Columnista invitado: César Palacios, @cespala comunicador, docente y estudiante de Antropología Social.
Vivimos en una época en la que la velocidad supera a la reflexión, donde la información circula más rápido que nunca, pero la verdad, paradójicamente, se vuelve cada vez más frágil. En este nuevo escenario, la inteligencia artificial no es solo una herramienta: es un espejo y lo que refleja no siempre es lo mejor de nosotros.
La reciente encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV plantea una advertencia que trasciende el ámbito religioso y se instala con fuerza en el corazón del debate contemporáneo: la tecnología no es neutral, lleva la huella de quienes la diseñan, la financian y la utilizan y en ese proceso, puede convertirse en un instrumento de progreso o en un vehículo de distorsión.
Hoy, uno de los riesgos más preocupantes no es la inteligencia artificial en sí misma, sino su convergencia con una cultura de la inmediatez que ha debilitado los filtros del pensamiento crítico. Vivimos en la era de la sobreinformación, pero también en la de la desinformación y en ese terreno, la verdad compite en desigualdad de condiciones con la emoción, el prejuicio y el interés.
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La encíclica advierte sobre una “arquitectura de la visibilidad” en la que lo viral desplaza a lo veraz y lo impactante pesa más que lo comprobado. En ese ecosistema, las fake news no son un accidente: a menudo son el resultado lógico de un sistema que premia la velocidad por encima de la certeza.
Y aquí emerge una responsabilidad ineludible: la de los medios de comunicación. Porque cuando un medio publica sin verificar, acusa sin pruebas y amplifica versiones sin contrastar, no solo comete un error profesional, contribuye, consciente o inconscientemente a erosionar uno de los pilares fundamentales de la democracia: la confianza.
La inteligencia artificial, en este contexto, puede agravar el problema. La capacidad de generar contenidos, automatizar narrativas o manipular imágenes y sonidos introduce un nuevo nivel de complejidad. No estamos solo ante noticias falsas: estamos ante la posibilidad de construir realidades alternativas con apariencia de verdad.
Por eso, la advertencia del Papa es profundamente vigente: no basta con una tecnología más avanzada; necesitamos una ética más sólida. La cuestión de fondo no es si la IA es buena o mala. La verdadera pregunta es: ¿Al servicio de quién está? ¿De la persona y el bien común o de las lógicas de poder, del lucro y de la manipulación?
En esta era digital, la verdad se convierte en un bien común que debe protegerse activamente. No alcanza con denunciar la desinformación, es necesario construir una cultura que valore la veracidad, fomente el contraste de fuentes que premie el rigor y no el escándalo.
Aquí, el desafío también es educativo, formar ciudadanos capaces de dudar, de preguntar, de no aceptar como cierto todo lo que aparece en una pantalla. Como señala la encíclica, incluso es necesario “educarnos en el ayuno de la IA”, es decir, recuperar espacios en los que el pensamiento humano no sea reemplazado, sino fortalecido.
Pero el desafío no es solo individual, es institucional. Los medios, las plataformas digitales, los sistemas educativos y los Estados deben asumir una corresponsabilidad ética. La libertad de expresión no puede ser excusa para la irresponsabilidad informativa. Y la innovación tecnológica no puede convertirse en coartada para eludir la verdad.
Porque cuando la verdad se debilita, lo que se erosiona no es solo el debate público, se erosiona la convivencia, la confianza y en última instancia, la democracia misma. En este contexto, la inteligencia artificial se convierte en un campo de disputa moral. Puede utilizarse para ampliar el conocimiento, mejorar la vida de las personas y fortalecer la transparencia. O bien puede usarse para confundir, manipular y concentrar el poder.
La elección no es tecnológica, es profundamente humana. Como lo plantea León XIV, estamos ante una bifurcación histórica: construir una nueva Babel, donde el ruido y la fragmentación dominen o edificar una “ciudad” en la que la verdad, la dignidad y el bien común orienten el desarrollo.
La pregunta, entonces, no es qué puede hacer la inteligencia artificial, la pregunta es qué estamos dispuestos a hacer nosotros para que no nos quite lo más importante: la capacidad de discernir, de dialogar y de decir la verdad.
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