• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Delfina Acosta me concedió el privilegio de presentar su último libro. Un libro escrito por un pueblo. Un “Pueblo negro” que eligió a nuestra escritora para exponer las tensiones emocionales, religiosas y morales de sus habitantes. Para interpretar y narrar los caracteres más disímiles de sus protagonistas que, como espectros, se mueven en un ambiente cargado de creencias populares, hechicerías, falsa religiosidad, autoridades corruptas y un cura que perdió la fe detrás de la carne. Son escenas que, como un reflejo espasmódico, incontrolable, nos interpelan como sociedad. Desnudan nuestros vicios más profundos sin caer en un alegato moral. La divisoria entre el bien y el mal está implícitamente expuesta sin necesidad de remarcarla. No hay condena, sino libertad para juzgar con severidad o absolver.

No estamos frente a un argumento de radical escepticismo, de un determinismo fatalista de la condición humana y sus miserias más degradantes. Al contrario, se percibe una ventana abierta en la búsqueda incesante del Paraíso perdido. Por eso, en medio de este agónico paisaje, florece un amor que nace en la niñez y se proyecta en la adolescencia, amor trasparente y puro, que busca sobrevivir a las penurias de la pobreza y la tragedia de una guerra. La del Chaco.

Más allá de ese enclave humano, parece que el mundo ha desaparecido, salvo la presencia esporádica de algún arribeño que trae noticias de más allá del imaginario cercado de tacuaras que encierra al pueblo y sus secretos más oscuros, de abusos de poder, de frustraciones que conviven con el alcohol, de las locuras que provocan la muerte y de un infernal chismerío que susurra y engorda las pasiones más bajas y obscenas, donde el cinismo y la hipocresía se codean con la lujuria.

En el primer párrafo, Delfina nos ubica en el tiempo: 1924. Entre líneas se puede leer que el pueblo está próximo a algún río, aunque alejado de las revoluciones civiles que azotaban al país en aquel tiempo. Hasta la irrupción de la guerra con Bolivia, que invade sus dominios y arrastra a sus jóvenes. Como lector, fui fácilmente absorbido por ese ambiente polvoriento, casi asfixiante, con diálogos que explicaban el contexto sin la urgencia de narrarlo. Las más expresivas figuras literarias nos hablan desde la soledad de unos párrafos aparentemente lejanos, pero que son perfectamente engarzados con un presente lacerante y descarnado.

En la reunión de esas voces dispersas abrimos las puertas de una obra atrayente, escrita con una exquisita prosa poética –no podía ser de otra manera– y con un mensaje clandestino sobre la poesía misma y los poetas, buenos y malos, que aspiran enamorar con sus versos y sobrevivir a la posteridad. Aquí no falta nada. Ni la dueña del prostíbulo que sale a buscar clientes en tiempos de guerra, ni la públicamente autoflagelada que quiere redimirse de sus pecados aun antes de cometerlos, ni el intendente que se encontró por casualidad con el “El ocaso de los ídolos”, de Nietzsche, junto a otros libros cubiertos de polvo, humedad y una tela negra de algodón. Vaya metáfora para nuestros tiempos, tiempos en que muchos se autoperciben “filósofos”, relatando anécdotas y leyendo las contratapas de los libros.

A Delfina ya la conocía como poeta exquisita, vigorosa, de pulso firme. Una de las mejores de su generación: la del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero. La descubrí como narradora en “Cuentos para leer cuando llueve”, porque, como ella misma había confesado alguna vez: “Creo que la narrativa ha movilizado, desde siempre, mi imaginación y mis deseos de liberar las palabras, incluso las más escondidas”. Y en “Pueblo negro”, las palabras ya andan por su cabeza.

¿La razón de este artículo? Escritores uruguayos que participaron de la última feria de libro Chacú-Guaraní, en un encuentro posterior a sus presentaciones, confesaron que la literatura paraguaya –después de Augusto Roa Bastos– vuelve a ser una incógnita. Algo está fallando, porque la obra de Delfina Acosta y la de muchos otros merecen trasponer los límites de nuestra frontera. El primer escollo es interno: los escritores no se leen entre sí. No hay un cuerpo cohesionado empujando desde adentro hacia el mundo. El resultado es la “isla rodeada de tierra”, la que el mismo Roa expuso magistralmente cuando la literatura paraguaya apareció como una página con “parquedad informativa” en el libro “Historia de la literatura americana”, del peruano Luis Alberto Sánchez.

Insisto, con Delfina Acosta nos reencontramos con la mejor literatura, porque, parafraseando a Roa, la obra desplaza a la autora, con una combinación creativa que nos invita a caminar con los fantasmas de Comala por los afiebrados territorios de “Hijo de hombre” y con un guiño cómplice a Gabriel Casaccia. Incluyendo reminiscencias del refinado erotismo del escritor renacentista Pietro Aretino. Además, es prácticamente la única que utiliza las redes para una devolución crítica a los libros de sus colegas. Y eso vale mucho. Buen provecho.

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