• Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos: Gentileza

Desde el jueves pasado, el particular balón la Trionda rueda en dieciséis ciudades de Canadá, México y Estados Unidos, los países anfitriones de la vigesimotercera Copa Mundial de Fútbol 2026.

Entre el 13 y el 30 de julio de 1930, en Uruguay, se desarrolló el primer campeonato mundial de fútbol de la historia. Nada nuevo y, mucho menos, que se desconozca. El presidente de la FIFA entonces, Jules Rimet, tuvo presente para designar la sede que el país anfitrión –en 1924 y 1928– fue medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París (1924) y de Ámsterdam (1928). Desde aquellas dos citas deportivas el fútbol –como disciplina– alcanzó un estatus que nunca se le había concedido antes.

Eran otros tiempos. La FIFA, cuando se iniciaba la tercera década del siglo XX, tenía cuarenta y un miembros. Sin embargo, hasta Montevideo solo aceptaron viajar para participar trece selecciones porque el viaje, en barco, para los europeos era muy largo. En consecuencia, solo se enfrentaron Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú, Bélgica, Francia, Rumania, Yugoslavia, Estados Unidos y México. La copa la alzó Uruguay. Triunfó sobre la Argentina por 4 a 2 en el estadio Centenario.

El trofeo siguiente se disputó en Roma. El dictador Benito Mussolini (1883-1945) operó con firmeza para que así fuera y, en consecuencia, encaró la organización de aquel campeonato como una cuestión de Estado. Nada nuevo. Desde 1928 construyó con aquel objetivo, en la base misma del Monte Mario, el Stadio dei Marmi que custodiaban sesenta estatuas de atletas de mármol con claro estilo grecorromano.

El 10 de junio de 1934, Italia derrotó a Checoslovaquia por dos goles a uno. El relato del autócrata fue presentar aquel triunfo como un logro del fascismo y sobre ese eje construyó una buena parte de su comunicación política. Nada nuevo, por cierto. Deporte y cultura, claramente, ensamblan para proyectar y gestionar acciones públicas y privadas de alto rendimiento.

Hoy la FIFA cuenta con un total de doscientas once asociaciones nacionales afiliadas. Dieciocho países más que en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se encuentran representados en ese foro, también de alcance global. El presidente actual de la FIFA, Gianni Infantino, lo sabe. Los megaeventos deportivos –como lo es el Mundial FIFA 2026– no son un hallazgo con alcances insospechados.

MASIVIDAD ACOTADA

Ya en el 776 aNE, en Olimpia, ciudad griega, se ofrendaba a Zeus, dios de dioses, con prácticas deportivas masivas de las que, sin embargo, solo podían participar los hombres libres que hablaban griego. La mayor exigencia era, justamente, ser ciudadano de alguna de las ciudades-estado griegas.

Las mujeres no podían participar de los juegos olímpicos de entonces. Las casadas ni siquiera podían concurrir para ver las competencias. Las solteras, sí. A los deportistas no se los categorizaba por algunos indicadores como sus edades o el peso corporal. No. Competían todos juntos, sin distinciones untados sus cuerpos con aceites y arena; y, totalmente desnudos.

Cuando cada cuatro años la realización de los juegos se acercaba, los deportistas comenzaban a trasladarse a Olimpia, donde debían estar un mes antes del inicio de las competencias.

En ese tiempo entrenaban, se aclimataban y eran supervisados por los jueces en todo momento. Los atletas –mayoritariamente provenientes de los sectores aristocráticos– se preparaban para disputar carreras pedestres, combates personales, competencias ecuestres y en el pentatlón, la competencia estrella, que incluía lucha, lanzamiento del disco, salto en largo, carrera y lanzamiento de la jabalina.

Claramente, el deporte –como práctica social– es transversal en la historia de la humanidad. De hecho, en la Antigua Grecia, en el Olimpo, donde habitaban los dioses, Hermes –el mensajero, el “ángelos”, en griego– hijo de Zeus, tenía un lugar de privilegio y, desde esa posición, se lo consideraba el protector, entre otras disciplinas, del atletismo y del pancracio, un antiguo combate gímnico de origen griego y romano que con el paso de los siglos devino hasta nuestros días en lo que se conoce como lucha libre.

Pero Hermes no estaba en soledad. Los Theoi Gymnastikoi –de los que formaba parte junto con Heracles, los Dioscuros Cástor y Póluxa, mellizos; Nike (Victoria) y Agón (Contienda)– también protegían el gimnasio y los juegos. Aunque estos dos últimos, las y los estudiosos suelen sostener que eran “daémones (demonios o ángeles rebelados) menores”.

Los dioses del deporte, protectores de atletas y gimnastas. Hermes, en la Antigua Grecia; Mercurio, en Roma

DIOS DEL COMPAÑERISMO

En ese contexto, Eros –dios del compañerismo que en la modernidad para nada es vinculado con el deporte– frecuentemente era adorado en los gimnasios. Los dioses –desde siempre– estuvieron allí junto al deporte y a los deportistas. De hecho, cuando en el 146 aNE Lucio Mummio ocupó Corinto para que Grecia comenzara a caer y emergiera Roma como hegemón, aquellas prácticas deportivas se mantuvieron como muchas de las prácticas socioculturales griegas (mitos y creencias entre ellas) que influyeron sobre la sociedad romana.

Las deidades griegas fueron de alguna manera adoptadas y adaptadas por los romanos que, en ese proceso de adopción (transculturación) –además de cambiarles los nombres– según coincidentes estudiosos las deshumanizaron, las alejaron de las pasiones humanas y las resignificaron. Y, en ese propósito de producir nuevos sentidos, Zeus dejó de ser el dios de dioses de Grecia. En Roma es Júpiter, en tanto que Cronos, como dios del tiempo y padre de los primeros dioses, fue erigido como Saturno.

En lo que hace al deporte, el griego Hermes quedó atrás… pero no tanto. De alguna manera su equivalente romano era Mercurio como patrón de los atletas. Pero es preciso señalar que, en aquella nueva religiosidad, el dios Sol era el protector de las carreras de carros que, tal vez, eran la práctica deportiva más atractiva y popularizada en la sociedad romana que asumía culturalmente a los deportes desde una perspectiva más afín con las disciplinas militares y los ludi (los juegos públicos) que incluían los combates entre gladiadores.

PAN Y CIRCO

Pero no todos eran vítores para los emperadores, para los políticos, diríamos por estos días. En el 100 dNE, el poeta romano Décimo Junio Juvenal en su “Sátira X” fue crítico con el emperador Marco Ulpio Trajano, a quien responsabilizó por la pérdida de interés del pueblo de Roma en sus deberes cívicos porque solo se preocupan por el trigo gratuito que el imperio distribuía para evitar las hambrunas y por los grandes espectáculos públicos deportivos como las carreras de cuadrigas y las luchas entre gladiadores que se realizaban en el Coliseo.

“Panem et circenses”, escribió Juvenal en “Sátira X” para apuntar críticamente al emperador con esa frase que se repite hasta la actualidad. Las críticas del poeta no alcanzaron. Todo continuó sin cambios hasta que, en el 393 dNE, el emperador Teodosio I, llamado el Grande –después de adoptar el cristianismo como religión oficial del imperio–, prohibió los juegos olímpicos, a los que declaró como una celebración pagana y politeísta.

“Da eis panem et circenses et numquam rebellabunt (Dales pan y circo y nunca se rebelarán)”, escribió en su “Sátira X” Décimo Junio Juvenal (60-128), poeta satírico romano, para criticar al emperador Marco Ulpio Trajano (53-117), que entregaba gratuitamente trigo al pueblo para evitar las hambrunas y organizaba grandes competencias deportivas públicas

PROMOCIÓN DE LA PAZ Y LA AMISTAD

Casi sobre el fin del siglo XIX, en 1896 –1503 años después de la prohibición de los juegos olímpicos que decretara el emperador Teodosio I, en Roma– en Atenas los Juegos Olímpicos regresaron. Dos años antes, el 23 de junio, el barón francés Pierre de Coubertin (1863-1937), en la Universidad de la Sorbona, fundó el Comité Olímpico Internacional (COI) para promover la paz y la amistad entre las naciones a través del deporte.

Por entonces, la Segunda Guerra Franco-Dahomeyana (1892-1894) y la Primera Guerra del Rif (1893-1894) preocupaban particularmente a las juventudes europeas en edad de combatir y a sus familias. Con el paso del tiempo nuevos conflictos alejaron al mundo de la paz. La Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895), la Guerra Hispano-Estadounidense (1898), la Guerra de los Bóers (1899-1902), la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), las Guerras de los Balcanes (1912-1913) y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 fueron imparables para las élites epocales.

Tampoco los Juegos Olímpicos en Berlín 1936 fueron suficientes para que Adolf Hitler no iniciara la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), para que no avanzara con el Holocausto o para que el presidente norteamericano Harry Truman (1884-1972) no destruyera las ciudades japonesas de Hiroshima (6/8/1945) y Nagasaki (9/8/1945) con dos bombardeos atómicos. De hecho, los Juegos Olímpicos se suspendieron durante una docena de años como consecuencia de aquella conflagración.

El renacer de los juegos que impulsó De Coubertin no pudo recuperar el espíritu de la Antigua Grecia. La historia recuerda que cuando en Olimpia los deportistas comenzaban con las competencias, simultáneamente se iniciaba la ekecheiria, traducida como “tregua olímpica o sagrada”. Los griegos le decían sí a la paz. En el siglo XX, la modernidad bélica hizo exactamente lo contrario. Los líderes y lideresas de entonces no pudieron, no supieron o no quisieron la ekecheiria. Sesenta millones de personas fueron asesinadas. La llama volvió a encenderse en Londres el 29 de julio de 1948. Se los llamó los Juegos de la Austeridad.

MUNDIAL FIFA 2026 EN NÚMEROS

Desde el jueves pasado –cuando el delantero de la selección nacional de México Raúl Giménez, en el centro mismo del estadio Azteca– pateó oficialmente a Trionda frente a la formación de Sudáfrica, ese particular tipo de balón rueda en dieciséis ciudades ubicadas en Canadá, México y Estados Unidos, los países anfitriones de la vigésimo tercera Copa Mundial de Fútbol 2026.

Trionda, que según sus creadores (Adidas) quiere decir “tres olas”, aunque seguramente se la mencione muy poco durante todo el torneo, será infaltable en los estadios localizados en Vancouver, Toronto, Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Atlanta, Boston, Dallas, Houston, Kansas, Los Ángeles, Miami, Nueva York / Nueva Jersey, Filadelfia, San Francisco y Seattle, donde disputarán la primacía global un total de 1.248 futbolistas integrados a cuarenta y ocho seleccionados participantes del campeonato pertenecientes a la Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia, Ecuador, Paraguay, España, Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Países Bajos, Bélgica, Suiza, Croacia, Noruega, Escocia, Austria, Bosnia y Herzegovina, Suecia, Turquía, República Checa, Marruecos, Senegal, Ghana, Argelia, Egipto, Cabo Verde, Túnez, Sudáfrica, Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Japón, Arabia Saudita, Australia, Corea del Sur, RI de Irán, Catar, Uzbekistán, Jordania, Irak, Panamá, Haití, Curazao y Nueva Zelanda, además de las escuadras que representan a los tres países anfitriones.

Sus disputas serán reglamentariamente controladas por cincuenta y dos árbitros principales (seis de ellos, mujeres), ochenta y ocho asistentes y treinta oficiales de video que habrán de operar en el sistema VAR (Video Assistant Referee-Árbitro Asistente de Vídeo), nucleados en el denominado como Equipo Uno de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA Team One). Se informó además que poco más de cincuenta mil periodistas, comunicadores, comunicadoras, trabajadores y trabajadoras de medios de comunicación (entre quienes se encuentran nuestros compañeros y compañeras de trabajo de Nación Media) se acreditaron para reportar en detalle todo lo que suceda en el Mundial.

En ese contexto, las entidades organizadoras del campeonato que se extenderá oficialmente hasta el domingo 19 de julio (treinta y nueve días) cuando se conozca qué formación se alzará con el triunfo que habrá de ostentar hasta 2030, estiman que unos ochocientos veinticuatro mil empleos de tiempo completo se habrán de crear en México, Canadá y Estados Unidos.

A esos trabajadores y trabajadoras habrán de sumarse unos sesenta y cinco mil cooperantes que se distribuirán en veintitrés áreas concretas, entre las que se encuentran aeropuertos, estadios y hotelería. Fuentes confiables diversas aseguran que el costo total de organizar el Mundial FIFA 2026 se ubica en torno de los 4.200 millones de dólares imputados al que llaman “presupuesto operativo directo” (sedes, arbitrajes, logística en general, etc.) que la FIFA invierte para esta realización.

Los informantes –dentro de un compromiso de discreción respecto de sus identidades porque “todos los datos son estimaciones”– detallan que unos seiscientos sesenta y cinco millones de dólares se distribuirán entre las cuarenta y ocho selecciones clasificadas que se encuentran en competencia. La escuadra triunfante se alzará con un premio de cincuenta millones.

En los tres países anfitriones, los costos para la adecuación de los estadios, las inversiones que se realizaron en diversas obras de infraestructura –principalmente para transportes de todo tipo– y puesta a punto de los recintos auxiliares alcanzará a un monto del orden de los quince mil millones de dólares.

Los que todo lo miden –hasta horas antes de la ceremonia de inicio– coinciden en estimar que el Mundial FIFA 2026 tendrá un impacto económico directo del orden de los cuarenta mil millones y estiman que generará unas ciento ochenta y cinco mil posiciones de trabajo directo e indirecto no solo en los tres países organizadores.

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