DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista

Es miércoles, un miércoles cualquiera. Hace calor, y desde meteorología advierten que la temperatura va a llegar a 40 grados, pero luego se vienen unos días de lluvia.

No hoy.

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Un hombre murió subiendo el cerro que va a Caacupé. Me pregunto por qué la gente se arriesga. Salud Pública advirtió, en todos los canales y las radios, de las consecuencias del esfuerzo, el calor y la fe. No es una buena combinación y a veces es como si nadie escuchara.

Entonces aflora la tragedia siempre inoportuna.

Manejo a casa luego del trabajo. Sigo una rutina, el regreso me lleva casi siempre por las mismas calles y sin siquiera percibirlo veo cómo se construye una historia que no va a tener final feliz.

Frente a un semáforo que mira hacia un conocido supermercado se va instalando poco a poco algo así como un supermercado social. Frutas, guirnaldas, choclo, verduras… todo lo que las fiestas nos obligan a comprar en esta vorágine consumista que nos devora sin darnos cuenta.

Hay niños pequeños que solo piden limosnas con un trapito en la mano. Un poco más lejos un hombre vende Binguito y otro que recorre de un lado a otro la calle con una canasta de verduras.

En el paseo central una mujer saca cuentas, separa las bolsas y da órdenes a otras chicas que se abalanzan hacia los autos mientras cambia la luz del semáforo.

Paraguay registra la tasa de desempleo más alta de los últimos 16 años.

Un niño de ojos tristes hace malabarismo con un par de banderas en sus manos, mientras una muchacha, con un parlante y un extraño muñeco me roba una sonrisa. El talento de la mano del arte puede llegar a hacer cosas extraordinarias, aunque mal sea en una calle que hierve con el sol.

De un lado y otro de la calle un ejército de limpiavidrios ataca en una coordinada maniobra que toma desapercibidas a mujeres que manejan solas. Son las víctimas preferidas de esta extorsión que se da con la rapidez de un relámpago.

Pequeños niños indígenas juegan en la vereda, mientras en un improvisado colchón de cartón duerme un bebé.

De cada 10 niños en situación de calle, 7 son de pueblos indígenas.

No sé exactamente cuántas organizaciones que protegen los derechos del niño y las niñas hay en el país, y sin embargo siguen siendo invisibles. Lo digo desde hace años.

Nadie los ve. Nadie los oye.

De cada 1.000 niños y niñas que nacen, 19 mueren antes de alcanzar los 5 años, 16 antes de cumplir el primer año y 11 antes del primer mes de vida.

Cambia de luz el semáforo y mi mirada se cruza con la más pequeña de las niñas caminando descalza por el asfalto. Me duelen sus piecitos. Pienso que no es justo, pero es lo que hay.

Pienso en tantos políticos potentados que nos roban el futuro y la esperanza y siento cómo la espina de la desesperanza me aprieta el pecho.

Nada va a cambiar si nosotros mismos no cambiamos. Si no obligamos a las autoridades a mirar hacia abajo donde está la gente que sufre la indiferencia de políticas sociales que llenan bolsillos de personas ricas como si de una cadena interminable se tratara.

Pronto tendremos la oportunidad de elegir de nuevo. Otra oportunidad de rectificar lo malo y mirar el futuro de frente… Pero esa... esa es otra historia.

Etiquetas: #calles#hambre

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