- Por Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
El ser humano, lejos de ser una cosa fija o definida desde el exterior, es para Erich Seligmann Fromm un ser en proceso, un devenir permanente cuya esencia solo puede comprenderse desde la experiencia íntima que cada uno tiene de sí. En la obra El amor a la vida, Fromm (1900-1980), psicólogo social, psicoanalista y filósofo humaninsta, afirma que el hombre “aún no es lo que puede ser y lo que posiblemente será”, subrayando que nuestra naturaleza es una posibilidad abierta, una invitación al crecimiento. Así, la pregunta ¿quién es el hombre? se transforma inevitablemente en la más personal y radical de las preguntas: ¿quién soy yo?
Esta dirección hacia la interioridad, hacia la búsqueda de sentido y plenitud, encuentra una resonancia profunda en la tradición filosófica clásica, especialmente en Platón. En El Banquete, un diálogo platónico, Diotima le expresa a Sócrates que la vida del ser humano solo vale verdaderamente cuando éste contempla la belleza absoluta. Para Platón (427 a.C - 347 a.C), filósofo griego, fundador de la Academia de Atenas, la belleza no es un mero atributo estético ni un deleite superficial; es un principio rector, una forma eterna que impulsa al alma a elevarse, a buscar la perfección moral y espiritual. Contemplar la belleza es acercarse a aquello que otorga sentido, armonía y orientación a la existencia.
La confluencia entre Fromm y Platón se vuelve entonces evidente: ambos conciben al sujeto como un proyecto inacabado que debe orientarse hacia valores que trascienden lo meramente utilitario. Desde la psicología humanista de Fromm, el amor a la vida implica un compromiso activo con el crecimiento, la autenticidad y la creatividad; desde la metafísica platónica, el amor a la belleza impulsa al ser hacia lo bueno, lo verdadero y lo noble. En ambos casos, la narración existencial alcanza su plenitud solo cuando se guía por un ideal que supera los límites del ego y de la inmediatez.
Al articular estas visiones, emerge una comprensión más profunda del desarrollo personal: crecer no es simplemente acumular experiencias ni mejorar habilidades, sino orientarse deliberadamente hacia aquello que despierta lo mejor de uno mismo. La belleza, en el sentido platónico, se convierte en el faro que atrae al espíritu hacia su máxima expresión, mientras que la perspectiva del profesor Fromm recuerda que este proceso solo puede vivirse desde una vivencia interna genuina, desde el compromiso afectivo con uno mismo y su entorno. Entonces, el amor a la vida y la búsqueda de lo bello se revelan como dos caminos que conducen a un mismo destino: la realización de la persona en su plenitud.