El ejemplo de los casi cincuenta mil fieles que acudieron a presenciar la ceremonia de beatificación de la hoy ya beata María Felicia de Jesús Sacra­mentado “Chiquitunga”, realizada la tarde del sábado próximo pasado, puede darnos una pista de cómo es de importante la fe para la gente en todo el mundo.

Y no se trata de citar como ejemplo de fe a la religiosidad o a la energía puesta en una figura sagrada o en una creencia compartida por otras personas, en este caso, por la Iglesia Católica, cuyos fieles son mayoría en el país. Se trata en este caso de rescatar la importancia de la pala­bra y su significado en todas sus expresiones.

La palabra fe proviene del latín fides, que sig­nifica tanto fidelidad como creencia o fe. Es el asentamiento a un hecho, confianza en el dicho o el hecho. La fe es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión y creencia. Según se explica en otro sentido, cuando toda persona se esfuerza por alcanzar una meta digna, está ejerciendo la fe, pues demuestra a la vez la “esperanza” en que algo que aún no puede ver, es o será.

Creer, tener fe, es casi lo mismo que tener espe­ranza y a la vez confianza en que podremos lograr objetivos que consideramos esenciales para nuestras vidas y también, debería serlo, para la vida de los demás.

Y en ese punto, la fe es esencial para ponernos en marcha como ciudadanos en busca del bien común. La fe que empuja a los jóvenes a pre­pararse y estudiar, incorporar conocimientos para afrontar los retos de la realidad y asumir los compromisos que exigen las responsabilida­des en un mundo cada vez más complejo y, a la vez, conectado es muy importante. Esta espe­ranza en ser mejores para lograr cambios posi­tivos en la sociedad debe ser una constante en la vida de quienes tienen la ventaja de los años a favor y también las puertas abiertas hacia el conocimiento.

La fe en sí mismos y en lo que sueñan y crean es esencial en el relato que cualquier exitoso emprendedor nos muestra cada vez que le pre­guntamos sobre el cómo logró triunfar: nunca se dieron por vencidos porque tenían fe en lo que hacían y esperanza en que lo iban a lograr, no importa cuántas veces tuvieron que levan­tarse luego de una caída.

Deben hacer uso de su fe quienes emprendan en pequeñas o grandes empresas, destinadas a dar servicios, ofrecer productos y hasta llevar al mundo sus logros. Si no tuvieran confianza en su propia capacidad y en su propio talento y esfuerzo, estarían condenados de antemano al fracaso.

Nunca se ha dejado de lado la fe como motor de la vida de quienes son y han sido ejemplos para el mundo, como los grandes pacifistas o lucha­dores por la libertad. ¿Qué hubiera sido de la vida de Ghandi, sin tener fe en que su lucha y padecimientos tendrían que ser entendidos una vez por quienes sojuzgaban a su pueblo? ¿Qué razones más que la fe y la esperanza de ver a su país libre de las injusticias sostuvieron con vida a Mandela en una cárcel brutal por 27 años? Y solo citamos dos ejemplos de los miles de la vida de grandes personalidades reconocidas y de cientos de miles de héroes y heroínas desco­nocidos que hicieron de este mundo un lugar mejor para todos, gracias a que tuvieron –y tie­nen– una inquebrantable fe.

La fe, más allá de lo que sienten los que profe­san una religión en particular, ayuda a vivir y también a ser más felices y capaces de entender y amar a los otros, saltando por encima de las murallas que interponen siempre la descon­fianza, la ignorancia de los valores como la fe y la esperanza y la falta de empatía, que junto con la soberbia, puede terminar con cualquier pro­yecto de vida que hayamos diseñado, por sabios que creamos ser.

Creer en que si hacemos las cosas bien y ofrece­mos al mundo lo mejor de lo que somos, más allá de los espacios que ocupemos en la sociedad, siempre será lo más provechoso y generador de bienestar, es una buena manera de expre­sar la fe y la esperanza que ayudan a superar los obstáculos que la vida y las circunstancias nos ponen en el camino, sin dejar de lado nuestros principios de humanidad.

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