Por Carlos Mariano Nin

Es miércoles, un miércoles cualquiera. Hace calor, pero advierten que se vienen días de lluvia. Hace más falta que nunca. La sequía castiga al país como presagio de un verano que nos someterá a un infierno callejero.

El ambiente no es bueno. El aire está tan cargado de humo que casi se podría tocar. Los incendios no dan tregua y los bomberos abasto.

Manejo a casa luego del trabajo. A veces intento cambiar la rutina, pero los caminos me llevan casi siempre por las mismas calles y sin siquiera percibirlo veo cómo se construye una historia, que a juzgar por las estadísticas, no va a tener un final feliz.

Al cruzar una intersección muy concurrida en Lambaré suelo ver que una mujer se instaló hace unos años con chicos pequeños en el paseo central. Es como si vivieran ahí. No sé exactamente desde cuándo o en qué horarios, pero cada vez que paso están allí, es como si hubiesen colonizado el lugar.

Durante meses, los nenes y las nenas pequeños permanecían en el paseo central mientras su madre ofrecía caramelos, frutas o limpiaba algún parabrisas. Pero con el tiempo los chicos fueron creciendo y poco a poco fueron ocupando el lugar de los adultos.

La nena más grande pide monedas mientras regala una que otra sonrisa triste y los más pequeños solo miran como reclamando un pedazo de la torta en un cumpleaños al cual no fueron invitados.

No sé exactamente cuántas organizaciones hay que protegen los derechos del niño y las niñas en el país, pero ellos siguen siendo invisibles.

Nadie los ve. Nadie los oye.

Unicef advierte que en Paraguay, el impacto socioeconómico de la pandemia podría producir un aumento de la pobreza, en especial de la pobreza infantil, debido a la pérdida de empleo e ingreso de la fuerza de trabajo.

Es un futuro cercano. Pero volviendo a nuestra historia, ellos vienen del presente, ese presente estancado y olvidado por las políticas de Gobierno.

Global Infancia recuerda que más de 400 mil niños son explotados laboralmente en nuestro país. Según un informe de la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes, unas 2 millones de personas viven en condiciones de pobreza, lo que significa que más de un millón de niños, niñas y adolescentes viven en hogares carentes de una buena calidad de vida.

Me quedo en el semáforo y repaso las estadísticas. Recuerdo que el domingo fue el Día Internacional de la Niña y el día pasó desapercibido. Más de un millón de niñas paraguayas son víctimas de violencia, abuso sexual, embarazo precoz, inseguridad y falta de acceso a la educación.

No me extraña.

Cambia de luz el semáforo y mi mirada se cruza con la más pequeña de las niñas caminando descalza por el asfalto.

No sabe que hay un día para honrarla ni que en los papeles se habla de ella. La historia no cambió en estos años y quizás no cambie, no lo sé. Por ahora la historia se cuenta por sí misma. Está ahí, como testigo de un problema irresuelto y olvidado.

La pandemia trastocó nuestras vidas, el encierro y las noticias nos sometieron a un estrés incesante. Lo otro pasó a ser “no tan importante”, pero está. Es como un apunte para la memoria, un recordatorio de que tenemos una deuda. Como la naturaleza, estamos secando a nuestra juventud y cuando sea tarde no habrá lluvias que renueven la esperanza.

Pero claro, esa es otra historia.

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