• Por el Hno. Mariosvaldo Florentino
  • Capuchino.

Este domingo la Iglesia nos ofrece el evangelio de los viñadores asesinos en el cual Jesús previendo lo que le iba a suceder, hace una comparación que pone en mala situación a los fariseos y doctores de la ley.

De hecho, vemos que existen dos pareceres diferentes sobre la misma cosa: el envío del hijo del dueño. Su padre cree que siendo su propio hijo los trabajadores de su viña le van a respetar. Ellos, sin embargo, creen que es mejor matarlo justamente porque es el hijo del dueño. Esta doble interpretación nos da la ocasión de reflexionar sobre una de las doctrinas más firmes en los últimos tiempos: todos tienen el derecho de tener una propia opinión.

Sin dudas esta es una afirmación correcta y que necesita ser defendida, pero debemos reconocer que tiene también sus límites. Es verdad que cada uno de nosotros tiene un modo particular de ver el mundo y una sensibilidad diversa, que permite que la convivencia humana sea una experiencia muy rica con infinitas posibilidades. Ciertamente cada uno tiene una colaboración especial para la vida, para la cultura y para la felicidad.

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Fue Dios quien nos hizo especiales e irrepetibles y él más que nadie desea valorizar y defender la maravilla única que somos. Dios, en Jesucristo, manifiesta un amor de predilección por cada uno en particular, y puso en cada uno de nosotros una combinación exclusiva de dones para que podamos aportar al bien de todos.

Si somos así tan especiales, es natural que cada uno tenga una opinión distinta, ideas diferentes, propuestas dispares. Todavía no podemos olvidarnos que nosotros no somos islas. El ser humano es profundamente comunitario. Esto es, debemos necesariamente tener puntos comunes. La absolutización del sujeto no promueve al hombre, no lo valoriza, sino que lo desfigura, lo destruye. Necesitamos tener una base común sobre la cual cada uno ofrece su propia contribución.

Es como ser un escritor: cada uno puede escribir cosas muy diferentes: un romance, una poesía, una nueva teoría, una homilía etc., pero tiene que ser escrita en una lengua común, y esta tiene que ser aprendida, con su gramática, con sus reglas, con sus posibilidades.

Todos pueden y deben tener sus propias opiniones, pero antes deben formar la consciencia, conocer los valores, ser capaces de juzgar según la justicia. Sin esto, o teniendo una consciencia mal formada, podremos tener opiniones absurdas y prejudiciales. Además, todas nuestras opiniones deben ser evaluadas, discutidas y maduradas. Cuantas veces yo ya di opiniones equivocadas, porque no estaba viendo muy bien la realidad o estaba juzgando con prejuicios.

Aquí, nos encontramos con un gran peligro de nuestros tiempos. Muchos hacen un discurso ingenuo al respecto y la tolerancia hacia todo tipo de expresiones humanas. Somos víctimas de la gran ideología del relativismo. Quieren convencernos que la verdad no existe, y entonces no tenemos parámetros, y toda opinión personal debe ser aceptada, sin discutir, sin madurar, sin tener que cambiar. Es la glorificación del egoísmo.

Este camino es autodestructivo. Si alguien me dice: ¡yo quiero ser un nazista! No lo puedo aceptar. Debo ayudarle a abrir los ojos para que pueda descubrir que su opinión es absurda, es injusta, es deshumana. O alguien que me diga ¡yo quiero ser satánico!, tampoco lo puedo aceptar, pues esto es intrínsecamente malo. Nadie puede creer que es una opinión válida el proyectar algo que es malo para los demás.

Es por eso que estos trabajadores del evangelio están equivocados. Ellos no tienen el derecho de pensar en matar al hijo del patrón por causa de sus intereses económicos. Nadie tiene el derecho de tocar la vida de otra persona. Este es un valor que no depende de la opinión, que no puede ser decidido por el voto de la mayoría.

Existen cosas que no pueden ser toleradas como la injusticia, el racismo, el desprecio por los más débiles, el asesinato, la violencia, la corrupción, el narcotráfico, el terrorismo, la explotación humana, la destrucción de la naturaleza…

Señor Jesús, ayúdanos a formar bien nuestras conciencias, ayúdanos a tener una opinión propia que colabore para el bien del mundo, ayúdanos a combatir a los promotores de las ideologías de muerte. Enséñanos a no elegir nada pensando solo a nosotros mismos, sin medir las consecuencias para los demás. No permitas que el egoísmo, la avaricia o el hedonismo endurezcan nuestros corazones hasta el punto de no preocuparnos del mal que podemos hacer.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Fue Dios quien nos hizo especiales e irrepetibles y él más que nadie desea valorizar y defender la maravilla única que somos. Dios, en Jesucristo, manifiesta un amor de predilección por cada uno en particular, y puso en cada uno de nosotros una combinación exclusiva de dones para que podamos aportar al bien de todos.

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