- Jorge Torres Romero
Por momentos, la política paraguaya parece más un teatro de sombras que un espacio de debate serio. Y eso se evidencia cada vez más ante la mediocridad de quienes fungen de opositores.
Cuando Nicanor Duarte Frutos fue presidente (2003-2008), tenía enfrente a un grupo pequeño de jóvenes de izquierda, aglutinados en el P-MAS.
Arrancaron campañas supercreativas, por ejemplo, “que viajen ellos”, en alusión a los políticos de turno y haciendo mención del número de compatriotas que iban a España a buscar trabajo.
Hoy aparecen actores que rayan lo ridículo y generan vergüenza. Una exsenadora simulando vestidos con sobres de papel o unos diputados dibujando en un pizarrón queriendo mostrar las claves de la coima.
Hasta hace poco jodían con la farsa del mameluco naranja, una historia cuidadosamente armada por sectores de la oposición para proyectar una imagen de culpa y castigo sobre Horacio Cartes. Una ficción quizás eficaz en redes sociales, pero vacía de sustancia en los hechos.
El relato había comenzado con una foto, un rumor y una serie de titulares insinuando que el expresidente estaría al borde de la prisión, simbolizada en el color de un uniforme carcelario. Nada comprobado, todo sugerido. En tiempos donde la posverdad vale más que la verdad, la estrategia era clara: instalar el miedo, erosionar la figura, generar titulares que se repitan hasta volverse casi creíbles. Sin embargo, esa farsa no duró mucho y hoy quedaron en ridículo.
El color naranja, elegido con precisión simbólica, no era casual. Evoca el castigo, la reclusión, la imagen cinematográfica del culpable. Es el emblema de la criminalización política. Pero, más allá de eso, lo preocupante es que la maniobra revela algo más profundo: el empobrecimiento del discurso opositor, que recurre a gestos teatrales porque carece de propuestas de fondo.
Mientras tanto, los voceros de esa narrativa omitían algo esencial: ningún proceso judicial serio, ninguna prueba concreta, ningún documento sustancial, solo la fábula montada por los fabricantes de mentira, quienes hoy enfrentan procesos serios y deben ir a la cárcel por fabricar informes oficiales de contenido falso, solo para fundirle al adversario político.
Toda esa campaña se sostuvo en el poder de la sospecha, el rumor amplificado por redes y el deseo político de ver caer a un adversario que, por ahora, conserva un férreo control sobre su espacio.
El mameluco naranja no es más que una metáfora inventada para disfrazar la impotencia de la disidencia colorada y una oposición torpe. Una puesta en escena donde los detractores de Cartes actuaron como dramaturgos de su propia frustración, esperando que el público confundiera la ficción con realidad. Pero en la política, como en el teatro, el público termina reconociendo cuándo la actuación no convence.
La farsa puede entretener por un rato, pero no cambia la historia. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.