El Arzobispado de Asunción celebró una emotiva misa este martes, en conmemoración del primer aniversario del fallecimiento del papa Francisco. Se llevó a cabo en la Catedral Metropolitana y fue presidida por el cardenal Adalberto Martínez.
El arzobispo agradeció la cercanía del papa Francisco con el pueblo paraguayo. Lo recordó como “un pastor bueno, un padre cercano, humilde y misericordioso, que supo caminar con su pueblo y que amó profundamente al Paraguay y a los paraguayos”.
Destacó además que Francisco vivió sostenido por su fe hasta su último suspiro. “En vísperas de su Pascua definitiva, nos dejó su último testimonio: su mensaje de Pascua, su bendición a la ciudad y al mundo”, apuntó el cardenal paraguayo.
Asimismo, mencionó que desde el inicio de su pontificado pidió: “Recen por mí”. En ese sentido, indicó que “la oración del pueblo de Dios lo sostuvo en su camino, especialmente en sus últimos días”, resaltó el celebrante.
Por otro lado, Francisco repetía con insistencia: “No tengan miedo” y recordó que durante su pontificado, que se extendió por cerca de doce años, el papa Francisco fue un testigo valiente del Evangelio.
“No tuvo miedo de impulsar procesos, de abrir caminos, de invitar a la Iglesia a salir de sí misma para encontrarse con los demás, especialmente con los más pobres y olvidados”, acotó.
En ese mismo sentido, refirió que ya antes, como cardenal Bergoglio, expresaba que la Iglesia está llamada a no encerrarse, sino a salir hacia las periferias existenciales para llevar la alegría del Evangelio.
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Martínez explicó que al asumir el nombre de Francisco como un programa de vida, quiso reflejar la humildad, la fraternidad y el amor a los pobres del santo de Asís. “Su vida fue coherente con ese nombre: una vida sencilla, cercana, profundamente evangélica”, subrayó.
Sobre su legado, dijo que dejó una hoja de ruta para la renovación misionera; también una llamada urgente al cuidado de la casa común; y un llamado a redescubrir la fraternidad universal, recordándonos que todos somos hermanos.
En otro momento de su homilía se refirió a su visita apostólica en julio del año 2015. “Durante aquellos días, recorrió con sencillez el alma de nuestro pueblo. Se hizo cercano a los más vulnerables, visitó el Buen Pastor, alentó a las autoridades a trabajar por el bien común, animó a los laicos a vivir una fe comprometida, y se encontró con los jóvenes, sembrando en ellos esperanza”, rememoró.
Igualmente, enfatizó su amor a la Virgen de los Milagros de Caacupé y su admiración a la mujer paraguaya calificándola como “la más gloriosa de América”, reconociendo en ella la fuerza de la fe, la capacidad de sostener la vida y la esperanza en medio de las dificultades.
Por otro lado, su visita en el Bañado Norte, recordándonos que “nadie puede quedar excluido, que cada persona tiene una dignidad que debe ser respetada y promovida”.
Y recordó que en Ñu Guasu, nos hizo experimentar la alegría de ser pueblo de Dios, caminando unidos en la fe y en la esperanza.
“Así fue aso entre nosotros: sencillo, cercano, profundamente humano y profundamente evangélico. Hoy damos gracias a Dios por su vida, por su ministerio y por el testimonio que ha dejado en la Iglesia y en el mundo”, manifestó el cardenal.

