Más allá de sus fundamentos doctrinarios que nacieron con una fuerte orientación social, que es inseparable a su corpus ideológico, la Asociación Nacional Republicana se ha caracterizado por lo que propios y extraños definen como vocación de poder.
Salvo los casos de traición a la institución política nacida el 11 de setiembre de 1887 (hace exactamente 138 años), siempre supo mantenerse en el Gobierno durante regímenes democráticos, a excepción de la sangrienta dictadura militar del general Alfredo Stroessner, que duró de 1954 a 1989 y que contó con el brazo civil de quienes usurparon los verdaderos ideales del coloradismo.
Sus referentes intelectuales y de innegociables condiciones morales fueron aislados, perseguidos, encarcelados, exiliados y hasta asesinados como el condenable caso del doctor Agustín Goiburú. El resto renunció a sus historias de luchas en la llanura, para acomodarse a los designios del déspota, a cambio de lugares de privilegio en la estructura del Estado.
Debemos reconocer en este punto que el partido siempre tuvo dos frentes internos desde la época de los primeros años de su fundación: por un lado, el caballerismo (leales al general Bernardino Caballero) y, por el otro, el egusquicismo (seguidores de Juan Bautista Egusquiza), ambos expresidentes de la República por el Partido Nacional Republicano.
Sin embargo, las enemistades y los desencuentros nunca fueron superados, al punto que la revolución de 1904, encabezada por los jefes del Partido Liberal, tuvo el apoyo económico de antiguos integrantes del egusquicismo.
En 1906, algunos ministros colorados en el gobierno de Cecilio Báez conspiraron en contra del general Caballero para sacarlo de la Comisión Central, concediéndole el cargo de presidente honorario, que el héroe de la Guerra Grande rechazó rotundamente. Solo dos años después, 1908, el partido pudo reorganizarse con Caballero liderando la operación.
Las líneas internas tampoco habían cesado: aparecieron los eleccionistas y abstencionistas entre 1927-1928, periodo en que la ANR se escindió en dos partidos diferentes hasta 1936.
La siguiente fase encontró confrontados al sector Democrático, de Epifanio Méndez Fleitas y Osvaldo y Federico Chaves, con el Guion Rojo, de Natalicio González. Durante la pasada dictadura había dos posiciones bien definidas: los estronistas y los contestatarios.
En la agonía del régimen aparecieron los “tradicionalistas”, que querían recuperar la dignidad del pasado, y los “militantes-combatientes-estronistas hasta las últimas consecuencias”.
Con la llegada de la transición democrática, los movimientos más fuertes fueron los liderados por Luis María Argaña, del Tradicionalismo Autónomo, y Ángel Roberto Seifart, del Tradicionalismo Renovador. Con el retiro voluntario de este último del escenario político nacional, surgió la figura del exgeneral Lino César Oviedo.
Después de estas duras batallas electorales dentro del coloradismo, todos los movimientos siempre fueron efímeros, hasta que surgió Honor Colorado, liderado por Horacio Cartes, expresidente de la República y actual titular de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, y cuya vigencia política data de 2010, es decir, ¡hace 15 años!
Otro notorio caso de traición al Partido Colorado se dio en 2008, con una abierta campaña en contra de la candidata Blanca Ovelar, de parte de Luis Alberto Castiglioni, hecho que, en definitivas, significó su entierro político. Y, más recientemente, el de Mario Abdo Benítez, quien coqueteó con la oposición y lanzó discursos despectivos hacia el actual mandatario, Santiago Peña.
Pero, incluso en estas condiciones, la realidad así lo demuestra: el electorado republicano, en su inmensa mayoría, se mantuvo fiel a sus candidatos, menos en 2008, cuando la prédica de la traición y la soberbia causaron la derrota colorada.
A dos años de las próximas internas coloradas, a diferencia de los partidos de la oposición, la ANR ya tiene cuatro potenciales candidatos en el punto de largada: por el oficialismo, el actual vicepresidente de la República, Pedro Hércules Alliana; por el movimiento Añetete (de Mario Abdo Benítez), Arnoldo Wiens; por Fuerza Republicana, el ingeniero y senador Luis Pettengill, y por Causa Republicana, la senadora Lilian Samaniego.
Es por esta razón que muchos analistas y estudiosos del comportamiento de nuestros partidos políticos y sus respectivos electores mencionan esa constante, la vocación de poder del Partido Colorado.
No decimos que después de las internas no fueran a ocurrir algunas fisuras entre sus respectivos dirigentes; sin embargo, los que definen las elecciones –verdad de Perogrullo, pero, verdad al fin– son los que votan.
Y es ahí donde la oposición no ha logrado captar la atención y el interés de la ciudadanía, principalmente por su ineptitud para articularse como proyecto serio y viable, y con propuestas convincentes que superen el raquitismo intelectual de la denostación.
Así las cosas, el gran debate electoral se circunscribirá, nuevamente, al interior del coloradismo, que volverá a poner a prueba su vocación de poder para seguir en el gobierno de la República. Por el bien de la democracia, la oposición debería adoptar la capacidad de organizarse que tiene el Partido Colorado por encima de sus interminables querellas intestinas.