiestramiento; Claudio Villamide, excomandante de la Fuerza de Submarinos; Héctor Alonso, exjefe del Estado Mayor del Comando de Submarinos, y Hugo Correa, exjefe de Operaciones
LA PRUEBA
Aquellas palabras aún resuenan una y otra vez en mis oídos. “El estado actual de la unidad es operativo con una profundidad limitada a 100 metros, una velocidad autoimpuesta a máxima etapa 3 y como importante la indiscreción del ruido de la línea de eje al momento de parar máquinas”. La voz sonó clara. La sala de audiencias se conmovió. El silencio devino en murmullo.
El comandante Pedro Martín Fernández –con esas treinta y nueve palabras– describió ante sus superiores cuál era el estado operativo del submarino ARA San Juan un día de abril de 2017, siete meses antes de que la nave desapareciera de los radares.
Los familiares del comandante Fernández se estremecieron cuando escucharon esa voz que –aunque lo desean como nunca antes– ya no pueden escuchar. Desconocían de esa grabación cuya escucha, como elemento de prueba, fue presentada por la defensa del capitán de navío Claudio Villamide, excomandante de la Fuerza de Submarinos que, en esta causa, está imputado junto con el exjefe del Comando de Adiestramiento, Luis López Mazzeo; el exjefe del Estado Mayor del Comando Submarinos, Héctor Alonso, y el exjefe de Operaciones Hugo Correa.
Tres informantes muy sólidos me aseguran que estos tres últimos acusados tampoco sabían. A los cuatro la Fiscalía los acusa porque, al parecer, “incumplieron y omitieron sus deberes para con el alistamiento, mantenimiento y control operativo del submarino y, justamente por esas conductas, se produjo un estrago culposo agravado”.
Los jueces Mario Gabriel Reynaldi, Luis Alberto Giménez y Enrique Baronetto, integrantes del Tribunal Oral Federal de Río Gallegos –que deberán decidir– recibieron las objeciones de fiscales y querellantes por la inesperada escucha. “Las familias no fueron advertidas”, argumentan. “Fueron emocionalmente afectadas”. También denunciaron que “no se preservó debidamente la información militar sensible que la prueba contiene”.
¿Estaba en condiciones de navegar el ARA San Juan? Aquel viernes 17 de noviembre de 2017, en el inicio de la nocturnidad, como rumor, en Mar del Plata –poco más de 1.720 kilómetros al sur de mi querida Asunción– se escuchó por primera vez que “desapareció el ARA San Juan”. En un par de horas aquella inquietante novedad comenzó a circular desde el puerto. Aunque en voz baja, el ARA San Juan estaba en boca de todos y todas. Sin embargo, en la tele o en la radio no se decía nada.
El cielo estaba color gris plomo. Clima inclemente. Tempestad. Pese a que la finalización del invierno estaba a la vuelta de la esquina, la meteorología era severa con la ciudad enclavada en la costa bonaerense. El Atlántico Sur, cuando sopla rugiente la sudestada, es de temer. Mar del Plata estaba en silencio profundo. El celu estallaba. Colegas periodistas desde países vecinos y redacciones lejanas querían saber, saber y saber. No tenía para responder.
Fuentes gubernamentales, navales y de la sociedad civil relacionadas con la Armada no aportaron nada. Pero… algo ocultaban o, peor aún, no sabían cómo decir lo que no querían que estuviera pasando o que... hubiera pasado. ¿Se perdió contacto con el ARA San Juan? ¿Emitió una llamada de emergencia? ¿Está desaparecido? “No tengo nada para decirte”.
¿El submarino está en una misión de patrullaje? “No puedo responder a esa pregunta. Se trata de información sensible, secreta. ¡Podría afectar la seguridad nacional!”, escuché una y otra vez. Misterio de Estado. Un grupo de personas en el portón de acceso a la Base Naval Mar del Plata, donde se aloja la fuerza de submarinos, también querían saber. Un oficial naval se acercó para invitarlos a pasar. “Solo familiares”.
Quedé con mis ojos clavados en las espaldas de quienes, sumidos en la angustia, con paso apresurado, silenciosos, marchaban en procura de respuestas. Las luces en el interior de la capilla Stella Maris, a unos pocos metros del acceso a esa unidad militar, estaban encendidas. Después de varios intentos vuelvo a dar con Marko. “Comenzó el operativo de búsqueda”, me dice.
Eliana María Krawczyk, la primera mujer submarinista en Sudamérica, capitana de corbeta posmortem, tripulante del ARA San Juan. Su perro, Comando, la esperó en el muelle hasta su último aliento. Luego, se cuenta en el puerto de Mar del Plata, fue inhumado con “honores militares”
OTROS SUBMARINOS
Por varios pescadores sabemos que la meteorología en el mar es pésima. Los que todo lo saben y lo recuerdan –apostados allí solo como curiosos– parlotean. Las angustias crecen con cada recuerdo. “El 12 de agosto de 2000 el submarino Kurks, de la armada rusa, durante un ejercicio de combate en el mar de Barents, después de dos explosiones se hundió con 118 tripulantes…”. Alguien sollozaba.
La vigilia se extendía. Otro recordó que el 22 de mayo de 1968, el submarino nuclear norteamericano Scorpion, con 99 submarinistas a bordo, dejó de comunicarse con su base. Un día antes fue el último contacto registrado cuando se encontraba en inmersión a unos 90 kilómetros de las Islas Azores. El memorioso charlatán hizo silencio.
Un informante clave, horas más tarde, me confidenció que varios sensores hidroacústicos reportaron anomalías desde las Islas Canarias, desde Terranova y desde la Argentina. Luego supe que, en abril de 2021, cincuenta y tres marinos a bordo del KRI Nanggala-402 se perdieron para siempre a unos 100 kilómetros de la costa de Bali. Alguien que salió del interior de la Base Naval Mar del Plata para mezclarse entre quienes buscábamos información. Lo rodeamos. Dejó trascender, en voz muy baja, que a las 7:15 del 15 de noviembre, el capitán de fragata Pedro Martínez Fernández, mientras navegaban sumergidos a 432 kilómetros de la costa, a la altura del Golfo de San Jorge reportó que el “ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías n.° 3 ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”.
Ocho días antes habían zarpado desde el puerto de Ushuaia. “No me comprometan”, pidió el portavoz anónimo con los ojos vidriosos. ¿Dónde está el San Juan?, era el interrogante único en una ciudad que sabe de qué se trata el mar. Lo ama y respeta. Navegantes, pescadores, buzos, nadadores, surfers… El 25 de octubre de 2017 el submarino San Juan con sus cuarenta y cuatro tripulantes dejó este puerto por última vez. Despedidas, adioses, promesas de regreso, de volver pronto… Como viajero que siempre gusta de viajar sé que partir no siempre es irse. Tampoco es querer y poder volver. Mucho menos, decir adiós.
El ARA San Juan, como cada vez que se lanzaba al mar, las primeras millas las navegó en la superficie. Quienes estábamos entonces cerca de la costa lo vimos pasar frente al Cabo Corrientes. Algunos pescadores saludaban. La falta de dragado obligaba a los buques a navegar cerca de la costa hasta donde las avenidas Colón o Pedro Luro se sumergen. Allí viran a estribor en busca de aguas profundas. Esa derrota cumplió el sumergible.
A OCHO AÑOS
¿Qué se sabe del San Juan, dónde está… qué pasó, Marko?, pregunté una vez más al submarinista amigo. “Reza por ellos y ella”, repitió. Como en el primer momento me quedó la convicción de que sabía más de lo que podía (o quería) decir. La consulta era a la vez la pregunta que –consternados– se hacían en la entrada de la Base Naval Mar del Plata familiares, amigos, amigas de los tripulantes de la embarcación desparecida.
También era la demanda de las y los periodistas que cubríamos la tragedia que nadie confirmaba formalmente. “Buscar un sumergible es muy difícil. Muy complejo”, dijo un experto en el uso del sonar (sigla en inglés de Sound Navigation And Ranging) destinado en un buque de superficie con muchos años de servicio.
“Los submarinos están diseñados para no ser detectados. Son cazadores invisibles”, precisó. Un pescador, en la triste madrugada del día después de la desaparición del ARA San Juan, a tres periodistas nos contó, con lágrimas en los ojos, que “Comando, como cada vez que Eliana (Krawczyk, primera oficial naval y submarinista en Latinoamérica) y sus compañeros partían, la acompañó hasta el muelle primero, hasta la planchada después y, con los primeros movimientos de los remolcadores con los que los prácticos guiaban aquel barco de guerra hasta el canal para salir del puerto marplatense, con sus ojos fijos en el caso del sumergible. Te partía el alma…”, agregó.
¿Comando? Sí, un perro callejero que se encariñó con la submarinista del San Juan. “Algunas veces se zambullía y con esfuerzo, nadaba a la par de la embarcación, intentaba abordarla para luego emprender el regreso al muelle donde se quedaba hasta el regreso. Seguro que está allá, en el muelle…”, especuló. Imposible verificarlo. Nadie podía ingresar en la Base Naval Mar del Plata.
Dos fuentes del más alto nivel que aún se desempeñan en organismos multilaterales –en la madrugada del 18 de noviembre, unas pocas horas después de la desaparición del ARA San Juan– que trabajan en la Organización del Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBTO), por WhatsApp off the record, me informaron que se había registrado “una explosión en la zona donde navegaba” el submarino argentino. ¿Hay certezas? “Sí.
Los sensores desplegados en las Islas Crozet, de Francia; en la Isla Ascensión; y, en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte lo reportaron. Algunos analistas estiman que la anomalía registrada se produjo aproximadamente a un kilómetro de profundad”. Con esa información consulté numerosas fuentes locales. Civiles y militares. Negaron. Desmintieron.
“¡Es imposible!”, enfáticamente respondieron algunos de los consultados. El 23 de noviembre, el capitán de fragata Enrique Balbi confirmó formalmente que aquella organización detectó “un evento anómalo, corto y consecuente con una explosión/implosión” en la zona por donde se encontraba el sumergible. Tiempo después el instrumental instalado en el buque Seabed Constructor (cinco Autonomous Underwater Vehicle - AUV) confirmó aquellos datos off the record que recibí desde Viena.
Los restos del ARA San Juan estaban (y están todavía) “unos veinte kilómetros al norte del punto estimado donde se produjo la explosión/implosión a unos 900 metros de profundidad”. ¿Por qué no se informó antes? “Comunicar en tiempos de crisis y de angustias sociales, bajo presión, no es sencillo”, argumenta este miércoles una fuente sólida y confiable. ¿Y, por qué se demora tanto el juicio oral para establecer responsabilidades y sancionar a los culpables cuando todo parece estar tan claro? “La justicia tiene sus tiempos”, responde.
Ocho años pasaron desde la tragedia. Volví al puerto cuando el juicio se inició en Río Gallegos. Un viejo suboficial retirado de la marina de guerra me contó que “en noviembre de 2018, murió Comando. Se quedó en el muelle esperando a la capitana Eliana…”, dijo con angustia. Sentí que no hablaba conmigo.
“Dicen que un tumor en el estómago lo mató. Pero algunos pescadores supersticiosos precisan que expiró cuando los AUV del Seabed Constructor encontró al San Juan en el fondo del mar. En un bar cercano al puerto se comenta que un tal Julián Trejo, oficial de la Fuerza Aérea que conoció de cerca la historia de amor entre Eliana y Comando, discretamente, lo enterró en algún lugar con honores militares”.
En el momento en que el ARA San Juan desapareció –el 17 de noviembre de 2017–, las estaciones hidroacústicas de la Organización del Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares instaladas en las Islas Crozet y Ascensión, entre otras, registraron “un evento anómalo, corto y consecuente con una explosión/implosión” en la zona donde navegaba
Buscan a niña de 2 años que habría sido llevada a Argentina sin autorización
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Este jueves, la Fiscalía de Ciudad del Este, departamento de Alto Paraná, emitió una orden de búsqueda y localización de una niña de 2 años que habría sido llevada a la República Argentina sin permiso de la madre, que tenía la tutela de la menor. Además, dispuso que el padre sea detenido en la causa caratulada como violación de la patria potestad.
El caso está en manos de la agente fiscal Cinthia Leiva Cardozo, quien emitió una orden de búsqueda y localización de una niña de 2 años, identificada como Isabel Peralta Coronel y la de su padre Domingo José Peralta Romero. Hasta el momento se presume que la pequeña habría sido llevada irregularmente a la Argentina por la abuela paterna.
La denuncia fue presentada por Mirian Coronel Morínigo, madre de la niña, y la causa fue caratulada como “Investigación fiscal sobre supuesto hecho punible contra el estado civil, el matrimonio y la familia (violación de la patria potestad)”. La fiscal solicitó los informes policiales para determinar el paradero de la menor y que pueda retornar con su madre.
Coronel denunció que la desaparició de su hija ocurrió luego de que dejó a sus dos hijas al cuidado de una sobrina en una vivienda alquilada del barrio La Blanca, de Ciudad del Este, para hacer unas compras. Al regresar, no encontró a las niñas ni a la cuidadora. Luego recibió un mensaje en el que le informaban que su hija de 2 años habría sido llevada a Argentina por su abuela, sin permiso.
El hecho se reportó durante la jornada de ayer miércoles, por lo que la fiscal de la Unidad Penal n.° 2 emitió un oficio por el cual dispuso la inmediata localización de la niña y de su padre. Además, que estas dos personas sean puestas a disposición de dicha unidad fiscal para los trámites legales pertinentes.
A 50 años del golpe de Estado que instauró la dictadura militar en Argentina
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En Argentina, el 24 de marzo es fecha de duelo, marchas y disputas políticas. A 50 años del golpe de Estado, miles de personas vuelven este martes a las calles para recordar a las víctimas de una dictadura que el gobierno del ultraderechista Javier Milei busca revisar. Bajo la consigna “Nunca más” que marcó a generaciones, organismos de derechos humanos, sindicatos y organizaciones sociales llamaron a marchar portando fotos de desaparecidos en una gran movilización en Buenos Aires que tendrá epicentro en la Plaza de Mayo.
Los organismos de derechos humanos cifran en 30.000 el total de desaparecidos durante la dictadura. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo encabezan la marcha, en continuidad con una tradición iniciada durante la dictadura, cuando comenzaron a reunirse para reclamar por el paradero de sus hijos. La búsqueda continúa. La justicia de Córdoba, en el centro del país, identificó recientemente los restos óseos de 12 personas hallados el año pasado en un excentro clandestino de detención.
“Pensábamos que después de unos días de tortura la gente iba a reaparecer. Pero eso no sucedió”, dice a la AFP Miriam Lewin, una periodista de 68 años que tenía 19 el día del golpe. Vivía en la clandestinidad cuando, en 1977, fue secuestrada, torturada y eventualmente trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los principales centros clandestinos de detención que hoy es un sombrío museo en Buenos Aires.
“Como en los campos nazis, se salvaban los que tenían cierta habilidad”, cuenta. La suya fue redactar notas y traducir textos. “Convivíamos con los gritos de las torturas mientras llevábamos una rutina casi de oficina”. El golpe cívico-militar de 1976 derrocó a Isabel Perón e instauró una dictadura que gobernó hasta 1983 y llevó a cabo desapariciones, torturas, robo de bebés, forzando a miles al exilio.
Memoria y disputa política
Cincuenta años después, 1.208 personas fueron condenadas en más de 350 juicios, pero más de 300 causas siguen abiertas. Abuelas de Plaza de Mayo ha restituido la identidad de 140 nietos que fueron secuestrados cuando eran bebés o nacieron en cautiverio y se calcula que quedan más de 300 por encontrar.
“Todavía la condena a la dictadura, al plan sistemático de persecución, tortura y desaparición, sigue siendo fuerte en la mayor parte de la población argentina”, dijo a la AFP el politólogo Iván Schuliaquer, de la Universidad Nacional de San Martín. Pero el aniversario encuentra a los argentinos en medio de una batalla política por cómo se narra esta violencia, luego de que Milei cuestionara consensos instalados desde el retorno de la democracia.
El gobierno cifra en menos de 9.000 el número de desaparecidos, sostiene que en los años de dictadura hubo una guerra en la que se cometieron excesos de ambos lados y relativiza el rol de la dictadura militar, al describirlo como parte de un enfrentamiento con organizaciones armadas. En 2025, la Casa Rosada difundió un video en esa línea en el cual el escritor y referente de la ultraderecha Agustín Laje afirma que la historia ha sido enseñada de forma “maniquea y reduccionista”. Este año, divulgará un video en el que defenderá lo que llama “la verdad y justicia completa”.
La mayor parte de la sociedad, sin embargo, no parece acompañar este relato. Un estudio reciente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sobre 1.136 entrevistados en todo el país reveló que siete de cada diez argentinos condenan la dictadura militar.
En vísperas del aniversario, expertos de la ONU pidieron al gobierno de Milei “cesar las acciones que erosionan el legado histórico” y los obispos argentinos llamaron a que no se “mutile la historia”. “Hay algo del pacto democrático que con este gobierno se ha roto”, dijo Schuliaquer. Sin embargo, el movimiento de derechos humanos “tiene una capacidad de movilización discursiva, callejera, de visibilización pública, que todavía no tiene un contrincante de esa escala”.
Argentina recuerda 50 años del golpe de Estado que instaló la dictadura militar
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Una adolescente embarazada, un alumno secundario y una joven universitaria que sobrevivieron a la dictadura argentina reviven ante la AFP sus historias de tortura, muerte y exilio a 50 años del golpe de Estado. Representantes de una generación diezmada, estuvieron en distintas cárceles clandestinas de las 600 de la dictadura (1976-1983), responsable de 30.000 desapariciones, según organismos humanitarios.
Sus testimonios ayudaron a condenar genocidas y a reconstruir lo que sucedió en sitios como la Esma, el centro de exterminio de Buenos Aires por donde pasaron unos 5.000 secuestrados y sobrevivió apenas un millar. Ayudaron a probar el robo sistemático de bebés y los “vuelos de la muerte”, en los cuales los militares arrojaban a los secuestrados narcotizados al mar.
Un mural que representa a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se puede apreciar en el antiguo edificio de la Escuela de Mecánica Naval. Foto: Luis Robayo/AFP
16 años, embarazada
Cuando ocurrió el golpe, el 24 de marzo de 1976, “la sensación era ‘llegó’. Oímos por radio el anuncio del estado de sitio. Había requisas, paraban colectivos”, dice Ana Careaga, una psicóloga de 64 años. “Me secuestraron el 13 de junio de 1977, me llevaron a un lugar, me desnudaron y empezaron a torturarme”, relató. “Me despojaron de identidad, ya no era Ana, era K04”.
“Quería morir, me decían ‘te vamos a mantener viva para seguir torturándote’”, y así lo hicieron durante cuatro meses. Hablar, llorar era castigado con tortura. “El hambre era desesperante, contaba los segundos hasta llegar a minutos y horas esperando la comida, pero la traían hirviendo y se la llevaban antes de que se enfriara lo suficiente”.
Al principio ocultó su embarazo. “Pensé que por la intensidad de la tortura habría muerto. En una oportunidad acostada y encadenada sobre una tarima, se empezó a mover en mi vientre. Fue la victoria en medio de la muerte”, dijo. Fue la única vez que lloró en cautiverio. Liberada obtuvo exilio en Suecia, donde nació su hija.
Días después supo que su madre había sido secuestrada junto a otras líderes de la naciente asociación Madres de Plaza de Mayo a la salida de una iglesia adonde se reunían, la misma donde habla con la AFP. Torturadas en la Esma, fueron arrojadas vivas al mar junto a dos monjas francesas. El mar devolvió los restos, maniatados de pies y manos. Fueron identificados años después y enterrados en la misma iglesia “donde habían sido libres por última vez”.
El avión Short SC-7 Skyvan, utilizado durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) por la Prefectura Naval con matrícula PA-51 para arrojar a detenidos vivos al mar. Foto: Luis Robayo/AFP
18 años, estudiante
Pablo Díaz, empresario de 67 años, era adolescente cuando lo secuestraron en 1976 en las redadas de líderes estudiantiles que reclamaban una tarifa de transporte escolar. El hecho es conocido como “La noche de los lápices” y fue llevado al cine en 1986 para relatar el secuestro de siete de ellos. Sólo él sobrevivió. Perseguido, se refugió en casa de un amigo, pero regresó al hogar familiar a pedido de su padre, que creía que estaría a salvo.
“Volví y esa madrugada me secuestraron. De paso robaron joyas”, dijo. Buscaban “material subversivo, armas, pero lo único que encontraron fue una revista Playboy debajo de mi colchón. Se rieron, pero me llevaron igual” a un centro clandestino bajo el mando del jefe policial Miguel Etchecolatz, condenado a nueve cadenas perpetuas y muerto en 2022.
“Supe que había campos de concentración cuando estuve en uno y que había tortura cuando me torturaron”, resume. Le arrancaron uñas, le pasaron electricidad, lo privaron de comida y lo sometieron a simulacros de fusilamiento. En sus tres meses de cautiverio tejió una historia de amor con Claudia Falcone, de 16 años. “Le prometí que cuando saliéramos íbamos a ser novios. Me respondió que la habían violado”, relató.
Los captores le encomendaron el cuidado de secuestradas embarazadas. “Fui testigo de tres nacimientos”, dijo. Los bebés fueron robados al nacer. “Dos se encontraron muchos años después”. Falcone y los otros estudiantes fueron fusilados y a Díaz lo trasladaron a una cárcel legal. En 1985 fue testigo del histórico Juicio a las Juntas. “La sociedad supo recién ahí que niños y adolescentes también fueron desaparecidos”.
Fotografías de personas desaparecidas durante la dictadura argentina (1976-1983) se exhiben en el antiguo centro clandestino de detención de la Escuela Naval Europea (ESMA) en Buenos Aires, el 18 de marzo de 2026. Foto: Luis Robayo/AFP
19 años, universitaria
Miriam Lewin, una periodista de 68 años, tenía 19 cuando llegó el golpe. Como militante de la Juventud Peronista pasó a la clandestinidad. “No pensábamos que la represión iba a ser tan masiva y despiadada”, dijo. La secuestraron en 1977 y estuvo dos años cautiva, el último en la Esma, donde alternó tortura con trabajo esclavo.
“Era un centro de exterminio”, asegura. Al recordar los vuelos de la muerte, cuenta que les hacían creer que iban a una estancia en el sur y en la ingenuidad algunos pedían irse “porque no soportaban más estar encapuchados, comiendo comida en mal estado rodeados por ratas”.
Su testimonio contribuyó a la condena de tres pilotos. En una muestra de la impunidad que gozaban los militares, la llevaron junto a otros prisioneros a mezclarse entre los argentinos que celebraban la obtención de la Copa del Mundo 1978 tras la final jugada en el estadio de River Plate, vecino a la Esma.
“Lívidos, inmóviles en ese mar de gente desbordada pensé, esto va a durar 40 años más”. Pero en 1982, la dictadura se resquebrajaba y declaró la guerra al Reino Unido por las disputadas Islas Malvinas. Argentina perdió la guerra, pero en 1983 volvió a la senda democrática.