DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

La vi allí, entre una multitud de jóvenes que sostenían folletos, mochilas y sueños. Tenía diecisiete años y una convicción que brillaba en sus ojos: quería estudiar Derecho.

“Para ayudar a la gente”, me dijo con una sonrisa tan limpia como su ingenuidad.

No era la única.

A su alrededor, cientos de chicos hablaban de leyes, de psicología, de administración. Todos convencidos de que el título era el pasaporte al futuro. Pero hoy el futuro parece haberse mudado de dirección.

Un reciente estudio del analista Enrique López Arce lo confirma con números: los jóvenes paraguayos siguen eligiendo las mismas carreras de siempre, las más conocidas, las que suenan bien en casa o en la mesa del domingo.

Derecho, Administración, Enfermería, Arquitectura, Psicología… palabras grandes en un mercado pequeño. Carreras que ya están llenas, donde la fila para conseguir trabajo es más larga que la espera para rendir un examen final.

Mientras tanto, las carreras que podrían abrir nuevas puertas: Ingeniería Informática, Electrónica, Electromecánica, Industrial, apenas reciben visitas. Son los salones vacíos de un país que sigue mirando el mundo con los ojos del siglo pasado.

Hay razones. La familia, el prestigio, la tradición.

Y ese deseo tan humano de ayudar, de sentirse útil, de encontrar sentido en lo que se hace. Pero también hay un silencio institucional: falta orientación vocacional temprana, falta de diálogo entre la escuela y la realidad. Seguimos preparando chicos para trabajos que ya no existen, mientras el mundo reclama manos que sepan programar, diseñar, crear energía o mantener en pie la tecnología que lo sostiene todo.

Los expertos piden un sistema educativo más flexible, más humano, que reconozca habilidades y no solo títulos. Que mezcle las ciencias con las artes, los sueños con los datos, que permita que un estudiante descubra quién es antes de decidir qué será.

Pienso otra vez en aquella joven de la feria. Tal vez dentro de unos años tenga un diploma colgado en la pared y una frustración escondida en el alma. Tal vez logre reinventarse. Tal vez el país también. No sé.

Porque, al final, la pregunta que queda flotando es sencilla y urgente: ¿cuántos talentos más seguiremos perdiendo en la fila equivocada?

Pero esa es otra historia.

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